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La música del cuerpo: El suspiro

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Por Mauricio Koch

Se sabe: la vida dura un suspiro y es, a la vez, una sucesión de infinitos suspiros. Los suspiros son los eslabones de la trama sutil que hilvana nuestros deseos. El verdadero ADN. Lo que define nuestro destino y nuestro temperamento no es el signo del zodiaco, esa superchería barata, ni mucho menos la herencia de sangre, esa sobreactuación, sino la razón o sinrazones de nuestros suspiros.

Dime por qué suspiras y te diré quién eres.

El suspiro es una medida existencial. Todo lo que verdaderamente importa nos hace –o debería hacernos– suspirar. Es el mejor parámetro para evaluar la importancia de algo: despojémonos de todo aquello que no nos haga suspirar.

Si Dios existiera y fuera el Jehová vengativo del Génesis, ese Dios dispuesto a destruir todo a fuego y azufre porque ya no hay justos en la Tierra, podríamos salvarnos de las llamas de la devastación final si pudiéramos demostrarle que en algún rincón oculto de este mundo queda todavía una, o uno, que suspira.

El motivo de nuestros suspiros es lo que nos da aliento para dejar la cama por las mañanas y lo que nos quita el sueño por las noches. Hay suspiros hacia delante, suspiros que expresan un hondo y sincero deseo que quizá un día podamos alcanzar, y otros que se nos escapan mirando hacia atrás, que expresan lo que dejamos ir por tontos o por cobardes y abren un mar de posibilidades contrafácticas; en este caso el suspiro es una forma de autocastigo, la manifestación física del pensamiento que nos recuerda cada una de nuestras malas decisiones y torpezas.

La medicina dice que hay momentos en que nuestros alveolos colapsan. Cuando esto ocurre, la capacidad de los pulmones para intercambiar oxígeno por dióxido de carbono se ve comprometida. Es entonces cuando entran en acción los llamados “botones de suspiros” y dan la orden para poder abrir los alveolos, permitiendo así que entre el doble del volumen convencional de aire de una respiración estándar. ¿Será tan simple? Sabemos que no. Y que cuando decimos suspiro hablamos de mucho más que de una respiración, por honda que sea, aunque no podamos explicarlo en términos científicos.

No sé si se hizo ya, pero sería interesante una biografía que pusiera el acento en los suspiros del retratado. El Hidalgo Don Quijote, por ejemplo, a lo largo de su epopeya no hace más que suspirar, pero la razón de sus suspiros es siempre la misma: “Yo no podré afirmar si la dulce mi enemiga gusta, o no, de que el mundo sepa que yo la sirvo; sólo sé decir, respondiendo a lo que con tanto comedimiento se me pide, que su nombre es Dulcinea; su patria el Toboso, un lugar de la Mancha; su calidad, por lo menos, ha de ser de princesa, pues es reina y señora mía”, le dice al caminante Vivaldo en el capítulo XIII de la primera parte. “Envuelto entre sus suspiros y versos”, lo presenta Cervantes cuando hace su penitencia de amor en Sierra Morena, y Sancho lo encuentra a la vuelta de su viaje “desnudo en camisa, flaco, amarillo y muerto de hambre, y suspirando por su señora Dulcinea”. En la Segunda Parte, don Quijote suspira en las afueras del Toboso mientras espera que llegue Sancho con nuevas de Dulcinea; suspira al entrar en casa de don Diego de Miranda y ver en la bodega unas tinajas del Toboso que le recuerdan a su amada; suspira cuando la duquesa le pide que describa la belleza de Dulcinea y suspira cuando, volviendo ya por última vez a su aldea, canta una triste canción lamentando su suerte, que “acompañaba con muchos suspiros y no pocas lágrimas, bien como aquel cuyo corazón tenía traspasado con el dolor del vencimiento y con la ausencia de Dulcinea”. Acá, por primera y única vez, el llanto hace su aparición. Llantos y suspiros, una tradición que no ha cesado en la literatura amorosa y sentimental, sea paródica o no.

