Esteban De Gori
Obra: El Sudor de José Vela Zanetti
Ruby sudaba mucho. Esa casa estaba muy calurosa. Casi nada de ventilación y paredes calientes. El condominio estaba atrapado entre el rayo del sol y los volcanes. No teníamos escapatoria. En esa casa vivíamos Libia, Hansel y yo. Fui el último en llegar y solo quedaba el cuarto más pequeño. Ruby trabajaba desde hacía bastante tiempo. Los últimos meses la acompañaba su novio Luis por miedo a que las pandillas le hicieran algo. Ella vivía en una casa bastante precaria en Soyapango. Había sufrido la violencia marera y de algunos antiguos empleadores. Luis rápidamente fue bautizado por nosotros como el Tío Luis, un personaje del que solo sabíamos que trabajaba como pescador y que por ciertas situaciones –poco claras- debió salir rápido de Galicia. Era un tipo turbio, pero gracioso y sobre todo muy generoso. Un torero que sorteaba todas las preguntas sobre su trayectoria profesional y familiar. No trabajaba y siempre tenía dinero. Era excesivamente calvo y como Ruby no dejaba de sudar. Nunca, ni con días más apacibles. Lo único que deseaba era cuidar a Ruby y evitar que nadie se meta con su piel.
Hansel era ingeniero. Nicaragüense. Demasiado cauto con su biografía. Gestionaba el saber sobre su vida de manera meticulosa. Un cirujano de su propio pasado. Nunca entendimos si se había escapado del futuro duro e incierto que ofrecía el gobierno de Daniel Ortega o por algún problema político con ese régimen. Su preocupación recurrente eran las pandillas. Vivía paranoico.
Libia había llegado a El Salvador como cooperante española. Quería conocer y trabajar en América Latina. La enviaron desde Madrid a todos los infiernos sociales: Honduras primero y luego El Salvador. Esa idealización de América Latina que había cantado Manu Chao -para la generación nacida en los años 70 y 80- se caía en dos minutos (por lo menos para ella). Dirigía una ONG en un país atravesado por la violencia de la postguerra civil y la migración masiva a los Estados Unidos. Nadie quería “fijar” su cuerpo en ese país. Todos querían cambiar de piel.
En esos días recordaba la frase de una funcionaria de la universidad que siempre decía: “este calor afecta al cerebro. Este país está jodido”. Una escueta y rápida “filosofía de la mente” que ella pronunciaba como mantra para explicar la tragedia social de El Salvador y todos los sucesos desafortunados que alteraban la vida ciudadana.
Toby era el pastor más poderoso de El Salvador, fundador del Tabernáculo Bíblico Bautista “Amigos de Israel” y creador de más de 500 iglesias, con un carisma inigualable y con más horas de pantalla que cualquier político. Ese hombre robusto, de grandes proporciones, predicaba sin parar. Había algo interesante en él: no sudaba. Aleccionaba y administraba la temperatura de su piel. La palabra debe “entrar” pero sin excesos de la piel, controlando o acallando la humedad. Su oratoria era la mayor política pública que podía exhibir. Posiblemente fue por décadas un líder que logró más devoción que cualquier presidente salvadoreño. No era un Tele Pastor, como Pat Robertson uno de los fundadores del Club 700, sino un tipo muy cerca de sus fieles. Su política era el cuerpo a cuerpo. Un Pastor que estaba en la trinchera de la piel.
Para quienes habitamos la casa de la colonia Miraflores, el Pastor Toby no era todo lo que ocupaba la pantalla. Ese año, 2005, aparecía “La Noche del 10”. El programa de televisión conducido por Diego Maradona. Un Diego energético y encandilado por la magia. Un Diego de piel luminosa. Impoluto. Bendecido.
En ese año gobernaba El Salvador el presidente Tony Saca, un hombre, al igual que el Pastor Toby, de grandes proporciones, que buscaba -sin éxito- contener a las pandillas. Pero Tony no pudo gobernar su piel (ni sus deseos) ni la piel de otros y años después terminaría preso por corrupción años. El hombre que había diseñado la ley de “la súper mano dura” cayó y las maras aumentaron su poder. La piel tatuada se acrecentó.
Maria era la dueña de la única pupusería que quedaba cerca de nuestra casa. Era horrible el calor de su pequeño restaurante. Pero las pupusas eran deliciosas. Esas tortillas de maíz con variados rellenos eran cocinadas en grandes planchas. El ambiente era agobiante. La temperatura aumentaba y se encapsulaba por la decisión de la propia Maria de mantener siempre cerrada la puerta. Ya no soportaba los robos ni las extorsiones. Estar ahí era como vivir con el calor adentro. Sin respiro. Quienes tenían auto pasaban y se llevaban las pupusas. Maldecían el calor. Nosotros siempre llegábamos caminando y comíamos ahí. Casi nadie llegaba a pie. Lo nuestro era extraño, inusual. Maria y su hija solo hablaban de los familiares que habían emigrado a Estados Unidos, del gobierno inepto y del odio a las maras. Amasaban, cocinaban y no paraban de sudar.
En un curso de la Universidad un estudiante presentó El Asco, el libro que Horacio Castellanos Moya había publicado en 1997. El profesor mostraba su malestar por esta obra. No había imaginado que alguien presente ese texto que era considerado por muchos una afrenta al país. Rechazaba con ímpetu la narrativa crítica que el personaje principal daba sobre El Salvador de posguerra. Ese libro y su título quedaron flotando en un ambiente tenso, una pieza contaminada que nadie en esa clase quería agarrar. El pobre estudiante -un joven médico que se decidió por las ciencias sociales- quedó contrariado, con esa sensación de que nadie había hecho justicia con su intervención. Pero los libros flotan, son material de partículas culturales y de imaginaciones narrativas, artefactos que se asocian de manera extraña con otras ideas. Años después vendría Nayib Bukele (2019), un dirigente que no suda, que mantiene un férreo control sobre su imagen, su piel y sobre su agua interna, y que tomó -de manera misteriosa y dramática- algunas preocupaciones que estaban en ese libro. Buscó corregir con puño de acero y corriendo las fronteras democráticas algunos dramas que allí se mostraban. Construyó una mega cárcel. Bukele se acercó al pastor Toby Jr. quien continúa el legado de su padre. Quien como el presidente actual –y su padre- tampoco transpira y mantiene a raya su estética. Quien utiliza todos los recursos tecnológicos para predicar e insistir que la palabra “entre” para evitar transgredir la norma. En El Salvador, en los últimos tiempos, quienes mandan no sudan. Solo intentan mantener el control de la piel.