Por Valeria S. Groisman
Juana Libedinsky: Entrevista sobre Austen y la inteligencia
Queremos tanto a Jane (Seix Barral, 2025), el nuevo libro de Juana Libendinsky (Buenos Aires, 1973), escritora y periodista argentina radicada en Nueva York, va y viene de una orilla a la otra para analizar el fenómeno fandom y transmedial que florece y florece alrededor de Jane Austen a doscientos cincuenta años de su nacimiento. Existen en todo el mundo comunidades de lectores y lectoras que no sólo devoran las historias de Austen, sino que asumen todo su universo ficcional como algo propio y natural, y entonces se reúnen en bailes de sociedad, se visten y se peinan para la ocasión, y analizan las tramas a la luz del presente. Los detalles, las pequeñeces que se desprenden de cada libro, revelan una mirilla peculiar desde la cual ver el mundo.
Emma, Persuasión, Sensatez y sentimientos, La abadía de Northanger, Lady Susan, Los Watson, todos los libros de Austen, señala Libedinsky, poseen por lo menos dos capas de lectura: la primera es la explícita, la más obvia, la que no requiere de un ejercicio intelectual para descifrar nada; la otra, la segunda, es la que se va descubriendo en un repaso más sesudo, en la puesta en juego de los hechos y los diálogos con el zeitgest de la época en que fueron escritos y todas aquellas luchas veladas que se jugaban desde la literatura. Sin embargo, señala la autora, para disfrutar de un Austen la primera capa es suficiente. El placer por el placer mismo de leer (un placer inteligente, aclara) es parte esencial del amor por Jane, como eligió llamarla en el libro, ya desde el título, por la cercanía emocional que genera su nombre de pila. La teoría, entonces, es lo que viene después.
Libedinsky, que lleva muchos años como columnista del diario La Nación (Argentina) y cuenta con una maestría en Sociología de la Cultura en la Universidad Nacional de San Martín, es también docente universitaria y autora de English Breakfast. El pensamiento británico hoy (2006) y Cuesta abajo (2024), donde narra en primera persona el accidente que su marido sufrió durante unas vacaciones en la nieve y el posterior proceso de aceptación y metamorfosis íntima y familiar.
En una charla entre Buenos Aires y Nueva York, y mediada por el Whatsapp y el chat de Instagram, Be Cult conversó con la autora acerca del proceso de escritura de su última obra y de cómo llegó a convertirse ella misma en una Janeite adepta al vestido de corte imperio y a la ficción romántica como un antídoto frente a la realidad.
VSG: Tu nuevo libro Queremos tanto a Jane arranca con un epígrafe que se puede leer como un intento de derribar el mito de que la novela clásica y romántica es sinónimo de banalidad o de literatura de menor calidad. En la cita, Jane le pregunta a su hermana por cuál de sus “tonterías importantes” debería empezar. ¿Hay algo de eso en tu búsqueda al escribirlo? Se me ocurre, también, que esa cita se vincula con la idea de Lionel Trilling que dice que las pequeñas excentricidades de personajes secundarios pueden revelar el funcionamiento de una sociedad.
JL: El epígrafe funciona como una declaración de principios. Si bien lo de las “tonterías importantes” es tomado de una carta de Jane a su hermana Cassandra, es muy típico de su deliciosa ironía, ese decir una cosa y la contraria al mismo tiempo. Parte de mi búsqueda en el libro es justamente recuperar esa tensión: cómo algo aparentemente pequeño, íntimo o “femenino” puede ser, en realidad, profundamente serio.
Lionel Trilling decía que las excentricidades de los personajes secundarios de Austen revelan la estructura moral de una sociedad. Tenía razón porque sus “pequeñeces” son radiografías de clase, deseo, poder, ambición y supervivencia. Mi libro, de algún modo, intenta reivindicar esas “tonterías importantes” como un modo de mirar al mundo de una forma crítica pero sin subestimar a nadie ni a nada.
VSG: ¿Por qué Jane y no Austen en el título del libro?
JL: Porque el fenómeno es emocional. Los Janeites no aman a “Austen” como entidad literaria solamente: aman a Jane, la amiga imaginaria, la confidente, la que parece hablarte al oído. Después, claro, puede sumarse el interés crítico, filológico o histórico; hay lugar para todas las lecturas.
El título también dialoga explícitamente con Queremos tanto a Glenda, (el libro de) (Julio) Cortázar, que usa esa fórmula para hablar de una devoción que roza lo desmesurado, una pasión colectiva que puede volverse peligrosa. Ese doble movimiento —la adoración y la apropiación— está muy presente en el mundo Austen.
Pero, como explico en el libro, la gran diferencia es que acá esa devoción no termina en destrucción ni violencia como ocurre con Glenda, sino en comunidad, creatividad y lectura compartida. El amor excesivo por Jane no borra a la autora, sino que la multiplica, y eso fue fascinante para explorar.
