Buscando ser íntima, la novela puede ser universal 

La distancia que nos separa, el libro que comenzó como la necesidad de un hijo, el periodista y escritor peruano Renato Cisneros (Lima, 1976), por descifrar la sombra de un padre —Luis “El Gaucho» Cisneros, general del ejército y exministro de Guerra y del Interior de Perú— se ha transformado, con el tiempo, en un espejo donde se reflejan las nuevas paternidades, las persistentes deudas de la memoria histórica y la infalibilidad del recuerdo. 
Valeria S. Groisman

Por Valeria Sol Groisman

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A diez años de que La distancia que nos separa (2015) irrumpiera en el panorama literario como un ejercicio radical de honestidad familiar, o si se quiere, como un libro de autoficción que se cuela de manera sutil en el paraguas de la educación sentimental, su eco parece lejos de extinguirse.
Lo que comenzó como la necesidad de un hijo, el periodista y escritor peruano Renato Cisneros (Lima, 1976), por descifrar la sombra de un padre —Luis “El Gaucho» Cisneros, general del ejército y exministro de Guerra y del Interior de Perú— se ha transformado, con el tiempo, en un espejo donde se reflejan las nuevas paternidades, las persistentes deudas de la memoria histórica y la infalibilidad del recuerdo.
En esta charla con Be Cult, Cisneros, que se dedica a formar a nuevos escritores y es autor de Dejarás la tierra y El mundo que vimos arder, entre otros libros, reflexiona acerca de cómo la madurez personal, encaramada en el pasaje de ser-hijo a ser-padre, y el enrarecido clima político actual, han convertido a La distancia que nos separa en un relato abierto que se sigue escribiendo a la par de nuestra historia.

VSG: A una década de su publicación original, ¿cómo releés hoy La distancia que nos separa? ¿Es un texto que sigue dialogando con tu presente?

RC: Sí. Por un lado, porque la figura de mi padre, lejos de diluirse, ha cobrado más presencia desde que me convertí en papá. A menudo pienso en cómo él resolvía (o no resolvía) los dilemas propios de la crianza: preguntas incómodas, fijación de límites, oportunidad de diálogo, etcétera. Además, mi hija mayor (tiene ocho años) quiere saber cosas sobre su abuelo y eso me obliga a mantener el relato abierto. Por otro lado, la novela retrata una forma nociva de administración del poder que diez años atrás parecía superada. Los hombres que ejercían ese poder manejaban un discurso autoritario que –en nombre del orden interno– justificaba la represión más violenta. Bueno, eso que hace una década parecía anacrónico no solo volvió, sino que está en plena forma. Los regímenes de derecha radical entronizados en distintas partes del mundo son solo la confirmación más superficial.    

VSG: Al principio del libro decís algo así como que escribir este libro fue una forma de encontrar al hombre en quien fue tu padre. ¿En qué momento de la investigación sentiste que la figura pública del «Gaucho» Cisneros terminó de desvanecerse para dar paso a la persona real, esa que querías recuperar en el texto? 

RC: No fue un momento concreto, sino más bien una suma de hallazgos que fueron derribando al mito; es decir, humanizándolo. Por ejemplo, descubrir la sentimentalidad de mi padre en las cartas que le enviaba a su novia argentina (cartas tiernas, cursis, plagadas de juramentos exacerbados). O entender, mediante la correspondencia de mis abuelos, que mi padre había sido un niño indisciplinado, al que era necesario corregir. O entender que, cuando fue ministro de Guerra, muy probablemente estuvo involucrado en la tortura y desaparición de personas. O descubrir que, incluso estando con mi madre, no había dejado de relacionarse con otras mujeres. Todo eso –y más– contribuyó a que se hiciera polvo el pedestal en donde el hijo había colocado al padre.  

VSG: ¿Cómo manejaste la tensión entre los documentos históricos y tus propios recuerdos de infancia? ¿Hubo algún hallazgo que te obligara a reescribir por completo un capítulo de tu propia memoria?

RC: Los recuerdos de infancia son relatos que nos contamos a nosotros mismos y que muchas veces tienen poco que ver con lo que en realidad nos sucedió. No hubo un hallazgo concreto, pero, en más de una ocasión, encontré fotos o vídeos antiguos en los que el comportamiento de mi padre mostraba rasgos que mi memoria no le confería: aparecía más sonriente, más risueño, menos investido de la solemnidad militar. Diría que, en general, la escritura de novelas cargadas de intimidad, obligan al autor a reformular sus recuerdos, algunos de los cuales acaban siendo completamente desmentidos.   

VSG: Hay un concepto que me gusta mucho, que es el de recuerdo prestado. ¿En algún momento sentiste que la imagen que tenías de tu padre era un cúmulo de recuerdos de otros? 

RC: No solo lo sentí, sino que lo propicié, porque me interesaba averiguar quién era mi padre en la memoria de los demás. Con «los demás» me refiero a sus amigos, sus enemigos, sus amantes, sus hermanos, sus otros hijos. Y entonces encontré a muchos Gauchos Cisneros. Solemos dimensionar al padre desde el lugar que nos tocó ocupar en casa, pero no consideramos sus otras facetas, que incluyen otros apodos, otros lenguajes, otros escenarios, otras miradas. Mi padre se convirtió en un hombre múltiple. O mejor dicho, siempre lo fue, solo que yo lo ignoraba, o no me había puesto a observarlo con suficiente atención.  

