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Isabel Mellado: La música tiene algo elástico, más abstracto, que a veces extraño en la escritura.

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Por Claribel Terré Morell

La crítica la señala como una excelente música y escritora, una dualidad bastante rara. Hace poco ha terminado una nueva novela y afirma que es un libro muy distinto a los anteriores. Ahora, Isabel Mellado, escribe otro, de corte ensayístico.

Nació en Chile y vive una buena parte del año en Alemania, aunque también en los últimos años ha estado por España. No le pregunté si se sentía nómada, pero supongo que sí.

“Cuando escribo, no me interesa el yo”, me dijo en los Jardines de la Alhambra, en Granada, antes de esta entrevista. De su novela “Vibrato” (Alfaguara) una especie de disección contemporánea de la vida actual de una orquesta filarmónica, de la música clásica y sus intérpretes, se sigue hablando; un mundo competitivo, marcado por jerarquías, disciplina, talento y también inequidades, al que ella pertenece.

-Has dicho: “Yo creo que cualquier arte es una obsesión”.  Eres violinista y escritora, dos oficios donde se requiere tiempo. ¿Cómo te organizas? La calma que trasmites cuando uno habla contigo ¿es real?

Todos tenemos nuestras obsesiones y, para mí, la obsesión creativa es de las más agradecidas, lo he comprobado desde chica. Con el violín siempre tuve una disciplina atroz. Luego me cuestioné esta disciplina. ¿Habría tenido sentido, de verdad, pasar hora tras hora apostando por una melodía afinada, un compás perfecto? No sé si valió la pena, pero sí la alegría experimentada. Sentía que el tiempo no se iba de las manos. Lo mismo con la escritura, una vez afinado el tono de un libro, me calmo, me abandono allí y mi deseo de abarcar imposible, mi hambruna de otras vidas queda, al menos en parte, satisfecha.

-También dijiste: “La literatura es más escarbar, ensuciarse las manos”. ¿Podrías elegir entre la literatura y la música?

La música tiene algo elástico, más abstracto, que a veces extraño en la escritura, pero necesité, como tú dices, ensuciarme las manos, de ficción y realidad, seguir otro ritmo y sacar los pies de una partitura rígida.
Algunos capítulos de Vibrato los concebí durante los ensayos de orquesta, así que no había elección. Una vez publicada, pensé que no volvería a escribir sobre esa parte más misteriosa del universo de la música, pero creo que siempre estoy, de alguna forma, regresando a ella, haciéndole ojitos.
En mi escritura actual he vuelto mu, conscientemente a temáticas que atraviesan la música, quizá me hace sentir menos culpable. Escribir es una forma digna de no tocar el violín. 

– “Vibrato” (Alfaguara) es una de las mejores novelas que he leído. Supongo que hay mucho de autobiografía y de ficción y que Clara, no siempre eres tú. ¿Cómo maneja el pudor de contar, la escritora Isabel?

Clara soy yo y a la vez no. Hay historias mías y otras que ocurrieron a mi alrededor, ajenas, pero demasiado interesantes para dejarlas pasar. Cuando escribo, no me interesa el yo; me aburre, me incomoda. Si incluyo lo autobiográfico, es solo porque creo que el libro lo necesita. Los músicos clásicos, músicos de orquesta, la mayoría saben estar al servicio de la música, son pudorosos pese a estar en el escenario. Van vestidos de negro, una especie de overol de trabajo que no distrae de lo fundamental, lo que interpretan. En la portada de “Vibrato” quise, de alguna manera, mostrarlo. Es una violinista. Su rostro está casi cubierto por una máscara, y esa máscara es su violín. Esos agujeros, llamados efes, del violín permiten a la música salir del cuerpo sonoro, como comisuras señalan hacia arriba y hacia abajo, igual a la máscara de la comedia y la tragedia humana.
En el libro que acabo de terminar, el protagonista es un misántropo, también pudoroso. Página a página va desnudándose y ofreciendo más, despojándose de su yo tan mortal, tan ínfimo. Es existencial y humorístico a veces y se muere de ganas de otros.

– La crítica y los lectores recibieron bien a “Vibrato” pero, los músicos ¿qué piensan de tu novela? Ese desnudar un mundo que no todos conocemos…

Me alegró que los músicos recibieran tan bien mi novela, aunque no es un libro solo para músicos. Aparecen los entresijos de una vida musical, desde el grado cero del oído. Creo que los mismos músicos agradecieron que mostrase una orquesta, una familia musical (también disfuncional), sin clichés, sin cursilerías, con sus disonancias ocultas, grandes temblores y terrores, sus jerarquías y su éxtasis sinfónico. Hablar de la música y el resto, para amantes de la música, que somos todos.

-¿Cómo se te ocurrió hacer una lista de reproducción musical en la plataforma Spotify que sirve de banda sonora a la novela? y ¿Cómo te llevas con las redes sociales?

Lo de la lista musical fue una propuesta de la editora de Alfaguara que agradezco. Es la música que acompañó a la protagonista y, a veces, a mí. Desde la música de Barnabás Collins hasta La pregunta sin respuesta de Charles Ives.
No soy buena en redes, ya su nombre, redes, me pone en alerta. Tengo Facebook, pero soy poco activa allí. Aunque no me gusta el ruido, he abierto cuentas de Instagram y Twitter. Aún no participo.

-Tu primer libro “El Perro que comía silencio” reúne microrrelatos, aforismos… y presenta personajes fuertes y creíbles aun cuando entre estos hay un perro y un chelo… ¿ le debes algo al realismo mágico latinoamericano?

Esta especie de animismo, en la que perros, gatos, plantas o instrumentos hablan, es algo muy propio de músicos. Nos pasamos muchas horas, días, años, décadas en una relación íntima con un objeto. Nuestra mejor voz es la que le arrancamos a nuestro instrumento, nuestra voz propia. Pienso en Felisberto Hernández, pianista y escritor. Sospecho que, más que por la influencia del realismo mágico, va más por la soledad y la comunión con un instrumento. Dejas pronto de sentirlo como algo inerte y eres tú quien te transformas en instrumento del instrumento.

-¿Te lees a ti misma?

Solo si es necesario, cuando estoy corrigiendo o por una razón muy precisa. Siento que no habrá tiempo para vida posible. Mi curiosidad más bien busca el asombro en libros de otros. Y quién sabe si no son los otros un buen atajo hacia uno mismo.