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Gutiérrez por Birabent

Antonio Birabent, el músico y actor argentino, entrevista a Pedro Juan Gutiérrez, el escritor cubano considerado el Bukowski tropical.

Mis personajes y yo hacemos lo que nos da la gana.

Gutiérrez por Birabent. Antonio Birabent. Pedro Juan Gutiérrez. Be Cult. Revista Be Cult. Malditos queridos

«¿De qué estoy fabricado por dentro? ¿Plástico, acero, aluminio?», se pregunta a los 71 años, el escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez, luego de imitar durante mucho tiempo a su perverso y maldito personaje literario, de igual nombre.

Está en La Habana, llegó hoy a la mañana. Caminó sin cesar, codeándose con lo desconocido, atento a algún secreto perdido, a una mirada que le llamara la atención.
Su entusiasmo se mezcla con la desolación. A cada rato se pregunta qué vino a buscar aquí, quién lo trajo, por qué esta acá.
Ya a la noche su teléfono le confirma sus suposiciones: hizo diecisiete kilómetros yendo y viniendo por La Habana Vieja. Está agotado, también mentalmente. En un portal oscuro de la calle Obispo se derrumba y ve pasar a los turistas canadienses y a los cubanos vociferando. Toma su cerveza Cristal y piensa en su hijo que estará durmiendo a miles de kilómetros de esa ciudad. Es un hombre nuevo. Un anónimo perdido en un lugar virgen.
Al día siguiente se levanta y vuelve al imán de la calle Obispo. Llega a la Plaza de Armas, hay puestos que venden cosas variadas, también libros. El azar, lo causal o la obstinación, tanto da, lo hacen comprar uno amarillo. A las dos cuadras se da cuenta que es una edición falsa. Se ríe. Se sienta en un café de O’Reilly y lo lee.
En los próximos días su viaje oscilará entre la realidad de las calles de La Habana y la fantasía de esta “trilogía sucia”, entre la realidad de las palabras escritas y la fantasía de “La Habana caminada”.
Años después, puede dialogar con el autor de esas palabras crudas y románticas y estas preguntas y respuestas que van y vienen de una mente y una computadora a la otra lo hacen sentir que está, otra vez, presente en la realidad y en la fantasía de esa ciudad.

Gutiérrez por Birabent. Antonio Birabent. Pedro Juan Gutiérrez. Be Cult. Revista Be Cult. Malditos queridos

«Un escritor es un ladrón que roba pedazos de vida a la gente que conoce».
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«Cuando termino un libro hago un esfuerzo para no seguir viviendo con ellos. Dejarlos atrás y que me dejen dormir bien por la noche».

Escribir como vos lo hacés sobre el entorno, sobre lo más cercano, y hacerlo de una manera tan detallista demanda mucha observación. ¿Te ha pasado querer dejar de «usar» ese entorno como tema? ¿Te has cansado de tu mirada? ¿Has preferido tan solo mirar por encima y no «tener» que escribirlo, o escribirlo es una forma justamente de sacártelo de encima?
En realidad antes de escribir la Trilogía, entre 1994 y 1997, escribí varias novelas y muchos cuentos en tercera persona y sin usar tanto la realidad. Pero cuando empecé a escribir la Trilogía necesitaba sacarme todo eso de adentro porque me hacía mucho daño. Pero quería hacer ficción, no periodismo ni crónica. Y además quería mezclar todo, realidad y ficción, sin que se pudieran ver las costuras. Que el lector nunca sepa qué es realidad-real y qué es realidad-ficción. Entonces, de un modo intuitivo surgió ese personaje llamado Pedro Juan y todo su mundo perverso y maldito. Pero te repito que todo fue muy intuitivo. No me gusta preparar mis libros de un modo minucioso como si fuera matemáticas o geometría. Me lanzo cuando tengo unos pocos elementos. Siempre me lleva años y años pensar y tomar notas hasta que comprendo cuál es el camino y entonces de nada sirven las notas que tomé. A veces he estado más de 20 años pensando en una novela, inquieto porque no sé qué va a pasar. Es un poco esquizofrénico, no es sano, no.