VSG: ¿Cómo llegaste a especializarte en Jane Austen y cuándo te convertís en una Janeite?
JL: La leí de muy chica y quedé inmediatamente cautivada, pero durante muchos años Austen fue para mí un interés íntimo. Más tarde, hice mi tesis de maestría sobre la lectura en ciertas obras de Jane Austen. Así que descubrí cómo era analizarla desde un punto de vista académico, pero no conocía a nadie que la leyera con la misma pasión que yo, salvo una gran socióloga, Francis Korn.
De hecho, ella fue quien convenció a (Adolfo) Bioy Casares de los méritos extraordinarios de Austen, aunque en su círculo intelectual no se la tomase demasiado en cuenta. Pero yo no sabía nada del costado performativo, del rito de compartir a Austen con masas, del componente teatral, lúdico y comunitario del fenómeno Janeite. Tampoco sabía que existía esa especie de “legitimación exterior” del fandom: convenciones, capítulos locales, clubes de lectura, reconstrucciones históricas, peregrinaciones y un universo entero de gente que encuentra en Austen un punto de encuentro emocional.
Ese descubrimiento vino recién al investigar para el libro. Ahí entendí cómo Austen no es solo una autora: es una comunidad internacional que se reconoce por gestos, códigos, debates y complicidades. Me sentí muy cómoda y, partir de entonces, el vestido de corte imperio ya no me lo saqué más (ver https://www.nytimes.com/2025/11/26/books/jane-austen-birthday.html?smid=nytcore-ios-share).
VSG: Casi al comienzo del libro, te preguntás por la función del autor en relación con la protesta social o la lucha por cambios estructurales, por ejemplo respecto de cuestiones de género. ¿Lograste sacar alguna conclusión respecto de la perspectiva desde la que Austen escribía y si para ella la literatura debía cumplir un rol instrumental? ¿Qué pensás vos acerca de eso?
JL: Austen obviamente no escribe panfletos, pero tampoco se limita a la superficie. Sus novelas son laboratorios morales donde se discuten clase, género, educación, dinero, desigualdad y autonomía femenina. No creo que busque un efecto instrumental directo, pero sin duda amplía nuestra capacidad de mirar.
VSG: Tu hermano, tus padres y tu hijo aparecen en el libro como personajes con los que dialogás o a quienes evocás a través de recuerdos o vivencias. ¿Qué vínculo tiene tu familia con tu escritura? ¿Te leen, te comentan, te acompañan en el proceso de investigación?
JL: Mi familia me apoya a full, pero no hay ni el más remoto el interés por lo que hago. Son la compañía ideal al salir a reportear, porque dan una visión desde afuera de los fenómenos y situaciones en los que me puedo dejar llevar por la pasión. Encima no les importa nada lo que escriba de ellos. Mi hija adolescente es muy buena editora en trenes y aviones.
VSG: Vuelvo al comienzo porque me interesa mucho que en varias oportunidades hablás de la literatura de Austen como una especie de placebo frente a la realidad y como una forma de “gratificación emocional”. En ese sentido, ¿es el placer de la lectura una forma de distracción que vale defender en tanto también circula la idea de la literatura como algo propio de la intelectualidad?
JL: Austen puede ser leída —y disfrutada— en muchos niveles. En el más inmediato está la comedia romántica: bailes, malentendidos, miradas. Ese nivel es un portal de entrada totalmente legítimo. Pero, si uno se queda un poco más, aparece la crítica social: clase, género, esclavitud, desigualdad económica. También surgen los temas que hoy asociamos con las guerras culturales: quién tiene derecho a hablar, a elegir, a controlar el espacio público.
Austen ofrece placer, sí, pero un placer que no excluye la inteligencia. Permite escapar del mundo y, a la vez, entenderlo mejor. Esa doble condición —comodidad y lucidez— es lo que la vuelve tan actual.
VSG: Me intriga el concepto de hand flex. Contame un poco acerca de eso.
JL: Es un gesto mínimo en la versión de Orgullo y prejuicio con Kiera Knightley y Matthew McFayden, de 2005. Darcy ayuda a Elizabeth a subir a una carroza y, cuando se aleja, flexiona la mano como si hubiera recibido una descarga. Ese segundo condensó todo el deseo contenido del universo Austen en un instante corporal. Un microgesto que abrió un universo.
En el libro cuento que el hand flex tiene un antecesor directo y casi mítico: la camisa mojada de Colin Firth en la mítica adaptación de la BBC de 1995. Ese momento —Darcy saliendo del agua con la ropa pegada al cuerpo— fue el erotismo explícito que los adaptadores creyeron que el público necesitaba en los ’90: un golpe visual, directo, casi camp (se refiere al concepto de Susan Sontag que se desprende de su mítico ensayo “Lo camp”). Marcó a una generación entera.
