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El amor no deshoja margaritas

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Por José Luis Ariel Méndez

¿Si creo en el amor? ¿Si solo son palabras que se dicen al pasar? ¿Si es un enigma o un misterio? Todo empezó una mañana de septiembre en una cancha de pádel. Fue apenas verla y sentirme mejor que Tapia. ¡Qué gracia con la volea, qué sexy con el smash! ¡Qué mortífera salida de pared! Ya había oído hablar de ese sentimiento irrefrenable que muchos llaman amor; por amigos, por dramaturgos, por músicos y poetas, pero también por suicidas como Silvia Plath, Anne Sexton o Pavese.  

Perdíamos 0-40 con nuestro saque. Subimos a la red con rabiosa determinación haciendo el limpiaparabrisas: basculando, cubriendo el centro, moviéndonos en paralelo. A la estimulación propia del juego, sentí una inusitada circulación de dopamina, lo que incrementó enormemente mi atención, mi fuerza. Jamás bandejeé de esa manera ni hice globos tan llovidos y milimétricos.

Como si estuviera lleno de interruptores, en mi cerebro se activaban y desactivaban ciertas áreas, dando paso a los sistemas de recompensa como el núcleo accumbens (cuando me chocó mi mano), el hipocampo (cuando me miró fijamente), la amígdala (borrando de mi persona el miedo y la ansiedad), el córtex prefrontal (haciéndome perder toda vergüenza y raciocinio) y la ínsula, que no sé qué hizo, pero me encantó. Por supuesto que estas reacciones químicas no explican por sí solas el enamoramiento (o que ganásemos), pero sí dan cuenta de la violenta perturbación que me embargó durante meses (alegría, optimismo, pensamientos obsesivos) gracias a una pequeña molécula llamada feniletilamina que yo comparo con la chispa del Big Bang.

Cuando acabó el partido, la invité a tomar algo a un pub muy coqueto de la calle Costa Rica. Ignoro si este trastorno adictivo deriva de los sistemas neuronales implicados en el cortejo de otros animales, pero me vi a mí mismo desplegando unas fastuosas plumas. Entre café y café, supe que nuestros genomas estaban hechos el uno para el otro y que yo sería durante mucho tiempo su proveedor de genes. Sin lugar a dudas, era la compañera perfecta. “¿Pero acaso tanta perfección no obedecía al apagamiento del córtex prefrontal, responsable del buen juicio?”, me pregunté en un rapto de lucidez fugaz. ¿Me había quedado ciego, como se dice comúnmente? Bendita ceguera, entonces, que me llenó de imágenes y felicidad.

Desde ese día nos volvimos una pareja estable y exitosa, no solo en la interacción del mundo exterior con las glándulas endocrinas, sino también en los torneos de pádel. Huelga decir que nuestros circuitos de recompensa desbordaban como ríos de champagne, que las altas concentraciones de dopamina justificaban la adicción del uno al otro. Hasta el lenguaje se tiñó de afecto y de placer exuberante. Palabras de afirmación y ánimo, hipocorísticos como Piti, Gabi, cuchicuchi; diminutivos por todas partes entre miradas febriles y arrumacos; tópicos como me encanta estar con vos, sos mi vida, mi todo; refranes como quien a feo ama, hermoso le parece; expresiones idiomáticas como ser carne y uña; el juego de las miradas, la disposición tan locuaz del cuerpo, sus señales clamorosas; la danza de las manos; la pirotecnia de las sonrisas; la loca idea de usar palabras de amor en otras lenguas como yuanfen (“unión en vez de posesión”), forelsket (“la euforia de enamorarse”) o manabamâte (“la falta de apetito que se sufre cuando te enamoras”). Las distintas modulaciones de la voz, para no perder oportunidades reproductivas, con frecuencias por debajo de los 155 Hz en mi caso y la suya a lo Ava Gardner. ¡Qué iba a saber yo que las voces femeninas son más atractivas durante la fase de ovulación, en los momentos de mayor fertilidad!

Con el tiempo, y la inversión parental al máximo, aparecieron la oxitocina, la vasopresina y la serotonina. Seguíamos acariciándonos, es cierto, pero las caricias eran suaves, ansiolíticas, apiretales. ¡Ah, fabuloso apego, complicidad bendita, portentosa conexión del hombre y la mujer en toda cancha que se tercie! Por fin éramos un equipo. Una pareja ensamblada partido tras partido, capaz de defender las bolas enemigas con la destreza de los que cuentan con el otro: el más apto. Porque, como dijo Darwin, la evolución selecciona los genes que favorecen la supervivencia. Y el amor tiene el azar de perpetuarnos.