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Borges y La Biblia

Por Julio Crivelli – Escritor, abogado, coleccionista de arte. Presidente de la Asociación de amigos del Museo de Bellas Artes y secretario de la Cámara de la Construcción de Argentina.

Conferencia ofrecida en la Fundación Jorge Luis Borges

Para mí, hablar de Borges y de su relación con la Biblia es por cierto un honor. Pero también, quizás con más énfasis, la realización de un sueño.
Agradezco la realización de este sueño a Patricio y Cecilia Bonta, queridos amigos que me propusieron esta tarea tan vasta como encantadora.
A María Kodama que generosamente nos abrió las puertas de la Fundación Borges. Y a la Fundación Borges, sede del recuerdo del más trascendente de los argentinos, el único que tiene un sitio en la cultura universal.
Aparte de un sueño, el título de esta charla es un desafío, también producto de la imaginación de Patricio  y  Cecilia  Bonta,  un  desafío  que  consiste  en  seguir  las  huellas  que  marcó la  literatura de la Biblia, en  la poética de Borges. Pero también, un paso más, representar la comprensión  de  Borges  sobre  la  metáfora  bíblica,  su  aceptación,  que  constituye  otra metáfora, esta vez de Borges.
Asistiremos así a una  sucesión ascendente de mensajes cifrados, que se implican unos a otros en una circunferencia sin centro, como probablemente hubiese dicho Borges.
Una metáfora de la metáfora.
El presente ensayo deriva de una charla dada en la Fundación Borges. Aquí pretendemos convertirla en ensayo, cambiando el estilo, pero más importante, agregando ideas que no fueron expuestas en la charla por obvias razones de brevedad.
Nos referiremos a los temas de la Biblia que conmovieron a Borges:

‐  Los Lenguajes: Los dos lenguajes; La metáfora

‐  Borges y el misterio.

‐  La Biblia

‐  Borges y la Biblia; textos y personajes:

‐  La Cábala.

‐  El Libro de Job.

‐  El Eclesiastés.

Lenguajes

La Biblia es una literatura sobre el lenguaje.
En primer término sobre el lenguaje del Misterio, el lenguaje de un Dios sin Nombre, que paradójicamente, todo lo hace nombrando, con la Palabra.  Es aquel lenguaje perdido, aquel lenguaje adánico que poseía la Verdad, aquel lenguaje que nos había sido dado para entendernos con Dios.
Pero la Biblia también delibera sobre nuestro lenguaje posterior a la Caída, un remedo de verdad, lo único que nos quedó, el lenguaje de la representación, pura ilusión en la que vivimos, añorando el perdido Edén.
Borges también construye su propia literatura sobre los dos lenguajes.
E igual que la Biblia, su referencia siempre será la falsedad del lenguaje de  la representación, y al mismo tiempo, la necesidad que tenemos de esta falsedad para sobrevivir.
Y finalmente la metáfora como único consuelo, nuestra única esperanza de culto frente al Misterio.

‐  Los dos lenguajes:

Nuestro lenguaje de la representación, como sabemos, está formado por imágenes y por conceptos, referidos respectivamente al mundo visual y al significado.
Los griegos se referían a los seres humanos como “animales que hablan” o sea animales dotados de lenguaje, que es lo que nos distingue de los demás animales.
Es cierto que también definieron al Hombre como “animal racional”, pero, ¿es posible distinguir al lenguaje de la razón? ¿Podemos válidamente  sostener que lenguaje y razón son entes diferentes, o ambos son en realidad nada más que nombres?
¿Podemos concebir una razón sin lenguaje, sin representación, una razón que no refiere el mundo, sino que refiere a un éter vacío y atemporal, un lenguaje que no refiere conceptos e imágenes?
¿Hay una “razón pura” despojada de toda relación con el lenguaje, una razón que no designa, que no nombra, que no imagina?
También se lo preguntaron los griegos, y nos lo seguimos preguntando nosotros.
El lenguaje de representación permite cumplir las dos funciones del habla: comunicarnos y designar el Cosmos, también llamado Mundo, Universo. (1)

(1) Cosmos, Mundus y Universo son nociones equivalentes. Cosmos significa “Orden”, por oposición a Caos. Implica nuestra fe, (no existe demostración), en que vivimos en un Orden sometido a leyes que se entienden. El caos ha desaparecido, la razón lo ha ordenado, según las versiones más optimistas del pensamiento griego, y del nuestro. En Roma al principio, Mundus señalaba las sagradas murallas de la Civitas. Allí imperaba la ley, afuera la naturaleza salvaje. (Cuando Rómulo funda Roma, su hermano Remo se burla saltando sobre el perímetro arado del Mundus trazado por su hermano. No cree en el Orden, ni mucho menos en el orden creado por el hombre, por más que invoque a un Dios. Rómulo le mató, por burlarse del límite sagrado.) Lo contrario de Mundus, Orden, es Inmundus, el caos, lo que no se entiende, porque no está sujeto a la Ley. Universo es aquello que tiene una sola comprensión, un solo sentido, por eso se entiende. Lo contrario es lo diverso, lo que no está sujeto a una Ley y es imprevisible. Nótese con qué facilidad usamos las palabras Cosmos, Mundo y Universo, sin saber si lo que existe está de verdad sometido a una única Ley.

Comunicarnos y designar el Cosmos son los actos vitales que nos permiten existir, alejar el terror a la muerte, a lo imprevisible, al ataque de la naturaleza o de los otros, el miedo a la Noche, cuando no sabíamos si volvería la Luz.
Imágenes y conceptos,  tienen en común la representación, o sea que no contienen al objeto sino que solamente lo refieren, solamente reflejan el contenido, como si fuesen espejos. (¿Los espejos que obsesionaban a Borges?).
Desde Heráclito el Oscuro sabemos que “todo cambia”, “panta rei”, refieren que él decía, y que  la  representación  de  la  realidad  es  solamente  una  vaga  referencia  lejana,  un  mero código que designa, una arbitrariedad que nos permite existir.
Porque  sabemos,  que  la  realidad  marcha  y  cambia  vertiginosamente,  y,  como  el  río  de Heráclito, deja atrás a nuestras imágenes y a nuestros conceptos, que  torpes y estáticos quedan como estructuras vacías y arcaicas, puras ilusiones y espejismos y que no “existe” un Mundus, un Cosmos, un Universo sometido a una Ley que podamos entender. Todo lenguaje es falso, precisamente porque sólo puede construirse con la representación de algo que ya fue.
Inexorables, el misterio y la eternidad corren vertiginosamente delante de nuestras pobres categorías, que quedan como remedos, como imitaciones, como ídolos.
Pero esta calamidad, el lenguaje de la representación, no fue siempre así.
Porque al Principio, en el Paraíso, antes de la Caída, antes de comer el Fruto Prohibido, poseíamos la lengua adánica, la lengua de los ángeles, el habla que nada representa, sino que posee ella misma los contenidos.
Y así como los lenguajes de la representación son la falsedad, el lenguaje adánico perdido, es la verdad.
Una vez más Borges, uno de los dos faros de esta charla, es quién explica con inigualable claridad y belleza aquel lenguaje perdido, que compartieron Adán y los ángeles.

Dice en El Gólem:
“Si (como afirma el griego en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de ‘rosa’ está la rosa
y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’.
Y, hecho de consonantes y vocales,
habrá un terrible Nombre, que la esencia
cifre de Dios y que la Omnipotencia
guarde en letras y sílabas cabales.
Adán y las estrellas lo supieron en el Jardín.
La herrumbre del pecado
(dicen los cabalistas) lo ha borrado
y las generaciones lo perdieron. (…).”

Desde la Caída de Adán hemos perdido el acceso a la verdad. Los dos hijos de la representación, la imagen y el concepto, son nada más que búsquedas, son los consuelos mezquinos que nos dejó Yahvé, puros espejismos ajenos a la verdad.
Es nuestro deber, consignar la tarea inmensa que hemos emprendido desde los albores, tratando inútilmente, de recuperar esa verdad.
Nuestro lenguaje de la representación ha intentado todo y lo sigue intentando. Nuestro vano intento, tan inútil que es casi heroico, no tiene fin.
En vano hemos inventado y recorrido los distintos anaqueles del conocimiento; la religión, la metafísica, la geometría y su hermana las matemáticas, la lógica formal; las ciencias particulares, todos esos lenguajes del encanto, sirenas que solo producen una verdad de mentiras, solo sustentable entre postulados indemostrables, según la severa condena de Kant.
Kant fue el último que nos advirtió, por enésima vez desde aquella Expulsión, que solo podíamos conocer la apariencia, los fenómenos, y que jamás conoceríamos la verdad, los noúmenos.
Y que como dijo Borges en Tlön, la metafísica es una rama de la literatura fantástica.

