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Pérez Reverte: Un novelista no tiene obligación moral

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Por Susana Reinoso  

Línea de fuego, de Arturo Pérez Reverte es hoy, a finales del 2020, una de las novelas más vendidas en España y América Latina. Consultado por Be Cult sobre qué le sigue deleitando de su oficio de escritor luego de decenas de libros publicados, el narrador responde sin dudarlo: “No soy un artista ni un creador trascendente, solo soy un tipo que cuenta historias y un lector. Para mí la novela es un estado, no un trabajo. Me lo paso imaginando, viajando, leyendo. La novela es un paso y moriré antes de contar todas las historias que me gustaría. Escribir es un estado personal de imaginación, de felicidad y además de eso, tengo lectores. Más no se puede pedir”.

Aunque ha estado varias veces en “la línea de fuego”, nunca antes de ahora había decidido escribir una novela sobre la Guerra Civil Española. Encontraba el tema incluso “desagradable”. Sin embargo una razón lo llevó a sumergirse en la biblioteca durante meses “tomando notas, viendo fotografías, reconstruyendo tragedias, imaginando personajes y situaciones que se combinaban con recuerdos familiares y experiencias personales”, impelido por una certeza respecto de esa contienda dramática que es la peor y la más trágica de todas, porque confronta al vecino con el vecino, al hermano con el hermano, a quienes compartieron el pan y el vino y poco después empuñan un arma y se aniquilan. Y esa certeza fue la memoria.

Sin el testimonio de la realidad las ideas son peligrosas, pues pueden ser usurpadas y manipuladas por cualquiera, sobre todo en estos tiempos de redes sociales y argumentos simples

“Los españoles perdemos la memoria. Me refiero a la real y directa de cuanto ocurrió, pues quienes sabían lo que fue, quienes de verdad participaron en la contienda han desaparecido. Los más jóvenes, que fueron a luchar con diecisiete o dieciocho años, mi padre, mi tío, los padres, abuelos y bisabuelos de muchos de ustedes, nacieron hace un siglo. Apenas queda alguno vivo y con memoria. Esa certeza, cuando fui consciente de ella, valía una novela. Muertos los hombres y mujeres de entonces, olvidados los hechos, solo quedan las ideas. Pero sin el testimonio de la realidad las ideas son peligrosas, pues pueden ser usurpadas y manipuladas por cualquiera, sobre todo en estos tiempos de redes sociales y argumentos simples”. Así lo ha dicho el escritor español, bestseller con decenas de seguidores en todo el universo hispanohablante.

Pérez Reverte alumbró una novela bella y terrible en su tragedia, incluso el punto de vista del narrador lo aleja de su realidad como corresponsal de guerra, un oficio que está en su hoja de vida, y que le valió en su momento alguno que otro rechazo por parte de sus colegas mujeres. Al referirse a esa “memoria ideológica” que rechaza para contar la Guerra Civil Española en Línea de fuego (Alfaguara), Pérez Reverte subraya que “no puede haber comprensión sin conocer la historia de quienes combatieron como soldados en tan siniestro desastre. Lo que en mi opinión define con más exactitud la tragedia, lo que ofrece lecciones muy duras y a veces admirables son los hombres y mujeres que pelearon en los frentes de batalla. Fue allí, en las trincheras, donde más víctimas hubo de tan sangriento disparate. La intención fue dar voz a quienes, en ambos bandos y fusil en mano, pasaron hambre, frío y miedo, resultaron heridos o perdieron la vida, quemaron su juventud y luego fueron olvidados. Quise acompañarlos y no escribir otra novela sobre la Guerra Civil, sino la novela de quienes, de grado o a la fuerza, lucharon de verdad. Y lo hice para que no se los confunda con los miserables y los asesinos que vivían de dar discursos y alzar la voz en mítines, cafés y burdeles lejos de los tiros, o paseaban pistola al cinto, camisa azul de falangista o mono de miliciano, ajustando cuentas, robando y asesinando sin riesgo y sin decencia”.

Deja claro así que su novela no toma partido, aunque el escritor sí la tiene: es republicano y monárquico por obligación, como se define, y todos sus familiares lucharon en el bando republicano.

A lo largo de su novela, el narrador deja claro que no todos los fascistas y rojos, como se los llamó durante la guerra, fueron iguales. De modo que el lector puede reconocer entre los personajes a sus propios antepasados, a quienes se dejaron la piel y los sueños en el campo de batalla.

En un encuentro con un puñado de medios, en modo virtual como se vive hoy en día, Pérez Reverte se refirió a Línea de fuego, una de las novelas más vendidas en España y América Latina. Esta es la síntesis: la noche del 24 al 25 de julio de 1938, la XI Brigada Mixta de la República cruza el río para establecer una cabeza de puente en Castellets del Segre. Del otro lado, la infantería y un batallón de legionarios defienden la zona. Está por comenzar la confrontación más sangrienta de la Guerra Civil Española, que se conoció como la batalla del Ebro. Ficción y datos documentales confieren a toda la narración un vértigo como Pérez Reverte acostumbra a introducir en sus relatos. Y una frase breve en la contraportada del libro ubica al lector en situación como una bofetada en medio del rostro: “Lo malo de estas guerras es que oyes al enemigo llamar a su madre en el mismo idioma que tú”. Es la profunda herida que dejan las guerras fraticidas.

¿Hasta que punto es una historia solo para lectores españoles? Pérez Reverte argumenta que en América Latina hay muchos descendientes de exiliados y emigrados españoles. Y que con la experiencia de guerras civiles que ostenta el continente americano los lectores empatizan enseguida con esta historia que es, además de una novela política, “una historia que privilegia al ser humano, el dolor, el frío, el miedo, la sed en las trincheras y potencia el aspecto más humano de la guerra. En ese sentido, de Mozambique a Argentina, se puede entender que el ser humano en la guerra no es solo español”.