Cuando estás afuera de ese ámbito que describís en tus relatos «habaneros», cuando estás viviendo afuera de la isla, ¿de qué escribís? ¿Aparecen otros temas? ¿Qué mirás?, ¿qué te llama la atención? ¿Extrañás el mundo cubano? ¿Te sentís un extranjero alejado de ese mundo? 
Sí, definitivamente. Extraño mucho mi lugar. De hecho llevo 21 años, desde 1998, viviendo unos 6 meses al año en España y el resto en La Habana. Esos cambios son muy buenos porque me ayudan a tomar distancia, a ampliar mis horizontes. Ahora mismo estoy en Andalucía y ya en noviembre o diciembre regreso a La Habana. Mi última novela, que salió en junio en Anagrama, Estoico y Frugal, trata de Pedro Juan en Europa, en la Navidad de 1998, acaba de publicar un libro con mucho éxito y está en España,  Alemania y Roma. Y va contando todo lo que piensa, todo lo que pasa. Es una novela creo que entretenida, pero ante todo es una meditación sobre el hecho que enfrenta, una situación inusual. Y ahora terminé un libro de cuentos que también se refiere a esa dicotomía de vivir en dos lugares muy diferentes. Los escribí poco a poco desde 2006 y los terminé hace unos días, son solo 17 cuentos. Creo que soy muy lento en el proceso de la escritura. Necesito tomar distancia. Es así.

¿Tomás notas mientras experimentás lo que después escribís? ¿Lo hacías en la época de la “Trilogía” o de El insaciable Hombre Araña, o era simplemente tu memoria el motor para llevar al papel las historias?
Sí, tomo notas continuamente, escribo siempre un diario y además escribo poemas y más poemas. Todo eso me ayuda a pensar, a reflexionar. Y cuando escribo consulto poco esas notas o no las consulto en absoluto porque ya las tengo metidas dentro. La escritura es un vicio. Una pena que no hayas leído mi libro Diálogo con mi sombra sobre el oficio de escritor. Porque ahí hablo detenidamente de todo el proceso de escritura. Creo que Anagrama piensa publicarlo en 2020. Por ahora solo hay una edición cubana y en griego, italiano y otros idiomas. Creo que necesito digerir muy bien la realidad para poder escribir. Casi siempre escribo a mano y a máquina. Es decir, con mayor lentitud. Ese modo mecánico de escribir me hace enfrentar todo con más paciencia y con más tiempo, sin la prisa que impone el ordenador. Escribir despacio, en un mundo donde solo existen mis personajes y yo. Hablamos entre nosotros y excluimos al resto de la humanidad. Nosotros, en secreto, metidos en un mundo pequeño donde nadie nos ve y por eso nos entregamos tanto porque nadie nos escucha, nadie nos ve, no existimos. Mis personajes y yo, hacemos lo que nos da la gana. 

Imagino que te habrán preguntado bastante sobre cuánto hay de realidad y cuánto de imaginación en esos relatos, pero mi pregunta es si a la distancia todo es lo mismo para vos, lo que sucedió y lo que inventaste, y si no te costaría diferenciar lo uno de lo otro.
Como te decía anteriormente, mis personajes y yo nos metemos en un mundo aparte. Un universo que está ahí funcionando y yo solo describo lo que veo, oigo y siento. No sé separar las realidades. A veces escribo tan pegado a lo que realmente sucedió que aunque cambie los nombres, la gente percibe sobre quién escribo o cree percibirlo. Entonces mis hijos o mis amigos muy cercanos, cuando leen el texto, me dicen «Ah, pero este Pepe es fulanito». A la larga un escritor es un ladrón que roba pedazos de vida a la gente que conoce. Un ladrón porque roba y un mentiroso porque transforma lo que roba, lo mastica, lo digiere y lo expulsa cambiado en otra realidad. Es un proceso que siempre me hace daño. Emocionalmente quiero decir. Me entrego demasiado. Voy hasta el fondo en apnea y me falta el aire y me puede explotar la cabeza. Es muy peligroso. Por eso en cuanto termino un libro hago un esfuerzo para olvidarlo. Olvidar es muy importante. No seguir viviendo con esa gente. Dejarlos atrás y que me dejen dormir bien por la noche.

Muchas veces los que escribimos o creamos algo, lo que sea, con el tiempo nos convertimos, sobre todo para el otro, para el que lee o escucha eso que hacemos, en presos de nuestra propia creación. ¿Lo pensás así? ¿Creés que podrías haber escrito y descrito de otra manera La Habana y su gente, o ese era el único camino para contarla? ¿Podrías haber sido otro escritor, con otra manera?
Hay un modo infinito de hacer las cosas. Todo se puede hacer de muchísimas formas diferentes. En mi caso apareció a mi lado el Pedro Juan, como un diablito maldito y poco a poco se apropió de mi persona. Se convirtió en mi sombra. Al extremo de que no sé si yo lo creé o el me creó a mí. Me ha costado desprenderme de él. Durante muchos años me obligaba a beber con él y hacía que me bebiera un litro de ron cada tarde. No exagero. Un litro de ron malo y fumarme dos o tres tabacos. Con poca comida. No sé cómo estoy saludable todavía. En enero 27 cumplí 71 años y hace unos días me hicieron unos análisis de sangre y orina y estoy perfecto según el médico. El hígado bien, los riñones bien. Una vez más me quedé asombrado. ¿De qué estoy fabricado por dentro? ¿Plástico, acero, aluminio? Es increíble que el hígado esté bien, pero es así. He sobrevivido a la influencia diabólica de ese cabrón. Ahora me tomo una cerveza, un trago de ron, una copa de vino, algo así, pero lo controlo más. Y ya no fumo. Lo que quiero decirte es que ninguno de mis libros obedece a un proyecto intelectual detenido y bien ordenado. Todo lo contrario. Intuición y solo eso.