 ‐  La metáfora:

Sin embargo, Yahvé no es tan cruel y siempre que nos castiga, nos deja algún consuelo, alguna esperanza, como les sucedió a los Hombres después de la torpeza de Pandora.
Y así nos permitió, que  la imagen y el concepto puedan producir algo más que la mera representación.
Sabemos que es posible un “mensaje atrás del mensaje”: la metáfora.
Se trata de imágenes y conceptos, que poseen alguna magia inasible, como la que poseen los enigmáticos mensajes de Hermes, el mensajero de los Dioses o los mensajes de Apolo mediante sus Musas, o los mensajes de los Ángeles que vienen de Yahvé.
Es cierto que estos mensajes herméticos o angélicos son siempre un enigma, siempre nos confunden porque están “cifrados”, como diría Borges, porque aunque eluden la falsedad de la Razón, usan sus instrumentos, la imagen y el concepto, y por eso hay que “descifrarlos”. (2)

(2) Abulafia, en el siglo XIII en España, estableció un sistema de combinaciones numéricas, utilizando los números que cada letra hebrea simboliza. Abulafia partía de la creencia de que las palabras de la Escritura estaban cifradas, que tenían un significado místico que solo se podía descubrir mediante las matemáticas. Veremos que Abulafia y los cabalistas creyeron que podían descifrar el lenguaje adánico que estaba oculto en el lenguaje matemático de la Biblia.

En este trabajo intentaremos  indagar la huella bíblica en Borges y también las construcciones de Borges,  sus metáforas, que se propusieron atravesar las murallas babélicas que nos rodean desde la Caída, una empresa tan apasionada y bella, como inútil y fracasada.
Y también intentaremos revisar sus coincidencias, sus paralelos y sus indagaciones disidentes. Sus búsquedas perdidas y desesperadas, que también son las nuestras.

Borges y el misterio.

Borges no cree en un Dios. Pero posee la humildad propia de los sabios, siente que el Cosmos no nos ha sido dado aquí, que todo lo que nosotros pensamos que es un orden, es en realidad ilusión. Y participa del escepticismo, de la desilusión Kantiana, tiene una absoluta desconfianza de nuestros juicios, tanto de nuestros juicios científicos que son juicios de probabilidad solamente, como de nuestros juicios metafísicos o lógicos o matemáticos de los cuales piensa en definitiva que son tautológicos, un mero tejer y destejer vanos ovillos, como los de Cloto o los de Penélope.
Sentimos a Borges vibrar junto con Anaximandro frente a lo que no conocemos, frente a ese caos señalado por el Griego,  ese caos que tiene esas calificaciones tan duras y a la vez tan emocionantes, como lo desmesurado, el abismo, el precipicio, con las cuales Anaximandro denuncia lo provisorio de nuestra conciencia, cuyas “verdades” flotan como las de las matemáticas, entre postulados indemostrables, como el cero y el infinito, puro misterio, inconcebibles, incomprobables.
La verdad existencial de ese caos esencial, su inaceptable significado, es el temor a la muerte, al cesar de la vida, a la absoluta ignorancia de lo que está más allá. El miedo de ser un animal más, como veremos en el Eclesiastés, el miedo a no haber sido creados a “semejanza a Dios”.
Cada vez que puede, Borges nos lleva hasta el borde de ese abismo, hasta el precipicio, hasta “el lugar hondo en que no se oye la voz de Dios”. Y nos deja allí, perplejos, sin posibilidad ninguna de abordar el entendimiento, fascinados y horrorizados por el Misterio.
Borges es una especie de seguidor de Maimónides, que escribió la “Guía para Perplejos”. (3)
Los perplejos de Maimónides recorren caminos de la Escritura, a diferencia de los caminos poéticos que recorren los perplejos de Borges. Pero el final, el límite de estos caminos es el mismo, el Misterio, frente al cual no cabe otra emoción que la perplejidad. (¿Es la perplejidad una emoción? ¿Solamente?).
Borges y también Maimónides, nos muestran todo el tiempo que ni los sistemas de nuestro pensamiento, ni  la razón, ni el intelecto, nos permiten entender el universo, si es que hay uno que no sea mera ilusión. (4)
Lo  único  que  hay  es  Misterio.  Y  Borges  nunca,  salvo  alguna  vez  que  veremos,  propone que pueda haber un camino hacia ese misterio, solamente la quietud de la perplejidad.
Borges, igual que un Gnóstico, se burla de los Dioses inventados, se pregunta en el poema “Ajedrez,” si hay un “Dios detrás de Dios,” o sea que el infinito orden causal, también afecta a este ídolo que hemos inventado y que llamamos Dios.   Tiene plena  coincidencia en una desconfianza radical en el saber humano y en cualquier cosmos, en cualquier orden o universo inventado por la razón.
Y así se van formando ciertas “categorías borgianas” que surgen o replican categorías bíblicas: Para Borges, el cosmos, un supuesto orden manifiesto que niega el caos y que afirma una ley natural, es pura ilusión. Si hay Ley, es secreta, es Misterio. Está en la “memoria eterna de Dios” (5).
Y la conciencia, la razón es puro laberinto, porque en el centro está dominada por el deseo, escondido y vital como un minotauro.
El lenguaje es falso. Es Babel, porque con él no podemos entendernos. Y el conocimiento, como consecuencia, es una Biblioteca de Babel.
Para Borges, frente al abismo hay solamente metáfora, misterio y perplejidad.

(3) “Procura aclarar ciertas metáforas oscuras que se hallan en los Profetas, y que algunos lectores ignorantes y superficiales toman al pie de la letra. Aun las personas bien informadas quedarían perplejos y se confundirían si entendieran estos pasajes en su sentido literal; empero, se sentirán por completo aliviados de su confusión y perplejidad cuando les expliquemos las figuras o simplemente les indiquemos que las palabras se emplean en sentido alegórico.” Maimónides, Guía para los perplejos. Según Maimónides la Biblia es un mensaje metafórico, un mensaje detrás del mensaje, que permite asomarse al precipicio del Misterio. Nada más.
4 Porque “Universo”, para nosotros y “Cosmos” para los griegos, significa orden, límite, forma. Y no sabemos si esto, el orden, existe. Sólo sabemos que necesitamos suponerlo para sobrevivir.
5 «Everness», Borges 