Lo malo de estas guerras es que oyes al enemigo llamar a su madre en el mismo idioma que tú

El novelista abrevó en tres fuentes: la documental, los testigos directos que aún viven y su experiencia como reportero para sumergirse en otra perspectiva narrativa: cómo se siente estar en la línea de fuego, cómo huele la guerra, cómo es el clima de estar combatiendo. Y sin tomar partido acometió el desafío de ser “ecuánime” al narrar la historia al nivel de trinchera.

En algún sentido, la tensión de la narración y el vértigo de los sucesos remiten a películas que nos dejaron hundidos en la butaca y sin aliento por su excelencia narrativa visual. Por caso, “Salvando al soldado Ryan”.

Al referirse al aporte que la literatura hace en la comprensión de una guerra como la española, Pérez Reverte dice que “una guerra civil no se puede comparar con nada. Pasan cosas horribles si uno lo ve con distancia, pero cuando se acerca solo hay seres humanos. ¿Qué quiere decir que un chico de 15 años fuera falangista o anarquista? Se trata de ver la guerra con total falta de prejuicios y prestando atención a los seres humanos de ambos bandos y esa fue mi intención. Es un territorio mucho más amplio”.

Para que la memoria valga para todos es necesario presentarla de una manera ecuánime. El problema es cuando se habla de memoria y los protagonistas ya desaparecieron. Allí quedan las ideas y eso se usa de manera antojadiza.

Queda claro, a medida que se avanza en la lectura del libro, que el autor ha pensado en las generaciones más jóvenes, porque para que “la memoria valga para todos es necesario presentarla de una manera ecuánime. El problema es cuando se habla de memoria y los protagonistas ya desaparecieron. Allí quedan las ideas y eso se usa de manera antojadiza. En España ahora se usa la memoria como herramienta política y esa es una memoria contaminada por quienes cuentan la parte que les conviene. Esa memoria sesgada y manipulada me molestaba. Por eso quise recuperar a la retaguardia de los que lucharon”.

Pese a que todas las sociedades atravesadas por conflictos bélicos pueden leer “Línea de fuego” sin sentirla española, no es menos cierto que el humor hispano está muy presente. Y para eso, Pérez Reverte también tiene una respuesta: “Es que todos se conocían. Eran del mismo pueblo. Eso generaba una relación de trinchera a trinchera, se cantaban coplas, cambiaban periódicos o tabaco. Era una mezcla de crueldad y ternura”.

Es el lector quien debe saber que lee una novela y no un libro de historia

Más allá de la valorable intención de dotar de ecuanimidad al relato, la memoria no tiene por qué ser un discurso homogéneo, sin voces contrapuestas. Y a esta inquietud, el narrador responde: “Un novelista no tiene ninguna obligación moral. Saramago tenía una visión moral. Pero si no se da también es válido, incluso se puede tener una visión inmoral o incluso amoral. Yo no escribo para hacer mejor el mundo. Me gusta contar historias y desarrollar tramas y que mis amigos lectores compartan esos mundos. Pero ocurre que hay historias que tienen filos morales y que tendrán una lectura moral. Con esto hay que tener mucho cuidado, para que un lector no confunda una novela con un libro de historia. Un historiador debe ser riguroso y fiel, pero el novelista puede jugar de manera libre y manipular los hechos, incluso contradecirlos. Es el lector quien debe saber que lee una novela y no un libro de historia”

Otro de los motivos que empujó a Pérez Reverte a la Guerra Civil Española, luego de los muchos libros y películas que se han forjado al respecto, es político. “Es cierto que hay novelas muy buenas del lado vencedor y del lado republicano. Ocurre que en España, en los últimos tiempos, hay partidos políticos sin una base intelectual sólida, carecen de los conocimientos y el temple que dan las lecturas serias, no folclóricas, que es la que tiene un político que no precisa recurrir a consignas fáciles.  Al carecer de herramientas dialécticas se recurre a la parte más oscura y más sucia de la guerra civil. Y eso es muy turbio. He querido recomponer el paisaje literariamente hablando. Y la novela responde también a eso. 

Discrepa Pérez Reverte con que el coraje sea un atributo exigido al hombre en el sistema patriarcal, y en beneficio de las mujeres dice que en las diferentes guerras fraticidas que cubrió como corresponsal, en Africa, los Balcanes o América latina, conoció “mujeres haciendo cosas heroicas. Incluso biológicamente la mujer está hecha para aguantar el dolor. Y desde hace siglos ha parido al vencedor, pero su reserva moral es más dilatada en el tiempo. Las mujeres son más disciplinadas y formadas. Y eso llevaron al campo de batalla”.

El escritor ya está embarcado en considerar propuestas para llevar Línea de fuego al cine. Salvo la película de Luis García Berlanga (“La vaquilla”), considerada una obra cumbre del cine español sobre el tema, y las de Alejandro Amenábar (“Mientras dure la guerra”) y la de David Trueba (“Soldados de Salamina”), aunque en menor grado, “casi todos muestran una parte de la guerra civil. Hay buenos y malos, y cada director elige su bando. Quizá haya una película sobre Línea de fuego en un año y medio o dos”. 

A lo largo de la novela, las criaturas inventadas por Pérez Reverte siempre esperan. Porque como el autor dice, la guerra es andar y desandar, correr y esperar, pero sobre todo, esperar.

Fotografía: Penguin Random House Grupo Editorial