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Vivian Lofiego: Para mí escribir es encontrarse con el límite.

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Por Claribel Terré Morell

Foto: Maxi Falle

Vivian Lofiego, suele escribir en español y en francés. De ella, en Argentina, su país natal, donde volvió a vivir después de muchos años, se acaba de publicar, “Las Recluidas”, (Editorial Paradiso), un libro de cuentos, en el que da voz a personajes que van desde María Antonieta hasta Camila O ‘Gorman, mujeres hermosas, fuertes, capaces de trascender en la historia pese a que a la mayoría se las trató mal y cuyo destino puede verse como trágico.

Los cuentos que han sido definidos por la reconocida escritora Luisa Valenzuela como “mininovelas góticas”, forman parte del “estilo Lofiego”, un estilo caracterizado por una profunda sensibilidad, sutileza y uso de temas y lenguajes, dentro de la poesía, el teatro, el ensayo y la narrativa. 


 

Eres una voz bilingüe en la literatura argentina-francesa. ¿cómo manejas el desplazamiento lingüístico-cultural en tu literatura?

Creo que mis textos intentan abordar esa conexión entre la identidad, la lengua, el exilio hacia otra lengua, buscando una extraterritorialidad. Llegué a Francia y “me construí” una voz en español -como una muralla China- amparada por la multiplicidad de lenguas que escuchaba a diario y con el francés como lengua principal y lengua en mi casa.  Mi primer libro, “Obsidianas de la Noche”, habla de la mitología azteca. Jamás, en mi caso, hubiera podido escribir este libro, con todos los defectos de juventud que pueda tener, si no me hubiera ido hacia otra tierra, otra matriz.

La lengua francesa me permitió reinventarme una identidad. Con el tiempo, los años, el trabajo literario en Francia, sentí ser parte de un cuerpo que es exclusivo en escritores extranjeros quienes paradójicamente integran a la literatura en Francia. Amigos como Tahar Benjalum, Adonis, Nancy Huston, Luisa Futoransky, Diego Vecchio, Eduardo Berti, Marjane Satrapi, y muchos más (tal vez el ejemplo más significativo para nosotros sea Cortázar) son el ejemplo de esa geografía.

Llegar muy joven, hacer tus estudios allá, casarte, y atravesar toda suerte de vivencias te permite llegar a ese “grado cero de la escritura” que mencionaba mi adorado Barthes. La literatura en el cuerpo, la lengua como alquimia, la letra… Contar el exilio de los míos, sí, pero habiéndolo integrado; hablar de las mujeres del siglo XIX, sí; habiendo integrado a mi abuela criolla y de familia tradicional, ponerle la voz a una extranjera, sí; habiendo atravesado ese camino a veces tortuoso.

El ejemplo del bilingüismo mayor ha sido, a mi entender, Samuel Beckett, y el gran escritor argentino -bastante olvidado aquí- miembro de la Academia Francesa, Héctor Bianciotti, “el Marcel Proust de la Pampa”, como lo llamaron.

¿Cómo fue escribir: “Le sang de papillons” publicada en París, 2014, y “Las recluidas” publicada en Argentina en 2024?

La novela “Le sang de papillons”  fue publicada en francés con la traducción de un inmenso traductor que es Claude Bleton. Es una suerte de laberinto familiar que abarca varias generaciones. Me permitió acceder a mi lengua materna más lejana, a las historias de mi tatarabuela (prima de Juan Manuel de Rosas) y adentrarme en algunos traumas profundos (sociales, políticos, familiares) amparada por la “distancia” geográfica. Estaba en el campo, en una chacra muy vieja de la Borgoña, lindante con un cementerio. Iba ahí y me ponía frente a una ventana y me imaginaba que era la pampa. Claro, me interrumpían -felizmente- las voces francesas de la casa. Es una ficción con tintes biográficos, lengua de los afectos, lengua del trauma… territorio, cuarto propio. Con el “debido pudor” que enmarcaba Marguerite Duras, hay algo revelado, pero no todo. Y agrego un caballito de batalla, que es de Proust, quien decía que escribir es escribir en una lengua extranjera.

En “Las Recluidas”, libro de cuentos, me apasioné con distintas voces que van desde María Antonieta hasta Camila O ‘Gorman, mujeres hermosas, fuertes, capaces de trascender en la historia pese a que a la mayoría se las trató mal y cuyo destino puede verse como trágico.  Inventé a algunas, investigué otras y elaboré, y como dijo Flaubert, puedo decir: Camila, soy yo. Fue una tarea de orfebre.

¿Buscas los temas o ellos acuden a ti?  A propósito de tu último libro…

Creo que aparecen, se instalan. Soy lectora, y también me influyen algunas temáticas universales y temporales. En el caso de Las recluidas, es un libro que se fue armando en varias etapas. Cuando regresé a nuestro país, di clases de escritura creativa en el Otto Wulff, un edificio en san Telmo, lleno de fantasmas… este lugar, en otro siglo, fue escenario de las Invasiones Inglesas, y fue el detonante del libro. Me hablaban del fantasma de la virreina Rafaela. Y empecé a creer…

¿Crees que se te conoce más como poeta que como narradora?