La Biblia

Una breve (y modestísima) reseña sobre la Biblia, nos muestra que sus contenidos abarcan todas nuestras preguntas, que quedan sin responder.
“Al principio”, muestra la creación, un camino del caos al cosmos, en el cual todo se “separa” y se ordena, la luz de las tinieblas; el agua de la tierra.
Muestra después la creación del hombre, que habita el Paraíso, que como todos los paraísos está destinado a perderse, pero, que como todos los paraísos, jamás será olvidado.
También nos muestra la Caída, un acto paradójico de creación, en el que nace nuestro falsario lenguaje de  representación, nace el trabajo, que es la dura lucha contra la amenaza de la naturaleza, y también la muerte, ese misterioso final.
Y Babel, la imposibilidad de comunicarnos con el lenguaje y, como una burla, la necesidad de aferrarnos a él, de desarrollarlo como único instrumento de salvación.
Hablando a través de sus profetas, el Misterio de la Biblia nos dicta la Ley, para atenuar la amenaza de los otros hombres, tan feroces como la naturaleza misma.
Y finalmente, en el Nuevo Testamento nace el futuro, la Promesa que anunciara Isaías, porque hasta entonces era incierto el futuro.
Este recorrido produce un enamoramiento en Borges. Hemos elegido referencias que creemos que de algún modo abarcan como un perímetro esa extensión imprecisa y vasta, de la relación entre Borges y el Libro.
En “El Evangelio según San Marcos”, el protagonista, Baltasar Espinosa, dice: “También se le ocurrió que los hombres, a lo largo del tiempo, han repetido siempre dos historias: la de un bajel perdido que busca por los mares mediterráneos una isla querida, y la de un Dios que se hace crucificar en el Gólgota.”
Aquí Borges remite a la Odisea, una navegación del héroe por el mar del inconsciente, del deseo animal, una búsqueda espiritual que lo libere del anonimato de la manada y le otorgue una identidad, un nombre, un espíritu.
El  viaje de Odiseo arranca navegando por las aguas del mar, símbolo del deseo, las aguas de Poseidón, señor del mar y del inconsciente, y busca llegar al sol de una isla que le devuelva la identidad perdida, es el viaje de un intelectual, (“polimetis;” el de muchas astucias o argucias, le llama Homero),  que quiere elevarse al espíritu, sin dejar de ser hombre. ¿Será posible?
Un recorrido que arranca desde que se libera de Calipso, (“la que oculta”), que justamente le ofrece el espíritu, pero para eso   debe aceptar la inmortalidad convirtiéndose en un Dios y dejando de ser hombre.  Odiseo no quiere abandonar su condición humana y rechaza el amor de Calipso.
Y pasa, en su viaje memorable, por el olvido que le ofrecen los Lotófagos, que eliminan el sufrimiento y la angustia destruyendo la memoria, matando a Mnemosyne.
Después llega al país de los cíclopes, a la tierra de Polifemo, y para huir se identifica como “Nadie”!!! Más allá de su ingenio para escapar, nos quedará siempre la pregunta de la búsqueda de la identidad.
Se encuentra luego, en su azaroso viaje, con los lestrigones, los gigantes antropófagos, que devorando a otros hombres, roban su conciencia y su valor, y a cambio de ello pierden su identidad.
Y  con el  desenfrenado deseo sexual de  Circe,  que también es  capaz de salvarnos de  la angustia de muerte, a costa de perder la condición de hombres, transformándonos en animales, en cerdos.
Llega finalmente hasta el Hades, igual que Dante en la Comedia.
En todo el viaje Odiseo persiste en esta búsqueda espiritual, esta búsqueda de la identidad perdida, que negándose al dominio del deseo animal, y también a la inmortalidad que le convertiría en un Dios, jamás resignará su condición humana, su convicción profunda de que tenemos una condición espiritual posible.
El otro sostén, la otra historia que repiten los hombres, según el personaje de Borges, es por supuesto ese Hijo de Dios que es a la vez Hijo del Hombre,  un Dios misterioso, con un destino trágico.
Es el viaje de un Dios único entre las creencias, porque es el único que decide encarnarse, ser hombre, tener un destino y abandonar la libertad del espíritu para sufrir, naturalmente, una muerte en el Gólgota. En su muerte el Dios héroe se carga a su cuenta el pecado de la Caída, la soberbia de Adán y nos abre una nueva oportunidad, un Camino. Y con esto asegurarnos que el espíritu nos espera, allá en el Cielo.
De modo que según Borges, esos dos viajes, son las nociones, las metas y orígenes que nos abarcan y nos simbolizan, sin poder explicarnos.
En cambio, en “Juan 1, 14”, dice Borges que dice Cristo: “yo que soy el que Es, el que  Fue y el que Será, vuelvo a condescender al lenguaje, que es tiempo sucesivo y emblema.”
Acá Borges alude a la emocionante oración que oye Moisés desde la zarza ardiente, “Yo Soy el que Soy.” Todavía nos causa escalofríos.
Porque el Misterio no “existe”, no está sometido al azar terrible de la existencia, no nace ni muere, libre del espacio y del tiempo, no sufre la falsedad del lenguaje, ni necesita perímetros de salvación, geometrías de protección, ni límites simulados, ni consuelos que le permitan sobrevivir. El Misterio es.
Pero quién habla en “Juan 1, 14” es Cristo desde el Evangelio, un hombre sometido a la mera existencia. Por eso está sometido al tiempo, es “el que Es, el que Fue y el que Será”, hasta la inevitable  muerte en el Gólgota. Y por eso, igual que nosotros, ese hombre sufre el lenguaje, esa  falsedad  que  nos  atormenta  desde  Babel,  el  lenguaje  que  solo  puede  producir “emblemas”, imágenes falsas que habitan el “tiempo sucesivo”, frente a una realidad que huye mientras la nombramos, una realidad que inexorablemente elude la verdad.
¿Creía Borges en Dios?
“¿Cree usted en Dios?”
“Si por Dios se entiende una personalidad unitaria o trinitaria, una especie de hombre sobrenatural, un juez de nuestros actos y pensamientos, no creo en ese ser. En cambio, si por Dios entendemos un propósito moral o mental en el universo, creo ciertamente en él. En cuanto al problema de la inmortalidad personal que Unamuno y otros escritores han vinculado a la noción de Dios, no creo, ni deseo ser personalmente inmortal. Que hay un orden en el universo, un sistema de periodicidades y una evolución general, me parece evidente.”(…).
“Creo por intuición y además porque sería desesperante no creer.”(…).6

(6) Publicado en Mundo Argentino, Buenos Aires, Año XLVI, nº 2369 (11 de julio de 1956); recogido en Textos recobrados (1956‐1986), Emecé, Barcelona, 2003, pp. 319320

Julio Crivelli. Borges y la Biblia. Be Cult. Revista Be Cult.

«Debo recordar a mi abuela que sabía de memoria la Biblia, de modo que puedo haber entrado en la literatura por el camino del Espíritu Santo”. (Jorge Luis Borges)

Borges y la Biblia; textos y personajes:

Borges amó ciertos textos y personajes de esa literatura que es la Biblia.
Hay en Borges frecuentes referencias a la Cábala, un intento desesperado de comprensión, al Libro de Job, al Eclesiastés, a Caín y Abel, a Adán y a Cristo. Los veremos a continuación:

La Cábala.

La  Biblia  es  el  único  libro  escrito  por  Dios,  por  el  Espíritu  Santo,  la  más  misteriosa  de sus personas.
Esa escritura divina impulsa a los cabalistas, que buscan la Verdad escondida en el texto de las Escrituras, el sagrado Nombre de Dios. Como dijo Borges, el “terrible nombre que la esencia cifre de Dios, (…), en letras y sílabas cabales”.7
A Borges le fascina esa escritura divina, ese dictado secreto, que se percibe también en el poema dedicado a quien consideró uno de sus maestros, “Rafael Cansinos Assens”:

“(…) Bebió como quien bebe un hondo vino
los psalmos y el cantar de la Escritura
y sintió que era suya esa dulzura
y sintió que era suyo aquel destino.
Lo llamaba Israel. Íntimamente
la oyó Cansinos como oyó el profeta
en la secreta cumbre la secreta
voz del Señor desde la zarza ardiente.(…)”

La imagen  a que nos enfrenta Borges, es la voz de Dios que se oye en el alma, como la oyó Moisés desde la zarza ardiente. Ustedes recordarán esa imagen escalofriante, cuando Moisés está cuidando a las ovejas de su suegro Jethro y ve una zarza que arde y arde y arde; sin cesar, y Moisés se acerca con curiosidad y terror.
Desde la zarza se oye una voz que emite el célebre mensaje,  “¡Quítate las sandalias porque estás pisando suelo sagrado!”. (Los pies son símbolos del alma para los hebreos y para los griegos. (8)
Es Dios que le habla al alma de Moisés. Dios le está dictando, y le seguirá dictando la salvación de los hebreos del sometimiento egipcio y su conversión en el pueblo de Israel, que nace después de vagar cuarenta años por el desierto. (9)
En “La Vindicación de la Cábala” nos dice Borges  que,  “Es evidente que su causa remota es el concepto de la inspiración mecánica de la Biblia. Ese concepto, que hace de evangelistas y profetas, secretarios impersonales de Dios que escriben al dictado, (…)”.
En la Cábala, el Dios que dicta es “En Sof”, un Dios impersonal, un misterio infinito, la “nada infinita”, una contradicción en  los términos,  inaprensible por  nuestra razón, el  inicio, “el principio, (…), cuando las tinieblas estaban sobre la faz del abismo”, la nada, el caos que preexiste a la Creación.

