No recuerdo cuándo hice mi primera dieta. Creo que en los años noventa llegó a mi casa el libro La dieta médica Scarsdale. Lo encontré en la mesa de la cocina. Mi mamá me dijo que era tendencia. La veía con un mal humor terrible e intentando bajar la panza que le habían dejado los embarazos. Una costura le atravesaba todo el abdomen, como quien cose una tripa en estado de desesperación. El médico priorizó la salud a su estética, me dijo. Pero ella insistía en borrarla.
Lorena Soler
La dieta médica Scarsdale, poco a poco, se impuso como menú familiar. Mi madre dictaminó que no tenía tiempo para cocinar diferentes opciones y que finalmente todos en nuestra familia éramos un poco gordos. Ahí descubrí el cuerpo.
Poco tiempo después fui a la nutricionista, probablemente porque en el pequeño pueblo pampeano donde vivía no había psicólogos. La vida estaba bastante guionada: trabajar, casarse, tener hijos y, en el mejor de los casos, estudiar maestra o policía. Los hombres estaban en el club. Tomaban café, fumaban, hablaban de política y jugaban a las cartas. Retomo: asistíamos a la nutricionista después de salir de catecismo. Una amiga iba para engordar (comía chocolate cada media hora) y yo para adelgazar. Ni yo era gorda ni ella era flaca, pero queríamos moldearnos en la puerta de la adolescencia. Somos la generación de los noventa, de la anorexia, el sida y las modelos de Pancho Dotto. El lujo y su exhibición. Punta del Este y los desfiles de Giordano. Cogíamos con miedo a quedar embarazadas, el aborto era un secreto a voces, pero con acceso reservado.
Luego aparecieron las dietas de la luna, las disociadas y en la ciudad conocí a Cormillot. De la Coca Light pasamos a la Zero, y de la contabilidad de las calorías a los créditos. Grupos de autoayuda gerenciados por señoras maltratadoras, casi todas regordetas que te obligaban a registrar todo lo que comías en el llamado “pasaporte”, un viaje con destinos de paraíso. La hipótesis era que concientizar, adelgaza. Tiempo después una amiga me confesó que siempre fue flaca porque no pensaba en la comida.
Ahora, que no se puede hablar del cuerpo del otro, como me enseñaron mis sobrinas y mis amigas progresistas, aparece la No Dieta. Comer poco y “bien”, pero sin nombrar la palabra maldita. No se trata de suspender por un tiempo el deseo de comer todo lo que aparece frente a nosotros. Es masticar comida saludable toda la vida. Fin de las gaseosas y el agua como tesoro. Consumir 3 litros diarios, dicen las pastoras de la salud.
La insistencia sobre otro cuerpo, pero sin poder hablar del cuerpo. Fin de las balanzas y principio de los músculos. La vida eterna. Millones de reels, programas de televisión, bibliotecas y congresos internacionales diciendo qué y cómo comer y porque la vida puede tener final feliz. Dos dietéticas por metro cuadrado en esta ciudad y un gimnasio cada 5 pasos. Hasta el principio del siglo pasado la gente hacía ejercicio sin saber que lo hacía, simplemente la vida se ponía en movimiento. Estaba el cuerpo: recoger la cosecha, ir a la guerra y amamantar sin porcicultoras.
Hoy la vida propone sedentarismo puro y exige músculo.
Máquinas que miden y médicos que toman con centímetros tus formas corporales.
Runners que corren sin parar, desayunos que son intermitentes.
Ley de talles que no llegan, marcas top con modelos regordetas para dar imagen de amplitud mental.
Borrar el cuerpo, que insiste.
Tratamientos de belleza y una tecnología del cuerpo.
Cirugías de todos los colores, productos infinitos para la piel, el pelo y las formas de vestirse.
La onda mata kilos, me dice Julia, que porta con cierto orgullo sus 20 kilos de más, aunque odia las harinas tanto como odia al comunismo. Una nueva ideología del régimen. La opacidad de las harinas. El feminismo le permite pesar 20 kilos de más, aunque las madres del colegio la miren con repulsión. “¡Probá con Ozempic!”, le dice su médica. Es la pastilla mágica que finalmente debía llegar. El milagro de la industria farmacéutica una vez más. “Ya adelgacé muchas veces en mi vida”, responde. Pero, como dijo una vez Roberto Petinatto: “Debo haber bajado unos 550 kilos en total”. Las dietas deberían ser como la depilación: definitivas. Y si no, que en mi epitafio diga: “Fin de la dieta”.
LA MENOS PAUSA
José Luis Ariel Méndez
Cumpliste los cincuenta. Te pesa el tiempo.
Te agitan los sofocos, cambiás de humor
como de medias, te despertás varias veces
con la rabia al cuello.
La piel, los huesos, los músculos, lo mental,
como esa costumbre nueva de olvidar los anteojos
en sitios donde no has estado. Y lo peor,
que tus ganas perdieron la paciencia:
periodos copiosos, picazón, la sequedad
en donde nace el mundo.
No digan que fue el estrógeno
o el tiempo que pasa triste.
Muy pronto pasarás más horas en la farmacia
que en tu propio hogar. Paulatinamente,
te absorberán las dietas. Y el tabaco y el alcohol
serán tus enemigos.
Caminás hacia el trabajo. La luna sigue curioseando
entre las torres. No amanece. Un viento hostil
te empuja a la otra acera. El frío
te pone hielo en el alma, tu sombra tiembla
con los ojos lentos.
Ahora viene de adentro, de un sitio que no se explica.
Allá en la casa, tu hijo es incapaz
de hacer el desayuno.
Tu marido duerme sobre una subvención,
entre esperanzas e ideas
que son de humo. Llorás sin saber por qué.
Tu malestar interrumpe el mundo
y le da otro grito.
Creías ser feliz, estar completa.
¿Cuánto falta para que salga el sol?