Pero lo que ocurre con el hand flex veinte años después es distinto: del wet shirt pasamos al deseo minúsculo, al temblor involuntario, a la sensibilidad del roce. Si la camisa mojada era la fantasía romántica en clave épica, el hand flex es íntimo, vulnerable, microscópico. Es el erotismo que no necesita mostrarse para ser devastador.
Lo fascinante es que ese gesto casi accidental se volvió un fenómeno global: memes, Tik Tok, análisis cuadro por cuadro, discusión fandomística. En el fondo, lo que revela es nuestra fascinación contemporánea por la intensidad contenida, por ese momento previo al contacto, donde todo está por ocurrir, y que Austen captura como nadie.
VSG: En el capítulo cinco trazás un lazo entre Mr. Darcy y la Avenida Corrientes. ¿Se vive igual el fenómeno alrededor de Jane Austen en Estados Unidos, en Europa y, acá, en Argentina? También es interesante las relaciones que establecés con el judaísmo, el antisemitismo y las colonias. ¿Cómo llegaste a ese universo de conexiones que, a priori, parecen improbables?
JL: Una de las sorpresas de la investigación fue encontrar dos libros, que, cada uno a su modo, traen a Austen a nuestro paisaje emocional.
Uno es All Roads Lead to Austen, de Amy Elizabeth Smith —una profesora californiana—, que viaja por América Latina armando clubes de lectura de Austen y termina encontrando a su propio Mr. Darcy en una librería de la calle Corrientes. Me encantó la idea de que Darcy pueda aparecer en el centro porteño contemporáneo sin perder ni un ápice de su potencia romántica. Está basada en una historia real y los protagonistas me confirmaron que siguen felizmente casados.
El otro es Celestial Persuasions, de Mirta Inés Trupp, donde traslada personajes de Austen al Río de la Plata tras la Revolución de Mayo. El capitán Wentworth de Persuasión se cruza con San Martín, Alvear y Mariquita Sánchez de Thompson, además de con jóvenes judíos ingleses que llegan ilusionados, atraídos por los ideales de independencia en una tierra sin inquisiciones ni persecuciones. Así explora la diáspora, la vigilancia social, el antisemitismo y la pertenencia de un modo que muestra lo universal de los temas de Austen: familia, matrimonio, expectativas, prejuicios y movilidad social.
Y después está el costado performativo. La Argentina tampoco se queda atrás. En el Palacio San José del barrio del Once se organizó un baile inspirado en Austen, con música, coreografías y vestuario de época impecable. No era una recreación solemne sino una apropiación afectiva, pero muy ajustada, realizada por cientos de personas. Conocí a los miembros de la sociedad Jane Austen Society local, liderados por Yerimen Iglesias, con los que comprobé cómo al fenómeno de los Janeites cada comunidad lo traduce y lo hace propio.
VSG: ¿Podrías decir que tu vida cambió con Jane Austen?
JL: Fui de esas niñas precoces insoportables que se enseñan a leer solas desde muy, muy chicas y devoran todo. No sé si tengo muchos recuerdos de vida anteriores a Orgullo y prejuicio…
VSG: ¿Cuál es tu personaje favorito y por qué?
JL: Depende del día, pero siempre vuelvo a Emma Woodhouse.
VSG: Por último: ¿estás trabajando en algo nuevo?
JL: Saqué un primer libro hace años (English Breakfast, el pensamiento británico hoy en 2004) y luego dos libros en dos años (Cuesta Abajo en 2024). Me está resultando adictivo. La materialidad del libro, que el pensamiento se vuelva un objeto, me vuelve loca. Encima, las editoras con las que desarrollé las ideas, primero Verónica Riera, luego Natalia Meta y ahora la extraordinaria Mercedes Guiraldes, siempre fueron geniales y generosas. Los tres libros son muy distintos pero siempre son sobre la lectura, y tengo algo que estoy rumiando, pero está muy en las primeras etapas.
VSG: ¿Qué tres libros que gusten mucho (Austen, o no) te gustaría recomendar a los lectores de Be Cult?
JL: Mi libro favorito dentro de este género de libros-sobre-libros es, sin duda, Leyendo Lolita en Teherán, de Azar Nafisi (y que, por supuesto, tiene un capítulo sobre leer a Jane Austen en la revolución). Tamara Tenembaum fue una de las presentadoras de mi libro, y fue un gran honor. Su brillante Un millón de cuartos propios es un diálogo con la economía contemporánea y con la vida cotidiana más áspera, pero también tiene momentos casi mágicos, como es el leer a Jane Austen a través de los ojos de Virginia (Woolf), y ver a ambas a través de los ojos de Tamara. Y estoy con la cuenta regresiva para la traducción al castellano de Sensatez y sentimiento, de Eleonora Gonzales Capria, prologada y anotada por ella, que no puede sino ser un lujo.