(7) El Gólem.
(8)  “¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí. 5 Entonces Él dijo: No te acerques aquí; quítate las sandalias de los pies, porque el lugar donde estás parado es tierra santa. 6 Y añadió: Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tenía temor de mirar a Dios.”
7 “Y el SEÑOR dijo: Ciertamente he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he escuchado su clamor a causa de sus capataces[f], pues estoy consciente de sus sufrimientos. 8 Y he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y para sacarlos[g] de aquella tierra a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel, al lugar de los cananeos, de los hititas, de los amorreos, de los ferezeos, de los heveos y de los jebuseos. 9 Y ahora, he aquí, el clamor de los hijos de Israel ha llegado hasta mí, y además he visto la opresión con que los egipcios los
oprimen. 10 Ahora pues, ven y te enviaré a Faraón, para que saques a mi pueblo, los hijos de Israel, de Egipto. 11 Pero Moisés dijo a Dios: ¿Quién soy yo para ir a Faraón, y sacar a los hijos de Israel de Egipto? 12 Y Él dijo: Ciertamente yo estaré contigo, y la señal para ti de que soy yo el que te ha enviado será ésta: cuando hayas sacado al pueblo de Egipto adoraréis[h] a Dios en este monte.13 Entonces dijo Moisés a Dios: He aquí, si voy a los hijos de Israel, y les digo: “El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros,” tal vez me digan: “¿Cuál es su nombre?”, ¿qué les responderé? 14 Y dijo Dios a Moisés: YO SOY[i] EL QUE SOY[j]. Y añadió: Así dirás a los hijos de Israel: “YO SOY me ha enviado a vosotros.” Éxodo.
(9) Recordemos que Moisés tiene gravísimas dificultades para hablar, derivadas de haber quemado su lengua con una brasa ardiente en su más tierna infancia

O como lo expresa la Tradición, Dios es Aleph, la letra que no tiene sonido (10), porque todo, también el alfabeto, base y origen del lenguaje, comienza en su propia negación. Como el célebre primer motor inmóvil de Aristóteles.
La Cábala  trataba de averiguar el nombre del secreto de Dios, a partir de las palabras de la Biblia, aun cuando  este nombre oculto de Dios no se puede averiguar. Como hemos visto, la Cábala parte del supuesto de que el lenguaje aparente de la Escritura está “cifrado,” y que podemos descifrarlo con las matemáticas, otra forma de ser del lenguaje de la representación (11).

(10) Maravillosa metáfora del hebreo, adonde aun el alfabeto afirma que todo lo que existe tiene su origen en la propia contradicción. En el caos. Y así los sonidos de nuestras letras comienzan con el silencio de Aleph.
(11) En efecto, los números representan la extensión, son una manera de ser del concepto. ¡Pero cuidado! Con los números también se pueden construir metáforas, las matemáticas pueden ser también un instrumento de la poesía.

Así que en la Cábala encontramos el misterio y la metáfora, como forma de aproximarse al misterio, porque En Sof y Aleph son simplemente metáforas, son mensajes que están atrás de los mensajes y aunque están hechos con números, con imágenes y con palabras, se comunican con el alma, trascienden esas imágenes y palabras y nos acercan algo al  misterio que jamás vamos a poseer.
Corresponde señalar que lo más cerca que hemos llegado al Nombre de Dios,  es a “Yahveh”, una mera exclamación. En efecto, Yahveh significa “¡Oh El!”, no es un nombre, porque no nos ha sido dado pronunciar el sagrado Nombre de Dios.
Borges también,  Borges pasa su vida escribiendo metáforas, que nos hacen llegar más cerca del misterio, aunque nunca vamos a llegar.
Es el infinito el que determina la unidad, como en “El Aleph” de Borges.
Es el nombre oculto, Shem Hamephorash, el misterio inasible que dicta el Universo y al que solo podemos referirnos con metáforas, porque nuestro lenguaje que solo significa, no alcanza para abarcar la eternidad.
Por eso en “Juan, I, 14”, Borges dice que Dios dice: “He encomendado esta escritura a un hombre cualquiera; /no será nunca lo que quiero decir, / no dejará de ser su reflejo. / Desde mi Eternidad caen estos signos”.
Para Borges y para la tradición de la Cábala, los hombres somos amanuenses imperfectos de
Dios, porque nuestro lenguaje de representación no alcanzará jamás la Verdad.
En “Del Culto a los Libros”, Borges cita a Francis Bacon, quién dice que Dios nos dejó dos
Libros, las Escrituras que revelan su voluntad, y la Naturaleza, que revela su poderío.
De modo que también el Universo es un libro dictado por Dios, como surge claramente del
Génesis, adonde Dios “dicta el cosmos”, creando con la Palabra.
Como vimos en la Cábala, las Escrituras si bien aparentemente están plasmadas en nuestro lenguaje de representación, ocultan atrás el lenguaje adánico perdido, el Shem Hamephorash, el nombre oculto de Dios, al cual ya hemos aludido.
Los cabalistas creyeron que ese lenguaje adánico podía ser recuperado. Y lo mismo sucede en la literatura.
Recordemos la diferencia que existe entre Oriente y Occidente respecto de los libros.
Los libros de Oriente son creaciones de Dios, dictados del Espíritu Santo, son objetos a los que se rinde culto.
En cambio los libros de Occidente, refieren a la memoria, a Mnemosyne, madre de las Musas, hija  de  Cronos  el  Titán  del  tiempo.  Son  invenciones  del  tiempo,  Cronos,  destinadas  al recuerdo, a la negación del olvido, un burdo remedo de inmortalidad.
En ninguno de los casos hay “creación”, en un caso el único autor es Dios, en el otro sólo son representaciones  del  ciclo,  remedos  que  la  memoria  produce  de  la  verdad,  como  los recuerdos que tenemos de la caverna platónica.
Borges  tampoco  cree  en  nuestra  “creación”,  los  hombres  no  podemos  crear,  porque  la creación es “ex nihilo”, su punto de partida, si así podemos llamarlo, es la nada infinita.
Solamente podemos “inventar”, o sea transformar, recordar lo que ya existe.  De modo que, como en “Pierre Menard, autor del Quijote”, cuando creemos que ponemos algo nuevo en el mundo,  cuando  creemos  que  “creamos,”  sólo  repetimos  algo  que  existió  y  que  hemos olvidado.
Para Borges sólo somos amanuenses, intérpretes de la tradición que nos dicta y sólo podemos producir reflejos, como las imágenes de los espejos, o ideas que se repiten cíclicamente sin agregar nada.

El Libro de Job.

El libro de Job trata sobre la irracionalidad de Dios, Dios no es un ser de la razón, porque nuestra razón es algo primitivo, elemental que jamás podría comprender a Dios. Dios no actúa con la razón ni se lo puede “entender”.
Todos los “dioses” que hemos inventado los hombres, en cualquier religión, son creadores del cosmos y jueces de nuestra conducta, porque son los creadores de la Ley del universo y de la Ley de los hombres.
Yahvé también, y es el libro de Job adónde se pone de manifiesto que, tanto su justicia como la naturaleza, que son sus creaciones, son inescrutables para nosotros.
El Dios del libro de Job es un Dios tremendo, que habla desde el “seno de la tempestad.”
Y permite que un Ángel Caído, enviado por Satán, destruya la familia y la hacienda de Job, y lleve su sufrimiento hasta el límite de la vida.
Pero aún después de algunas vacilaciones, pese al sufrimiento y al dolor cuyo motivo desconoce, Job mantiene su fe, porque Job cree sin lugar a dudas, que su entendimiento jamás llegará a entender la justicia de Dios.
Al final de Job, aparecen Behemot y Leviatán, dos bestias poderosas e indominables para el hombre. Son el testimonio de una creación peligrosa, de una naturaleza que es una permanente amenaza para los hombres, quienes deben vivir para prevenirse de su ataque. El trabajo al que la Caída condena al hombre, es precisamente la permanente transformación de la naturaleza como previsión y defensa de su ataque. (12)

(12) Marx: El Capital, Libro I, cap. 5: “El trabajo es, en primer lugar, un proceso entre el hombre y la naturaleza, un proceso en que el hombre media, regula y controla su metabolismo con la naturaleza. El hombre se enfrenta a la materia natural misma como un poder natural” (…).