Si hoy volvieras a tener veinte años, ¿qué te llamaría la atención?, ¿sobre qué escribirías?, ¿qué te llevaría a sentarte delante de una computadora o un papel a contarle/compartirle algo a alguien? ¿O creés que tus intereses de hoy podrían ser los mismos que a esa edad? 
Creo que cada escritor escribe sobre lo que más conoce, es decir, sobre sí mismo, su contexto, la gente que le rodea. Nadie inventa nada. Todos robamos de la realidad y de nuestro interior. Y esa es la materia prima. Con eso armamos un muñeco, una estructura, un universo. Cuando tenía veinte años ya quería ser escritor y sabía que eso era lo más importante en mi vida. Y me preocupaba porque yo veía que todos los grandes escritores tienen un mundo, un universo. Y me preguntaba cuál sería mi mundo. Por suerte vivía muy intensamente. Muchas mujeres y muchos amigos y muchos viajes. Intensidad a tope. No sabía entonces que mi propia vida sería mi universo. Mi propia vida. No había que inventar un Macondo. No había que inventar un Koyaanisqatsi porque ya todo estaba surgiendo dentro de mí.

En buena parte de lo que escribís está el asunto de la ley, de las reglas, de lo que se debe o no hacer, del mandato social. Mas allá de que en Cuba eso tiene un sentido diferente al mundo capitalista, ¿qué pensás de esa realidad? ¿Cuánta libertad tenemos para vivir nuestras vidas? ¿Dónde está esa libertad?
Ese es un tema peliagudo. Más en el caso de Cuba donde se hace una lectura política de todo. Hasta una aspirina tiene allí una connotación política. De hecho cuando salió Trilogía sucia… en octubre de 1998, en Barcelona, me echaron de la revista donde yo trabajaba como periodista. Trabajé como periodista durante 26 años. Y estoy seguro que quienes tomaron la decisión no se habían leído el libro. Pero hoy, 20 años después, el libro se publicó ya en Cuba, una edición de tres mil ejemplares. Y aquellos que me censuraron ya nadie sabe dónde están ni quiénes son. Seguirán en la oscuridad eterna. Pero mi libro se seguirá leyendo dentro de 100 años y más. A veces creo que Günter Grass tenía razón cuando decía que «El escritor es la conciencia crítica de la sociedad». Hace poco un mexicano me dijo: «A ti te pasó con Trilogía lo mismo que a Buñuel con Los olvidados, puso a los mexicanos frente a un espejo y no les gustó la imagen que vieron». Creo que eso lo explica todo en mi caso.

La Habana. Una ciudad que es muchas.

El Malecón de La Habana. Lugar de historias.

Está en tus escritos y también en la vida: la mezcla continua de brutalidad y placer, luminosidad y oscurantismo, alegría y decepción. La mesura, el equilibrio y el término medio pueden ser un remedio contra esto. Vos parecés por momentos muy alejado de ese lugar medio, y por otros con la calma sabia para afrontarlos. ¿Dónde estás parado hoy? ¿A qué lugar te llevó tu existencia, tu edad?
Me ha costado mucho alejarme de ese mundo caótico, vertiginoso, desordenado y esquizofrénico que hay en mis libros. No me he dejado arrastrar y he logrado frenar un poco porque estuve años y años en caída libre, siempre a punto de estrellarme contra el suelo. Los años, la reflexión, me han dado un poco de cordura. La suficiente para restablecerme. No me interesa morir antes de tiempo. Por lo menos no quiero facilitarle la tarea a La Parca. No. Que pase trabajo en llevarme. Por suerte no creo en toda esa parafernalia de ser famoso, de recibir premios y aplausos y medallas y viajar continuamente y ser entrevistado. No creo en esa maquinaria. Para mí todo eso es mierda. Hay escritores con un ego desproporcionado que no pueden vivir si no están bajo las luces. Pobre de ellos. Yo funciono espiritualmente. Tengo otro modo de vivir el día a día.