Deberíamos llevar un diario de nuestros suspiros, de este modo les facilitaríamos el trabajo a las futuras generaciones.

No hay suspiros deshonestos.

Cuando suspiramos somos eternos. Es un instante en el que nos corremos de las leyes del espacio-tiempo y nos volvemos puro deseo. En el punto cúlmine del suspiro, ahí cuando la inspiración alcanza su mayor hondura y justo antes de que empiece su sonido característico, ese gemido de gato huérfano, quedamos suspendidos en el aire. Si uno observa con atención, lo podrá comprobar.

Hay suspiros que encierran todo el amor del mundo.

Los suspiros están en todos lados y dan nombre a las cosas: una enredadera silvestre con unas flores purpúreas en forma de trompeta; unos dulces muy ricos, en especial un postre peruano, el suspiro de limeña. También hay suspiros de monja y suspiros de reina comestibles, riquísimos ambos aunque un tanto empalagosos. Una calle de leyenda en Colonia, Uruguay.

Siempre que suspiramos estamos pensando en algo inconfesado. Inconfesable, quizás. El suspiro es la expresión máxima de la intimidad. Los suspiros no se comparten, siempre son privados; no hay nada más íntimo y propio que un suspiro. Y, a diferencia de los bostezos, no son contagiosos. El suspiro impone respeto, nadie se atreve a pasar por arriba de un suspiro para preguntarle a otro por qué ha suspirado. Y si un desubicado o imprudente lo hace, el suspirante jamás confesará.

Cuando alguien suspira el mundo calla. No se debe interrumpir ese momento sagrado, ese brevísimo instante de intimidad exige el silencio ajeno. Por otra parte, no es posible hacerlo, una vez iniciado el suspiro nada puede detenerlo. No hay suspiros graciosos, como sí hay estornudos o bostezos que causan gracia: en esencia, el suspiro es solemne.

El suspiro de amor es siempre de amor prohibido. O lejano. O imposible. Variantes de lo mismo: el suspiro revela deseo de pecar. Nadie suspira por cosas fácilmente alcanzables ni por amores accesibles o moralmente probos. También se suspira por dinero, es cierto, el sueño de ganar la lotería o el romance alado con la fantasía de lo posible si esa cifra fuera nuestra. Pero son suspiros desperdiciados que caen en saco roto.

El suspiro nos hace visibles. Y audibles, sobre todo. Quizá nosotros estemos ausentes, perdidos y alejados en la materia misma de nuestro suspiro, pero los demás nos ven y no pueden evitar preguntarse por qué suspiramos. Al rato los roles se invierten: el suspiro nos hermana.

Suspiramos porque queremos ser otro. Cuando vemos el beso de los enamorados en la pantalla quisiéramos ser nosotros los protagonistas. 

Si fuimos hijos buscados, nuestra madre seguramente suspiró al desearnos. Y también cuando nos tuvo en brazos por primera vez.

Nuestra vida toda cabe en un suspiro. O en dos, para ser precisos. Porque toda vida transcurre entre dos suspiros mayores, como un acorde, el que damos al asomar al mundo, justo antes de gemir por primera vez, y el del final, cuando ya no podemos con el último esfuerzo y cedemos ante la muerte. Nuestro gesto postrero, el momento en que Átropos, la mayor de las tres Parcas, corta con sus tijeras la hebra que nos une a la vida, es un suspiro.

Con un suspiro llegamos, con otro nos vamos. Podría decirse también que es uno solo. O una respiración completa: la vida como un arco trazado entre dos suspiros.

Sin suspiros el mundo, que de todos modos va camino a su extinción, se hubiera terminado mucho antes. Sin ellos no hay paciencia, son la manifestación física y sonora de la esperanza, nos hacen pensar que todavía es posible. Un leve quizáslate entre sus cuerdas. El suspiro le susurra a la razón que los sueños sueños son, pero que a veces, al menos una, esa lejana y vaga ilusión puede ser realidad.

Todo sueño concretado nació de un suspiro. Los suspiros de ayer, si los astros nos son favorables, serán nuestro presente. O parte de él.

Bienaventurados los que suspiran.