También la naturaleza es incomprensible para nuestra razón, igual que la justicia, la otra creación de Dios.
Una y otra son imprevisibles, caóticas, fatales.
En “La Memoria de Shakespeare”,  Borges alude a “Behemoth o Leviathan, los animales que significan en la Escritura que el Señor es irracional”.
También en la “Lotería de Babilonia” se alude a la irracionalidad de Dios.
No es casual que el cuento transcurra en Babilonia, precisamente adonde se confundieron las lenguas. Recordemos que hay una Compañía misteriosa, que todo lo dirige.
Pero nadie entiende cuál es el sentido, si es que hay alguno. La vida es como una lotería de suertes, nada es previsible ni comprensible para los habitantes de Babilonia.
Es un caos de injusticia, la sociedad está sujeta a reglas misteriosas tan autocontradictorias como imprevisibles, de inusitada crueldad, o todo lo contrario.
Nadie sabe quién es la Compañía,
Algunos piensan que la Compañía es Dios. Otros que no existe.
La Lotería de Babilonia nos recuerda la Escritura enigmática de un Dios inescrutable, del Dios de Job.
Ese Dios misterioso e inescrutable también está en uno de los párrafos de mayor misticismo que escribió Borges. En El Aleph, Carlos Argentino Daneri, el protagonista, dice: “arribo ahora al inefable centro de mi relato, empieza aquí mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos, cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten
¿Cómo transmitir a otros el infinito Aleph que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y las circunferencia en ninguna; Ezequiel, el profeta, un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph)”.
Aleph recordemos, es la letra sin sonido de la cual pende el alfabeto, el primer motor inmóvil, el inicio, el caos que no se somete al lenguaje, que no está sometido a la razón. Aleph es como el cero, que está antes de las matemáticas, o como el caos, que está antes del cosmos.
Hay un párrafo de Santa Teresa de Jesús que revela una coincidencia curiosa en tanto pone en evidencia la naturaleza mística de la descripción del Aleph. Dice: “estando una vez en oración, se me representó muy brevemente cómo se ven en Dios todas las cosas y cómo las tiene en sí mismo, digamos que la divinidad es como un diamante muy claro y todo lo que hacemos se ve en este diamante siendo de manera que él encierra todo en sí mismo porque no hay nada que salga fuera de esta grandeza. Y ahora fíjense, que cosa espantosa, (o sea Santa Teresa se espanta), me fue ver en tan breve espacio ver tantas cosas juntas en este claro diamante” (13)
La experiencia mística de Santa Teresa de Jesús es equivalente a la del Daneri de Borges, es el enfrentamiento con la incomprensión, con la irracionalidad relatada en Job.
Frente al infinito, a la irracionalidad absoluta, no hay sistemática posible, no hay entendimiento, sólo queda la enumeración caótica que despliega Daneri en el Aleph, una lista solemne, incomprensible e impotente para abarcar el universo. (14)
Esta enumeración caótica será una característica de Borges, un recurso que usará muchas veces, quizás porque estaba convencido de la imposibilidad de aprehender la verdad.

(13) Libro de la Vida.
(14) “El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales,vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo. Sentí infinita veneración, infinita lástima”.

El Eclesiastés.

Para el análisis de este Libro, veremos en primer término ciertas ideas generales, y después, veremos consideraciones sobre los ciclos, el laberinto, la muerte como único destino y la esperanza, tanto en el Eclesiastés, como en Borges.
El Eclesiastés es un libro de los llamados Sapienciales, escrito con el regreso del Exilio.
Nada se sabe de sus autores, aunque su texto menciona a Salomón. También menciona a
Qohelet, un supuesto hijo de David, rey de Jerusalén.
Es un libro sobre el escepticismo y la desilusión del conocimiento, sobre la “vanidad”, sobre el vacío irremediable de nuestros pretendidos saberes. Sin esperanza, vaga el hombre en la insignificancia de su razón.
En el primer verso, sin dudas el más conocido, expresa su nihilismo absoluto respecto del conocimiento: “¡Vanidad de vanidades. Todo es vanidad!”, y más adelante, Yo, Qohélet, siendo rey de Israel en Jerusalén, me propuse inquirir y averiguar con sabiduría cuanto se hace bajo el cielo. ¡Dura tarea que Dios impuso a los hombres! He examinado cuanto se hace bajo el sol, y veo que todo es vanidad y esfuerzo inútil (…).” (15)
“Cuando me dediqué a conocer la sabiduría y a examinar las fatigas que se toma el hombre en la tierra —porque ni de día ni de noche ven sus ojos el sueño—, entonces descubrí, por lo que toca a las obras de Dios, que nadie puede comprender cuanto se hace bajo el sol. Por más que el hombre se esfuerce en investigar, no comprende. Ni el sabio que pretende saber logrará averiguarlo.” (16)
La vanidad, lo vano, es el vacío del alma, el alma enferma de los héroes griegos, el alma enferma de Adán, que se deja dominar por el deseo exaltado, el intelecto que sometido al deseo, nos condenó en la Caída al lenguaje de representación, a Babel, a la ignorancia.
Borges también siente esta desesperación frente a nuestra imposibilidad de conocer, frente a un camino de confusas ilusiones en que vivimos con nuestros conceptos, con nuestras imágenes.
Nace entonces la metáfora amarga del espejo el multiplicador del reflejo, el multiplicador de falsas representaciones, de erróneas pretensiones de conocimiento.
“Dios ha creado las noches que se arman / de sueños y las formas del espejo / para que el hombre sienta que es reflejo / y vanidad. Por eso nos alarman”, dice en “Los Espejos”.
En cambio, San Pablo, en la epístola a los Corintios, también se refiere a nuestro conocimiento como un espejo que nos confunde, aunque él espera recuperar el conocimiento adánico después de la muerte: Ahora vemos mediante un espejo, borrosamente; entonces, cara a cara. Ahora conozco de modo parcial, entonces conoceré plenamente. (17)

(15) Eclesiastés 1, 12, 18.

(16) ECL 8, 16‐17.

(17) 1, Corintios.

En “De que nada se sabe” Borges consigna que de nada sirve un Dios inventado para calmar la angustia del misterio y de nuestro ignorante deambular:
“Quizá el destino humano / de breves dichas y de largas penas / es instrumento de Otro. Lo ignoramos; / darle nombre de Dios no nos ayuda”;
Hay una trama infinita de Dios, una ley oculta que jamás podremos descifrar, los “hilos de una trama oscura” que aparecen en la segunda sección de “Nubes”:
¿Qué son las nubes? ¿una arquitectura / del azar? Quizá Dios las necesita / para la ejecución de su infinita / obra y son hilos de la trama oscura. / Quizá la nube sea no menos vana / que el hombre que la mira en la mañana”.
Por  ello  el  conocimiento  es  imposible  y  la  ciencia  vana.  Desde  Adán  que  intentamos inútilmente comer del fruto del árbol de la sabiduría.
En “La Luna” relata la imposibilidad del conocimiento de nuestro lenguaje de representación frente al infinito. Los hombres siempre olvidaremos algo: lo esencial.
Borges relata en La Luna, la pecaminosa aventura de un hombre que se propuso “cifrar” el cosmos en un libro, o sea reescribir las Escrituras que dictó el Espíritu Santo. Pero al terminar su tarea vio la Luna en el cielo y comprendió que la había olvidado.
“Y comprendió, aturdido, / que se había olvidado de la Luna; (…), siempre se pierde lo esencial. Es una / ley de toda palabra sobre el numen.”
‐  Borges y los ciclos.
El Eclesiastés anuncia que “no hay nada nuevo bajo el sol”, que nuestra “sabiduría” es cíclica, que repite siempre las mismas supuestas verdades, con distintas expresiones.
Borges también toma esta noción del ciclo como metáfora de la negación del conocimiento: nuestra pretendida sabiduría no es más que ciclos, repeticiones, tautologías o meras probabilidades, según Kant.
En “El Inmortal” Borges cita de los “Essays” de Francis Bacon, en los cuáles éste cita a su vez un famoso versículo del Eclesiastés, que pone en boca de Salomón, y a Platón:
“Solomon saith: there is no new thing upon the Earth‘. So that as Plato had an imagination, that all knowledge was but remembrance; so Solomon giveth his sentence, that all novelty is but oblivion”.
Aquí se vincula el idealismo platónico, según el cual cuando conocemos, solamente recordamos   las ideas de una esfera del Ser, en la que obviamente no existimos; con el Eclesiastés, adonde Salomón enseña que no existe el conocimiento, que aquello que creemos que sabemos, es sencillamente el olvido de nociones que ya teníamos.
De modo que tal como explica Kant, nuestras nuevas verdades son meros desarrollos de algo que ya existía en la noción inicial, y nada nuevo incorporan.
En “La Cifra”, Borges alude a los ciclos en el Eclesiastés, precisamente en el poema “Eclesiastés 1, 9”:

“Si me paso la mano por la frente,
Si acaricio los lomos de los libros,
Si reconozco el libro de las noches,
Si hago girar la terca cerradura,
Si me demoro en el umbral incierto,
Si el dolor increíble me anonada,

Si recuerdo la máquina del tiempo,
Si recuerdo el tapiz del unicornio,
Si cambio de postura mientras duermo,
Si la memoria me devuelve un verso,

Repito lo cumplido innumerables veces
en mi camino señalado.
No puedo ejecutar un acto nuevo,
Tejo y torno a tejer la misma fábula,
Repito un repetido endecasílabo,

Digo lo que los otros me dijeron,
Siento las mismas cosas en la misma hora
del día o de la abstracta noche.
Cada noche la misma pesadilla,
Cada noche el rigor del laberinto.

