Chats: un engranaje invisible 

En tiempos de crisis y desastre climático, es la red ciudadana la que mantiene a Venezuela en pie

Por Andrea Alcalá (corresponsal desde Venezuela)

Imagen de portada: Ezequiel Carías

Quien no nace para servir, no sirve para vivir
María Teresa de Calcuta

 

A las 6:41 de la tarde del 25 de junio de 2026 el celular no para de vibrar. El grupo de WhatsApp «Comida en Caracas» parece tener vida propia: es un caos incesante.

Aquí, en Venezuela, no se esperan comunicados oficiales. Lo que se observa son personas suplicando ayuda a través de gritos silenciosos: alguien necesita 80 platos de comida en Tanaguarena, otros piden 50 para la UCV, el Hospital Pérez Carreño requiere insumos médicos o simplemente una persona requiere lápices y cuadernos para niños que han llegado a pediatría desde un refugio en Caracas tras perderlo todo.

En este chat, el tiempo no se mide en horas, sino en urgencias.

No hay ningún tipo de organización formal. Un organismo vivo ha surgido del desastre. Cuando hay ausencia de respuestas formales, es el ciudadano común quien toma las riendas. Ocurrió en un centro de acopio: un hombre, con el salario mínimo de Venezuela —unos 130 bolívares al mes que, seamos sinceros, no alcanzan ni para cubrir la canasta básica de 500 dólares—, llegó y dejó su último paquete de harina y un frasco de mayonesa. Sabía que eso era todo lo que tenía hasta la próxima quincena, pero la necesidad ajena le causaba más dolor que su propio estómago vacío.

Mientras los chats hierven de actividad en Caracas, a pocos kilómetros, en La Guaira, la situación es mucho más dura. Allí no hay equipos de rescate con uniformes ni tecnología avanzada. La gente camina con polvo hasta los tobillos, moviendo escombros con palas prestadas y cuerdas que han encontrado. No es que pretendan ser héroes; simplemente saben que si no mueven ese bloque, nadie más lo hará.

Lo más impactante de todo esto es cómo cada individuo está aportando, empleando sus habilidades para ayudar. Hay ingenieros examinando estructuras, conscientes de que un error podría costar una vida; psicólogos ofreciendo terapia para que la gente no colapse por completo; o costureras, que, utilizando lo que tienen a mano, confeccionan ropa y cobijas para aquellos que se han quedado sin nada. Los venezolanos han convertido el desastre en una especialidad, transformando cada oficio en una forma de salvar vidas.

Pero esto no termina aquí. Resulta impresionante cómo resuena el eco de la diáspora: compatriotas que se encuentran en el extranjero permanecen conectados con el país. Miles de venezolanos de todas partes del mundo envían remesas que se convierten en alimentos y medicinas en tiempo récord. Es una logística familiar en la que hijos, padres y hermanos, a kilómetros de distancia, organizan transferencias para garantizar que a su gente no le falte nada.

Este tejido social, construido desde la precariedad y esfuerzo compartido, revela una verdad sobre el país. Ser venezolano hoy implica una forma de resistencia silenciosa, donde la solidaridad está siendo un modo de habitar este mundo. Incluso en las condiciones más adversas. Aunque la crisis puede afectar al país entero, por ahora no ha logrado romper las ganas de que unos sostengan a los otros.

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