VSG: ¿Cómo lograste mantener el rigor periodístico, cuando los datos que encontrabas de repente herían tu sensibilidad como hijo? ¿Hubo alguna frontera ética o emocional que decidiste no cruzar?

RC: En estos casos, por lo general, te das cuenta de la existencia de una frontera ética cuando ya la cruzaste, no antes. Por un lado, mi yo–hijo evitaba ciertas conversaciones, o postergaba ciertas pesquisas, pero mi yo-escritor avanzaba vorazmente en búsqueda de indicios de todo aquello que representaba un malestar; por ejemplo, responder la pregunta de si mi padre ordenó alguna vez la muerte de alguien. El hijo no quería saberlo, pero el escritor necesitaba saberlo. Esa tensión, o más bien pugna, fue torciéndose poco a poco hacia el lado del escritor, pero me di cuenta al final, cuando mi yo-hijo ya había dejado de ofrecer resistencia.

VSG: ¿Te sorprende que un relato tan íntimo se haya convertido en un espejo generacional e histórico para tantos lectores en América Latina? 

RC: Sí y no. Sí me sorprende, porque nunca consideré que esa historia, tan personal, pudiera importarle a nadie fuera de mis parientes (que, curiosamente, fueron los peores lectores de la novela). La escribí a ciegas, y solo tuve miedo cuando se lanzó públicamente. Pero, a la vez, no me sorprende, porque como lector ya había vivido la experiencia de encontrar en un libro un universo ajeno que me representaba por completo. Soñaba con lo mismo: con lectores que transfieran lo leído a lo vivido, que leyeran mi novela pensando en sus familias, en los secretos de sus padres. La literatura cumple esa función refractaria, sin proponérselo. Buscando ser íntima puede ser universal. Ahí está la lección de Tolstoi: «habla de tu villa y hablarás del mundo».

VSG: ¿Cambió tu relación con tus hermanos mientras investigabas y/o escribías, o luego de haber puesto luz sobre las zonas grises del pasado común? 

RC: Muchísimo. Mis tres hermanos mayores (los hijos del primer matrimonio de mi padre), con quienes tenía una relación entrañable, me dejaron de hablar. Con uno de ellos –la hermana del medio– he retomado la comunicación, pero aún no la calidez que existía. La hermana mayor me escribió un mail lapidario, y nunca más me dirigió la palabras, mientras que el menor, con quien era más amigo, murió hace dos años sin que podamos charlar nunca respecto del libro. Con mis otros dos hermanos, hijos de mi padre y de mi madres, me sigo llevando estupendamente bien.    

VSG: ¿Qué autores o textos te sirvieron como referencia para encontrar el tono adecuado, ese que no cae en el rencor ni en la idealización?

RC: Bueno, como me obsesioné con el asunto del padre, me leí todo lo que encontré. Pero también vi películas, y obras de teatro, y cómics, y series, etcétera. Me volví adicto a ese tipo de narrativa. Pero la pregunta sobre el tono me interesa, porque es lo más difícil de conseguir, y yo solo me di cuenta de eso después de leer La invención de la soledad (Paul Auster), Mi oído en su corazón (Hanif Kureishi), Patrimonio (Phillip Roth), Correr el tupido velo (Pilar Donoso), El olvido que seremos (Héctor Abad), Tiempo de vida (Marcos Giralt Torrente), Cartas entre un padre y un hijo (Naipaul), y La muerte del padre (Karl Ove Knausgard). Leí muchos otros libros, pero estos son los primeros que vienen a mi mente. 

VSG: ¿En qué estás trabajando ahora? 

RC: Trabajo en una novela basada en una historia real: un feminicidio ocurrido en Madrid en la década del setenta. He pasado tres años preguntándome por qué necesito contar esa historia, qué tiene que ver conmigo. Hace poco encontré la respuesta. Eso es todo lo que puedo contar. 

VSG: Después de la publicación y el éxito de tu libro, ¿sentís que lograste habitar tu apellido bajo tus propios términos o la sombra de la historia familiar sigue siendo un lugar de conflicto? 

RC: Los temas familiares, la dinámica con los padres, eso siempre vuelve, a veces de formas menos explícitas, pero vuelve. Y se nota en mis libros. Y se seguirá notando, tal vez, pero me interesa también trabajar con otra voz, una más alejada de la perspectiva autobiográfica (eso intento en mi última novela, El mundo que vimos arder).    

VSG: ¿Cambió tu mirada sobre tu papá el hecho de haberte convertido vos mismo en padre? 

RC: Cambia a diario. Hay días en que lo comprendo más, hay otros en que no lo entiendo en absoluto y lo puteo por ciertas decisiones que tomó. Pero ya no es una incomodidad, una piedra en el zapato que tengo que quitarme. Te diría que, algunas noches, incluso es una compañía. 

Tres libros de no ficción que te hayan formado como escritor y quieras recomendar. 

La trilogía de Auschwitz, de Primo Levi 

Despojos, de Rachel Cusk

La pregunta 7, de Richard Flanagan

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