Soy la fatiga de un espejo inmóvil
O el polvo de un museo.
Sólo una cosa no gustada espero,
Una dádiva, un oro de la sombra,
Esa virgen, la muerte.” (El castellano
permite esta metáfora).

Y en “La Noche Cíclica”: “Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras: / los astros y los hombres vuelven cíclicamente; /los átomos fatales repetirán la urgente / Afrodita de oro, los tebanos, las ágoras. / en edades futuras oprimirá el centauro / con el casco solípedo el pecho del lapita… lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras”.
¿Qué significa lo cíclico? ¿Por qué el Eclesiastés y Borges  aluden a lo cíclico como frustración del conocimiento?
Porque el ciclo implica regreso y no implica progreso. El ciclo implica volver al mismo lugar, sin incorporar nada nuevo.
En cambio, cuando no hay ciclo hay progreso, si existe una recta infinita, como decía Euclides, entonces sí hay incorporación de conocimiento. Pero nuestra razón, no puede concebir el infinito perdido en la Caída, el infinito no nos ha sido dado.
Nuestro pretendido conocimiento produce “verdades” que se apoyan en postulados indemostrables. En las matemáticas, hay un discurso absolutamente coherente, pero que está apoyado en dos nociones absolutamente incomprobables e incoherentes para nosotros: el cero y el infinito.
Nuestro conocimiento, nuestro lenguaje de representación siempre fluye con apariencia de coherencia y de verdad, pero en realidad depende siempre de nociones remotas e inasibles, tan misteriosas como un Dios.
‐  Laberinto.
Abordamos ahora un tema enteramente diferente. Hasta este punto nos hemos referido, tanto en la Biblia como en Borges,  a la imposibilidad de conocer, en función de la necesidad de nuestro lenguaje de representar, la cual nos encierra en los meros fenómenos, en la pura apariencia y como consecuencia, a la imposibilidad de aprehender los noúmenos que transcurren vertiginosamente.
Pero ahora analizaremos el laberinto, una metáfora utilizada por Borges, que nos enfrenta con una temible realidad: el instrumento del conocimiento, la razón, está dominado por el deseo, y obra viciado de nulidad, porque en el centro de su devenir está la satisfacción de nuestro deseo animal.
La razón, el intelecto, un territorio de la transición entre el incontenible mar del deseo y el cielo del espíritu, opta las más de las veces por la satisfacción del deseo, que ejerce un verdadero dominio y posee al intelecto como un instrumento de su dominio.
Somos un “animal racional”, pero no tanto.
Solamente en casos excepcionales, la razón se pone al servicio del alma, se convierte en instrumento del cielo, del espíritu. Entonces nos referimos a la santidad, al “milagro.” Porque sin milagro, sin “Gracia de Dios” sería imposible que nuestro intelecto eligiera libremente el espíritu, liberándose de la esclavitud del deseo.
Recordemos ahora el mito del laberinto, que refleja esta temible realidad.
Todo comienza cuando Minos, rey de Creta, se niega a rendir culto a un toro blanco que le envía Poseidón, dios del mar.
La traducción simbólica es que Minos no cede al deseo exaltado, simbolizado por el toro, que procede del mar, que representa nuestro inconsciente animal.
Pero Pasífae, mujer de Minos y reina de Creta, se enamora apasionada y perdidamente del toro blanco que sale del mar, la posee el deseo sexual exaltado, el mar, Poseidón, el inconsciente, fundamento y motor de nuestro deseo animal. Pasífae está entregada a su deseo incontenible.
Para satisfacerlo llama a Dédalo, un campeón del ingenio, un dotado por la razón, que puede resolver casi cualquier dificultad con su poderoso intelecto, que le permite someter y transformar la naturaleza para ponerla al servicio del deseo.
Dédalo es un ingeniero, un símbolo de la razón.
Dédalo entonces, a pedido de la reina, construye una vaca en la cual se oculta Pasífae. El toro, el deseo exaltado, posee a la vaca ‐ Pasífae y de esta unión bestial nace el Minotauro.
El símbolo Minotauro, es claramente el del hombre gobernado por el deseo animal.
En vista de la tremenda situación, Minos le pide a Dédalo que encierre al Minotauro, y Dédalo construye el laberinto con ese propósito.
Y así tenemos el resultado final, el laberinto, símbolo del intelecto utilitario, que en su centro tiene encerrado al deseo animal. ¿Qué deseo? Cualquiera, el de poseer y dominar, el sexual, el de poder, el de someter la naturaleza, el de inmortalidad.
En otros términos, el intelecto, la razón, tiene al deseo como motivo, como propósito y como finalidad. Somos, como veremos en el Eclesiastés, “iguales a las bestias”, la razón no alcanza para distinguirnos de ellas, porque está dominada por el deseo y porque su conocimiento es vano, puro ciclo, olvido y repetición.
Y por esto, por estar al servicio del deseo exaltado, la razón es el instrumento por medio del cual se quiebra la Ley. Sólo mediante el espíritu se puede salir del laberinto. (18)
Para Borges el laberinto, el intelecto dominado por el deseo que quiebra la Ley, no tiene esperanza de salida.
“Laberinto”:

“No habrá nunca una puerta.
Estás adentro
Y el alcázar abarca el universo
Y no tiene ni anverso ni reverso
Ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino
Que tercamente se bifurca en otro,
Tendrá fin. Es de hierro tu destino
Como tu juez.

(18) Por eso Dédalo a quien Minos también encierra, “sale del laberinto por arriba”. Leopoldo Marechal también nos recuerda que de los laberintos solo se sale por arriba, en dirección al cielo, al espíritu.

De allí no podemos salir.
‐  La muerte como único destino en el Eclesiastés y en Borges.
Siendo el conocimiento pura vanidad, puro vacío, siendo que nuestra vida está llena de ansiedad y de angustia por el quebrantamiento de la Ley, para el Eclesiastés la temida muerte es la única esperanza.
“Porque una es la suerte del hombre y de la bestia: muere aquél como ésta muere, y uno solo es el hálito de ambos. No tiene, pues, ventaja el hombre sobre la bestia: todo es vanidad. Todos van al mismo sitio: todos vienen del polvo, y al polvo tornan todos”(19)
“¿Quién sabe lo que es bueno para el hombre durante la vida, durante los días de su vana vida, por la que pasa como una sombra? ¿Quién indicará al hombre lo que después de él sucederá bajo el sol?» (20)
“Todos corren la misma suerte: el justo y el impío, el bueno y el malvado, el puro y el impuro, el que sacrifica y el que no sacrifica. Lo mismo es del bueno que del pecador, del que jura como del que teme jurar. […]”
“Los vivos saben al menos que han de morir, pero los muertos no saben nada; no perciben ya salario alguno, porque su memoria yace en el olvido. Perecieron sus amores, sus odios, sus envidias; jamás tomarán parte en cuanto acaece bajo el sol.” (21)
Es el punto de máxima desesperanza: somos iguales a las bestias, nos domina el deseo, y nuestro pretendido conocimiento, nuestro intelecto es vano, vivimos en la angustia de quebrantar la ley, sólo con la muerte y el olvido se calmará el dolor de vivir.
Lo mismo sucede en Borges. Si el conocimiento es inútil y la vida es sufrimiento, debemos esperar la muerte no solamente con calma, sino con la felicidad de librarnos de la vida.
“Eclesiastés, I, 9”, poema al cual nos hemos referido inmediatamente antes, cuando vimos los ciclos, Borges se refiere también al laberinto:

“(…) Cada noche la misma pesadilla,
cada noche el rigor del laberinto.”
Soy la fatiga de un espejo inmóvil
o el polvo de un museo.
Sólo una cosa no gustada espero,
una dádiva, un oro de la sombra,
esa virgen, la muerte.
(El castellano permite esta metáfora.)” (
22)

 (19) Ecl. 3, 19‐20.

(20) Ecl 6, 12.

(21) Ecl 9,

(22) El subrayado es nuestro.