Esa terraza frente al malecón es un sitio importante en tus cuentos y entiendo que lo fue también en tu vida. ¿Dónde elegís hoy mirar la caída del sol? ¿Encontraste un lugar tan fuerte como ese o no lo necesitás?
Sí lo necesito. Me ayuda mucho a estar tranquilo y en paz conmigo mismo.

En un momento escribis «un matrimonio no se puede cuidar». ¿Cuál es el modelo de pareja/relación que se está construyendo? ¿Hay un modelo que viene a mejorar el ya fracasado ideal monogámico? Dentro de cientos de años ¿la humanidad mirará con ironía y extrañeza la época donde la gente se casaba o se juntaba con la idea de estar toda la vida juntos y no estar con nadie más?
Creo que sí. En Cuba hace muchos años que la duración promedio de un matrimonio es 7 años. Y en los países desarrollados europeos cada vez hay más gente solitaria, que no quiere asumir responsabilidades. La sexualidad también está cambiando y cada vez se acepta más la bisexualidad como algo normal. La decadencia del catolicismo y su filosofía del pecado contribuye a todo esto. Creo que sí, que hay cambios ya evidentes. El hombre y la mujer necesitan el amor más allá del sexo. El amor es lo imprescindible. Ya veremos cómo sigue evolucionando.

«Ver en profundidad es un gran inconveniente» y «mirar cualquier ciudad desde el piso 25 siempre es interesante» son dos frases tuyas. La felicidad, ¿estará más cerca de mirar/vivir las cosas/las personas con menos intensidad, más de costado, un poco más lejos y sin involucrarse tanto? ¿O puede terminar siendo una trampa fría?
Hay que involucrarse. Tenemos que involucrarnos. No hay otro modo de llegar al fondo. Comprender el proceso civilizatorio. Estudiarlo, comprenderlo. Ese debe ser el objetivo de un escritor, de un periodista, de un sociólogo. Los políticos son superficiales y coyunturales porque eso es lo que les conviene para no comprometerse más allá. Pero los intelectuales estamos llamados a comprometernos, a ir más allá.

Cada día es una pequeña/gran batalla, «diseñada para desenfocarlo a uno». ¿Dónde seguís encontrando, si es que lo lográs, la forma de hacer foco, de no perder esa batalla?.
Sin duda, cada día es maravilloso. Yo agradezco mucho cada día que tengo por delante. Por eso intento mantener el foco de acuerdo a mis ideas y no dejar que me impongan los estereotipos que convienen a los poderosos y que nos manejan como muñecos de cuerda, con la publicidad, el fútbol, el béisbol, el último y maravilloso carro de tal marca maravillosa. Es difícil mantenernos focalizados en medio de esta avalancha de manipulación creciente.

Fragmento del libro «Estoico y frugal».

