Nos hemos alejado del poder de la imaginación

Sentado en un patio de la Alhambra, en Granada, David Uclés (Úbeda, España 1990) desprende una calma inusual para alguien que ha sacudido los cimientos de la industria editorial.

Claribel Terré Morell

Claribel Terré Morell

Con más de 300.000 ejemplares vendidos y 30 ediciones de La península de las casas vacías, pasó de tocar el acordeón en el metro de París a ser el fenómeno literario de 2024, 2025 y también de lo que va del 2026.

David Uclés es un buen amigo. Esta entrevista comenzó cuando coincidimos en un festival literario en Granada y se convirtió en mi compañero de correrías. Juntos vivimos el conocer a Salman Rushdie, compartimos habitaciones pared con pared y hablamos: mucho.

Galardonado con el 82.º Premio Nadal por La ciudad de las luces muertas, el autor anuncia ahora un alto en el camino: un retiro temporal que comenzará en el mes de agosto. No ha dicho que dejara de escribir. 

David Uclés

Con Salman Rushdie en Festival Literario en Granada

De los escritores latinoamericanos, ¿a quiénes has leído y quiénes influyen en este nuevo «boom»? 

He leído mucho, aunque la mayoría están muertos. De los vivos, me interesa el «gótico andino»: Samanta Schweblin, Mariana Enriquez, Mónica Ojeda… Me atrae todo lo que sea alejarse de la autoficción y tomar riesgos imaginativos. Veníamos de una tendencia donde todo era autorreferencial, y creo que hay un hartazgo de eso.

¿Qué es la vanguardia hoy para ti?

Es usar lo fantástico de manera impúdica, sin miedo. La literatura siempre estuvo cerca de lo fantástico, pero hemos pasado años muy asépticos. Mira la estética actual: todo es minimalismo, trajes lisos, casas iguales. Nos hemos alejado de la capacidad de soñar otros mundos. Es una pena que en el cine no gane un Oscar una distopía o una de terror, pero siento que viene un nuevo «boom» muy interesante.

Escribir realismo mágico sobre la Guerra Civil Española parecía una apuesta suicida. ¿Te lo advirtieron? 

Mucho. Me decían: «No te vamos a publicar nada». Primero, porque decían que sobre la guerra ya se había escrito todo; y segundo, que me olvidara del realismo mágico. Pero yo creo en la constancia. La suerte fue que apareciera el hastío hacia la autoficción y que mi editor, Julio Guerrero (el mismo que descubrió a Irene Vallejo), confiara en el manuscrito a los tres días de recibirlo.

«Iñaki Gabilondo dijo que era lo mejor que había leído en años. Ahí el libro desapareció: esa Navidad no se podía comprar en ningún lado por el éxito.»

Pasaste de una primera edición de 2.000 ejemplares de “La península de las casas vacías” a vender 300.000 de una sola obra. ¿Cómo se gestiona eso?

Mi jefa de prensa me dijo: «Cinco presentaciones y ya está, ¿quién te crees que eres?». Y ya llevo muchas, muchísimas… Es mi tercera novela, pero la primera que hace ruido de verdad. No tengo miedo al futuro porque tengo ideas muy ambiciosas y sé que lo que escribo es fiel a mi esencia.

¿Escribes todos los días? 

Cuando no puedo escribir por falta de tiempo, me pongo un «dique mental». Ese dique genera una necesidad acumulada; cuando finalmente lo abro, sale todo con una precisión casi obsesiva. La península de las casas vacías me tomó 15 años. Al principio tenía 70 personajes, luego los podé a 40. Quería contar la guerra entera en una novela total, algo que mi librero me dijo que no existía.

Hablas con mucha naturalidad de la muerte. ¿Eres un tipo feliz? 

¡Siempre soy feliz! Voy a psicólogos por la ansiedad de las giras, pero cuando me preguntan si soy feliz, les digo que sí de corazón. Estoy vivo. Tengo una arritmia. He vivido 15 años con la certeza de que podría morir en cualquier fibrilación nocturna; me he recorrido muchas ciudades en ambulancia a medianoche. Cuando has escuchado a los médicos en la ambulancia decir «está fibrilando a tope, a ver si llegamos», tu perspectiva cambia. 

Eres músico, dibujante, traductor… Si la literatura te da la espalda tras este descanso, ¿qué harás? 

La pintura me ha dado mucho de comer y el acordeón también. Si mañana dejan de reeditarme o me aborrecen, volveré a pintar o a cantar en Montmartre. Por ahora, voy a aprovechar este hueco que me ha hecho el mundo editorial mientras dure.


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