Después de señalar que la vida es siempre ciclo, o sea vanidad del conocimiento, y laberinto, que simboliza el dominio del deseo, Borges nos enfrenta a la muerte como única salida de la angustia de vivir.
En “Blind Pew”, la muerte es calificada de “tesoro”: “a ti también, en otras playas de oro, / te aguarda incorruptible tu tesoro: / la vasta y vaga y necesaria muerte”.
En “Tríada” se refiere a la muerte como un alivio de la vida:
“(…) El alivio que habrá sentido Carlos Primero al ver el alba en el cristal y pensar: hoy es el día del patíbulo, del coraje y del hacha.”
“El alivio que tú y yo sentiremos en el instante que precede a la muerte, cuando la suerte nos desate de la triste costumbre de ser alguien y del peso del universo”.
‐  La esperanza en el Eclesiastés y en Borges.
El Eclesiastés se recupera de la desesperanza con la creencia en un juicio final. No sabemos si son los mismos escritores o una edición posterior, pero el texto retoma la esperanza en que, pese a que nuestra razón es vana y está dominada por el deseo, nosotros podemos cumplir la Ley.
“Y me dije: Dios juzgará al justo y al impío, porque toda cosa tiene su tiempo y toda acción tendrá su juicio”. (23)
“Pero yo sé que la dicha es para los que temen a Dios, precisamente porque le temen; y que no hay dicha para el malvado, quien, como sombra, no prolonga su vida, porque no tiene temor de Dios”. (24)
“Porque Dios juzgará todas las acciones, todo lo que está oculto, (…)”
Entonces habrá juicio y habrá dicha para los que temen a Dios.
En Borges también aparece, bien que de otro modo, la esperanza. En efecto, en varios poemas se refiere a la fascinación de descubrir el otro lado de la muerte, de cruzar el límite.
Borges se refiere repetidas veces a ciertos “arquetipos y esplendores” que veremos después de la muerte. La muerte se convierte en un acto final y fascinante, el preludio de cruce al otro lado, adonde están esos arquetipos y esplendores.
Aparecen en el poema escrito en ocasión de la muerte de su padre:
A mi Padre”

“Tú quisiste morir enteramente,
la carne y la gran alma.
(…)
Te hemos visto morir sonriente y ciego.
Nada esperabas ver del otro lado,
pero tu sombra acaso ha divisado
los arquetipos últimos que el griego
soñó y que me explicabas. Nadie sabe
de qué mañana el mármol es la llave.”

(23) Ecl. 3.19, 20.

(24) Ecl. 8, 12‐13

En “Baltasar Gracián” Borges recuerda a este jesuita escéptico e irónico, que se burlaba de la poesía. Se pregunta en el poema qué habrá sido de Gracián cuando se enfrentó a la Verdad:

“Laberintos, retruécanos, emblemas,
helada y laboriosa nadería,
fue para este jesuita la poesía,
reducida por él a estratagemas.

No hubo música en su alma; sólo un vano
herbario de metáforas y argucias
y la veneración de las astucias
y el desdén de lo humano y sobrehumano.

No lo movió la antigua voz de Homero
ni esa, de plata y luna, de Virgilio;
no vio al fatal Edipo en el exilio
ni a Cristo que se muere en un madero.

A las claras estrellas orientales
que palidecen en la vasta aurora,
apodó con palabra pecadora
gallinas de los campos celestiales.

Tan ignorante del amor divino
como del otro que en las bocas arden,
lo sorprendió la Pálida una tarde
leyendo las estrofas del Marino.

Su destino ulterior no está en la historia;
librado a las mudanzas de la impura tumba
el polvo que ayer fue su figura,
el alma de Gracián entró en la gloria.

¿Qué habrá sentido al contemplar de frente
los Arquetipos y los Esplendores?
quizá lloró y se dijo: Vanamente
busqué alimento en sombras y en errores.

¿Qué sucedió cuando el inexorable
sol de Dios, La Verdad, mostró su fuego?
Quizá la luz de Dios lo dejó ciego
en mitad de la gloria interminable.

Sé de otra conclusión. Dado a sus temas
minúsculos, Gracián no vio la gloria
y sigue resolviendo en la memoria
laberintos, retruécanos y emblemas”.

 

Baltasar Gracián es como Adán, está encerrado en el laberinto de la razón, no  puede dejarlo, su vanidad lo posee. Su condena será no ver los arquetipos, quedar prisionero de los “retruécanos y emblemas”, del lenguaje de la representación, incapaz de llegar a la verdad.
Es  visible  la  identificación  de  los  “arquetipos  y  esplendores”  de  Borges  con  las  Ideas platónicas.
Recordemos la cita de Bacon que hace Borges en El Inmortal:
«Salomón   dijo: no   hay   nada   nuevo   sobre   la   tierra. De   lo   cual   Platón   tenía   en   la imaginación,  que todo conocimiento no era sino reminiscencia; así Salomón ofrece esta sentencia: que toda novedad no es sino olvido.»
Hasta aquí la cita, pero Bacon continúa: “De donde se puede sacar la conclusión de que el Letheo fluye sobre la Tierra, tanto como en los Infiernos». (François Bacon: Essays)
En la entrada del Hades había dos fuentes; Mnemosyne y Letheo, la memoria y el ocultamiento, el olvido. Por eso la verdad es aletheia, lo que no está oculto ni olvidado.
Pero  no poseemos la aletheia, somos seres de la transición que han bebido de  las dos fuentes: Letheo, el olvido, la representación, y Mnemosyne, el recuerdo.
Y esta transición, este recuerdo de las ideas, que Platón ilustra con la alegoría de la Caverna, es la reminiscencia, algo que nos quedó entre Mnemosyne y Letheo, algo que ciertamente no es la verdad.
En vida, nuestra única aproximación desde la reminiscencia que  padecemos, a la aletheia que no tenemos, solo la proporciona la metáfora, ese recurso que Yahvé nos dejó después de la Caída, los mensajes poéticos, que están atrás de los mensajes, los mensajes que aunque estén formados por imágenes y conceptos trascienden más allá de la razón y parecen llegar hasta el alma.
Está claro entonces, porque Gracián jamás verá los arquetipos y los esplendores.
Y también está clara la esperanza de Borges, equivalente a la del Eclesiastés: en éste último se promete un juicio, en el cual se diferenciará la suerte de los temerosos de Dios, en Borges una visión angélica, los “arquetipos y esplendores”, la recuperación de aquél lenguaje perdido en la Caída.

Caín y Abel.
Hasta aquí hemos visto la relación de Borges con la misteriosa Escritura, asumiendo como la Cábala que toda escritura es de otro, del misterio o de la tradición, pero que jamás será nuestra. Somos copistas, amanuenses, como nos dice la Cábala. Porque hemos perdido el lenguaje adánico, ése que “Adán y las estrellas supieron en el Jardín” y que después de la Caída, solo nos ha quedado la representación, una burla de Dios.
Después hemos analizado nuestra relación con el misterio. En el análisis de la influencia de Job en nuestro escritor, hemos visto que Dios no está sujeto a la razón, que es inescrutable, incomprensible. Y que ésta, nuestra incomprensión absoluta, abarca tanto su Justicia, como a la naturaleza simbolizada por Behemot y Leviatán, la naturaleza agresiva, imprevisible y fatal, cuya prevención es el sino de nuestras vidas.
En el análisis del Eclesiastés y su influencia en Borges, hemos visto la vacuidad, la “vanidad” del intelecto, que nada puede saber de verdad. Solo nos ha quedado el ciclo y el laberinto. Que  solamente con metáforas, “arquetipos y esplendores”, que podrían existir cruzando la incierta frontera de la vida, podríamos acercarnos a la verdad.
Ahora veremos la figura de Caín y Abel, que han tenido profunda influencia en Borges. Y también veremos su comprensión de estas figuras, la razón, si es que es una razón, por la cual Borges las iguala, casi las une.
Siempre es bueno recordar la simpleza, a veces brutal, la brevedad contundente de las metáforas bíblicas, que con su profundidad han hecho que deliberemos durante siglos. En Génesis, 4, 5, dice sobre Caín y Abel:
“Abel fue pastor de ovejas y Caín agricultor. Al cabo de un tiempo, Caín presentó a Yahveh una oblación de los frutos de la tierra. También Abel ofreció primogénitos de sus ovejas, con su grasa. Yahveh se complació en Abel y en su ofrenda pero no en Caín y en la suya. Esto irritó a Caín sobremanera y tenía el semblante abatido (…).
Dijo Caín a Abel, su hermano: “vamos al campo. Y cuando estuvieron en el campo, Caín se lanzó sobre Abel, su hermano, y lo mató”.
Borges se refiere varias veces al mito de Caín y Abel, para poner en evidencia nuestra condición envidiosa, que es nuestra condición diabólica. No olvidemos que el ángel preferido, se convierte en Satán por la envidia y que con la envidia produce la tentación en Adán y Eva.
En la “Milonga de dos hermanos”, los famosos hermanos Iberra, Borges plantea la envidia en el marco de la violencia ínsita en la historia argentina:

“Traiga cuentos la guitarra
de cuando el fierro brillaba,
cuentos de truco y de taba,
de cuadreras y de copas,
cuentos de la Costa Brava
y el Camino de las Tropas.