Editorial: Anagrama

Hacía muchos años que mi vida se había convertido en un juego de ruleta rusa. Alcohol, mujeres de las que solo quería sexo, fumar como un loco, desor den total en mi cabeza y en mi corazón y una miseria que nunca podía dejar atrás y que, desde 1991, se había convertido en mi compañera más persistente. Ya había superado un enfisema pulmonar terrible, que por poco me mata. Ahora, con cuarenta y ocho años, las cosas empezaban a cambiar lentamente. Al menos esa era mi impresión. Viviría unos meses en Madrid. Había mucho frío. Se acercaba la Navidad de 1998 y mi compañía preferida era el silencio, una botella de Jack Daniel’s (una cada día), un casete de Bruce Springsteen (The Ghost of Tom Joad) y unos tabacos que me había traído de Cuba. Y Carolina. En realidad se llama Carolina y no quiero cambiarle el nombre porque me suena muy bien. Diez años más joven que yo, un culo bellísimo y firme, madrileña dura, de barrio, medio loca. Quería dejar atrás una relación amorosa fracasada y vivía un poco confundida. Lo nuestro no era amor. El amor siempre implica cierto grado de responsabilidad. Teníamos las cuentas claras. Solo sexo y amistad. Como para equilibrar nuestras soledades. Pero ella no lubricaba bien, y le dolía. Yo, impaciente, le hacía un poco de sexo oral y en pocos minutos quería penetrarla. Su vagina protestaba con una resequedad perfecta. Un hombre desesperado siempre hace mal las cosas. Ella, amable y paciente, sonreía, pero yo le veía la cara de susto. A veces, cuando me exasperaba demasiado, la hacía acostarse de espaldas y le metía unos cuantos cintarazos por las nalgas. Sin un sadismo excesivo. Solo un poquito. Era un juego. Y nada. Seguía seca y asustada. La parte amistosa sí funcionaba bien. Varias veces a la semana nos veíamos, ya tarde, para un par de copas. Y cada uno iba a acostarse para su casa. Otras veces salíamos a cenar. Un pequeño grupo, con los amigos de Carol. Yo no tenía amigos en Madrid. Solo algunos cubanos que recién había conocido. Todos con trabajos precarios: músicos y repartidores de pizzas. Tenían horarios difíciles e historias complejas en Cuba. Historias que querían y necesitaban olvidar para poder seguir adelante. Pero nadie puede cortar en pedazos su vida como quien descuartiza un cadáver. No es así. Todo va con nosotros. Y nos machaca. Vivían al borde del abismo, mucho más atormentados que yo porque eran jóvenes y ambiciosos. Se planteaban grandes metas. Querían ser ricos y famosos. Dar conciertos gigantescos en estadios abarrotados y vender millones de discos. Querían tener yates particulares y helicópteros. Se metían dos rayas y soñaban con toda esa mierda. Creían con fervor en el capitalismo y la modernidad. Yo vivía al garete, no tenía una meta adonde llegar y ya no creía en nada. El capitalismo es una mierda y el socialismo es peor. Ellos sí mantenían sus creencias. Eran jóvenes y sonreían y hacían fiestas y se metían coca y alcohol como locos y se anestesiaban, sin quejarse, para seguir adelante. Es decir, enfrentaban el sentimiento de pérdida, extrañamiento y vacío que desde siempre experimentan los emigrantes. Avanzaban, sin saberlo, por un camino que los metía más y más en la soledad. En la soledad interior y profunda, quiero decir. Aunque después tuvieran hijos y familia, y quizás hasta un poquito de fama y dinero, esa sutil melancolía interior no la podrían borrar nunca. Al final pocos se salvarían de ese destino. Ellos creían que triunfarían en la nueva tierra y que dejarían atrás las carencias, el hambre, la falta de libertad y todo lo negativo de su patria de origen. Y sí. Vivirían mejor y al menos no pasarían hambre. Pero en realidad muy pocos serían «triunfadores». Yo no quería ser uno más en aquel grupo de emigrantes esquizofrénicos. Siempre he rechazado las logias, grupos, partidos, clubes, asociaciones y todo lo que implique cierta coherencia y disciplina organizativa. A pesar de todo, me dejaba arrastrar continuamente por aquella pandilla de jóvenes vertiginosos, desenfrenados y caóticos. No paraban. Devoraban la vida con gula y frenesí permanentes. Yo había viajado por algunos países en los que me había encontrado con muchos compatriotas emigrantes y sabía bien que no podría vivir alejado de mi país y de mi gente. Si algo tenía muy claro es que no quería ser un emigrante más. No quería dar la espalda a los problemas y arrancar de cero en otra tierra. Lo cual puede parecer una actitud valiente pero en realidad no tiene nada que ver con valor o cobardía, es un problema de temperamento: tengo vocación para vivir como una ostra dentro de mi cascarón. Años después de todo esto una médica homeópata me mandó a tomar una medicina (Calcárea carbónica ostrearum, 200 ch) que fabrican a partir de polvo de la superficie interior de la concha de ostra, precisamente para combatir esta tendencia mía a enclaustrarme en la soledad y el silencio. Mis recuerdos más inmediatos de Cuba, el último día que estuve allí, eran intrascendentes. En la playa de Guanabo. Di una larga caminata de una hora por el borde del mar. Un día gris, ventoso, con rachas de lluvia y con oleaje fuerte. Las sucesivas tormentas del norte, a partir de octubre, arruinaban la playa. Sucedía cada año en esa época, la playa perdía arena y se convertía en un páramo de piedras, fango y cimientos de antiguas construcciones. Con las tormentas quedaban a la vista. También había troncos de madera curados por el agua salada. Infinidad de troncos de árboles, pulidos, clavados en el fondo. Todo un testimonio de tiempos anteriores. Resurgía hasta una carretera bien asfaltada, tendida a lo largo de la playa a escasos cuatro metros del agua. Era una carretera estrecha, de unos tres o cuatro metros de ancho. Al parecer la construyeron con las mejores intenciones en las décadas de 1940 o 1950

Gutiérrez por Birabent. Antonio Birabent. Pedro Juan Gutiérrez. Be Cult. Revista Be Cult. Malditos queridos

Un bar en una ciudad brasileña toma su nombre de la obra de Pedro Juan, El rey de la Habana y los parroquianos se toman fotografías junto a la suya.

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