Desde que llegué a la Argentina me publicaron tres libros de poesía. Lucho contra las etiquetas, me defino y siento: escritora. La poesía fue la primera manera de expresarme desde muy chica. También lo fueron los cuentos, a los diecisiete años hice un taller con Hebe Uhart. Pero la poesía fue como un pasaporte. Llegué a Francia y muy joven me publicaron mi primer libro. También me publicaron una obra de teatro que se dirigió en París, con apoyo del Instituto Helénico en Francia. Hoy estoy tratando de convertirla en libreto para una ópera contemporánea.

¿De qué manera te nutre -si lo hace- el hecho de traducir a otros- por qué caminos te lleva la traducción literaria?

Aprendí a traducir para aprender una lengua de manera profunda. La poesía acudió a mí, pasé años traduciendo a voces contemporáneas que fueron publicadas en libros, revistas, ensayos. Bernard Noël, André Velter, Silvia Baron Supervielle, Vincent Tholomé, Hervé Letelier, Salah Stétié, Michaux, Laurent Gaspard, Mina Loy, y mucha poesía.

Es un proceso creativo maravilloso, hay que transcribir una música y pasarla a otra y preservar el ritmo. Soy melómana, ante lo cual para mí traducir es hacer música. Es muy dificil, me salen canas verdes cuando tropiezo con fragmentos intraducibles al español, luego cuando logro encontrar el sentido, siento un gran alivio y felicidad. Este año salen dos de mis últimas traducciones: Te llamaré Francia, de la autora franco-canadiense, Nancy Huston publicada por Galaxia Gutenberg, y La catedral interior, de Griséldis Real, poeta y trabajadora sexual, Suiza, en ediciones Serapis. Ahora estoy preparando las “novedades para el 2026”.

¿La actriz que fuiste quedó en el olvido o puede aparecer de nuevo?

Amé el teatro, tanto como amo a la literatura, con pasión. Pero ganó la literatura, sin embargo durante años fui “lectora oficial” de muchas y muchos autores hispanoamericanos que había que leer en voz alta en París. Y aquí, adoro leer textos ajenos. Si me tengo que subir a un escenario, lo hago, sí. Hace dos años hicimos bajo la dirección de Leonor Manso, una adaptación de Annie Ernaux “El uso de la foto”,  junto a Walter Romero.

-Inteligencia artificial para ayudarte a escribir: ¿si o no?

Por ahora, no. La analizo, la estudio, la observo… Y tal vez mañana…

¿A quién lees siempre?

Borges, Shakespeare, Ted Hughes, Maupassant, Proust, Virginia Woolf, y la lista es larga.

¿Qué lees ahora?

En estos momentos estoy leyendo cuentos de Lydia David, mi trabajo en los talleres de lectura me estimulan a leer novedades y clásicos. Descubro también a Cristina Rivera Garza. Terminé un ensayo exquisito sobre el autor ruso-francés, Romain Gary, y una novela de Julian Barnes, El sentido de un final. Se me arman  polifonías. Hay que sumarle los libros que investigo para traducir… y los libros de las y los amigos, más alumnado…

 ¿Qué estás escribiendo?

Ahora estoy trabajando una novela, “La extranjera de la casa”, allí exploro la memoria, mi relación con mi madre – con quién rehice un vínculo a partir de su Alzheimer- y con la lengua materna en general.

Hay otra novela, pero que espere. También preparo un ensayo sobre Charlotte y Emily Brontë cuando estuvieron en Bruselas. Es precioso meterme en la vida de estas escritoras enormes, habitantes de un páramo al norte de Inglaterra…

¿Por qué te gusta la poesía?

Tal vez por la brevedad. Es como una pausa, un silencio, una suspensión. Una forma sublime.

¿Te gusta que te llamen poeta?

No, no me gusta que me llamen poeta, me muero de vergüenza. Por ahora sigo escribiendo poesía porque me sale así, porque mi abuelo paterno era poeta y algo debe haber quedado en los genes. Este año Ediciones del Zorzal, publica un tríptico: “Gabinete de curiosidades”.

Un verso perfecto para ti.

Versos perfectos, hay muchos. Pero siempre andan cerca algunos.
Los justos, de Borges. No hay verso de ese poema que no me haga sentir mejor cuando lo leo. También Ted Hughes con sus animales y sus bosques, Paul Celan, Vallejo, Sylvia Plath, Anne Sexton, Pizarnik, puedo llenar la página… pero hay un verso de un poema que espero repetir siempre, y es de Quevedo de: Amor constante más allá de la muerte:

(…) polvo serán, más polvo enamorado.

Escribir es vaciar, dice Cristina Rivera Garza. Para ti ¿qué es? Tu concepto de la escritura como trabajo.

Para mi escribir es encontrarse con el límite, la frontera, el lugar ese que no sé nombrar.  Es un trabajo extenuante porque, como en el mito de Sísifo, jamás está terminada la tarea hasta que tu cuerpo dice: basta. Me encanta lo que decía Borges, tan intrasigente con sus colegas, ¿no? que escribir es un modo de soñar sinceramente. Adhiero a la sinceridad, y también a eso de salirse de una misma para poder entrar en los personajes, aunque en el fondo siempre hablemos de nosotros mismos. Hay una valiosa reflexión de Marguerire Duras: “Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. (…).