Venga una historia de ayer
que apreciarán los más lerdos;
el destino no hace acuerdos
y nadie se lo reproche
ya estoy viendo que esta noche
vienen del Sur los recuerdos.

Velay, señores, la historia
de los hermanos Iberra,
hombres de amor y de guerra
y en el peligro primeros,
la flor de los cuchilleros
y ahora los tapa la tierra.

Suelen al hombre perder
la soberbia o la codicia:
también el coraje envicia
a quien le da noche y día
el que era menor debía
más muertes a la justicia.

Cuando Juan Iberra vio
que el menor lo aventajaba,
la paciencia se le acaba
y le fue tendiendo un lazo
le dio muerte de un balazo,
allá por la Costa Brava.

Así de manera fiel
conté la historia hasta el fin;
es la historia de Caín
que sigue matando a Abel”.

El poema, sin dudas está inspirado en la simplicidad del texto bíblico, no hay hipérboles ni complejidades para mostrar la envidia.
Y esto es así porque todos padecemos de envidia, que está ínsita en nuestro deseo animal y en nuestro intelecto. La etimología es evidencia, como en muchos otros casos: envidia proviene del latín “invidia”, “ver mal”, echar “mal de ojo”, “aojar”, que es el deseo y la acción del mal.
La envidia no es más que el intelecto que pone en marcha la voluntad, para satisfacer el deseo de poseer lo de otro a cualquier costo, en el caso ese costo es la vida del otro.
En el poema hay dos sujetos y uno mata al otro por envidia.
El hombre no necesita una explicación sobre la envidia, es parte nuestra.
Pero Borges también ve a  Caín y Abel como metáforas de nuestra conciencia, como polvo y soplo, las dos partes indivisibles de nuestra alma, unidas por la razón, por el intelecto.
El intelecto es neutro, es un puro instrumento que puede servir a Caín, el deseo, o a Abel, el espíritu.
Nuestro íntimo ser, nuestra consistencia, se cifra en el intelecto, en la transición, en la Neshama. Somos seres de la transición. Pero el intelecto es puro instrumento. Nada decide. Está siempre sujeto al deseo o al espíritu, o a ambos armonizados.
En ese sentido, todos somos Caín, la irresistible potencia del deseo que sopla como una tempestad, el eros que hace que podamos sobrevivir. Y todos somos Abel, el espíritu que armoniza al deseo.
Caín y Abel representan en esta visión al cuerpo y al espíritu, al instinto puro de vivir y al misterio de no saber. A nuestra eterna dualidad, que nace del polvo de que estamos hechos y del soplo de Yahvé que nos dio la vida, ambas dimensiones que conviven en nuestra alma.
En “Génesis, 4, 8,” Borges nos dice:

“Fue en el primer desierto.
Dos brazos arrojaron una gran piedra.
No hubo un grito. Hubo sangre.
Hubo por vez primera la muerte.
Ya no recuerdo si fui Abel o Caín.

Recordemos que Génesis 4, 8; es precisamente el versículo en que se narra el asesinato del Abel: “Y cuando estuvieron en el campo, Caín se lanzó sobre Abel, su hermano, y lo mató”.
‐  El deseo Caín, armonizado por el espíritu, Abel:
Quizás si continuamos con la lectura del Génesis se pueda entender mejor su significado.
“Y dijo Caín a Jehová: Grande es mi castigo para ser soportado.
He aquí me echas hoy de la tierra, y de tu presencia me esconderé, y seré errante y extranjero en la tierra; y sucederá que cualquiera que me hallare, me matará.
Y le respondió Jehová: Ciertamente cualquiera que matare a Caín, siete veces será castigado. Entonces Jehová puso señal en Caín, para que no lo matase cualquiera que le hallara.
Salió, pues, Caín de delante de Jehová, y habitó en tierra de Nod, al oriente de Edén.
Y conoció Caín a su mujer, la cual concibió y dio a luz a Enoc; y edificó una ciudad, y llamó el nombre de la ciudad del nombre de su hijo, Enoc.
(…)
Y Lamec tomó para sí dos mujeres; el nombre de la una fue Ada, y el nombre de la otra, Zila.
Y Ada dio a luz a Jabal, el cual fue padre de los que habitan en tiendas y crían ganados.
Y el nombre de su hermano fue Jubal, el cual fue padre de todos los que tocan arpa y flauta. Y Zila también dio a luz a Tubal‐Caín, artífice de toda obra de bronce y de hierro”
Caín es protegido por Yahvé, porque debemos permanecer como Él nos creó, con la dualidad
cuerpo / alma; Caín / Abel. Por eso quién le matare a Caín, “siete veces será castigado”. Siete es el número de la Creación, que se hizo en siete días.
Caín y los cainitas son los fundadores de la civilización, Caín significa, “forjador, herrero”. Caín es nuestro deseo de vivir. Caín armonizado por el espíritu Abel, usa a nuestro intelecto para protegernos de la naturaleza fatal, la naturaleza de Behemot y Leviatán.
Es el deseo cainita, el deseo material, el que nos impulsa a ser agricultores, a fundar ciudades, a criar ganados, a tener música (flauta) y poesía, (arpa), a desarrollar los metales, a luchar por la vida.
Este es el deseo armonizado por el espíritu, por Abel. Abel significa “el que estaba con Dios, el efímero, el aliento,” y representa al soplo, al espíritu. (Al soplo que da la vida a la arcilla).
Mientras Abel viva en nosotros, no nos gobernará el puro deseo. Mientras viva el espíritu, mientras el alma esté en nuestra conciencia tendremos libertad y seremos hombres, seremos distintos de los demás animales.
Pero también puede suceder que el deseo “asesine” a Abel, el espíritu, que Abel el armonizador no esté más presente en nuestra conciencia, que nuestra conciencia se quede sin alma, que solamente busque la satisfacción del deseo, del deseo de poder, del deseo sexual, del dominio de la naturaleza.
Entonces Caín ‐ el deseo, dominará a la razón, como el Minotauro en el Laberinto. El intelecto será  instrumento  de  nuestro  deseo  desordenado,  exaltado,  ilimitado,  y  perderemos  la libertad, y seremos como los demás animales, como dice el Eclesiastés.
Porque es preciso decir que así como la civilización depende de Caín – el deseo, la libertad depende del espíritu ‐ Abel.
El puro deseo, Caín, es fatal y tiene siempre destino: el poder y el placer. Sometido a Caín, sujeto al deseo, el hombre carece de libertad, está sujeto a un modelo que repetirá sin poder elegir. Ya no será un hombre, porque el hombre es libertad.
Abel, el espíritu ya nada engendrará, estará ausente, muerto, y nuestro intelecto gobernado por el deseo, será incapaz de vivir en libertad.
Caín, el deseo sin la armonía del espíritu es la negación de la dualidad, es el predominio del polvo sobre el soplo, la muerte de Abel, y por sobre todo, de la libertad que nos distingue de los animales.
Por eso aquí Borges, nos señala que el verdadero asesino, el deseo, la materia, Caín, está presente en todos nosotros y que puede “dar muerte” al espíritu ‐ Abel.
Entonces la génesis de la envidia y de la venganza, no sería otra que la desarmonización de Caín nuestro deseo animal, que en lugar de ordenarse mediante Abel, el espíritu, logra que éste sucumba y coloca al intelecto a su servicio.
La muerte de Abel implica la extinción de la libertad, del soplo con que Yahvé nos creó a su “imagen y semejanza”, el sometimiento de la razón a la saciedad inexorable del deseo, como si fuésemos iguales a cualquier otro animal.
De nuevo en “Leyenda”, texto incluido en el “Elogio de la Sombra”, Borges enfatiza que Caín y Abel representan nuestra dualidad, nuestro polvo y nuestro soplo que desde la creación conviven. Y también que en los momentos de oscuridad, Caín, la civilización, el deseo de vivir, el eros, “matará” al espíritu, a Abel, que es “efímero” y que desaparecerá.
Dice “Leyenda”:
“Abel y Caín se encontraron después de la muerte de Abel. Caminaban por el desierto y se reconocieron desde lejos, porque los dos eran muy altos. Los hermanos se sentaron en la tierra, hicieron un fuego y comieron. Guardaban silencio, a la manera de la gente cansada cuando declina el día. En el cielo asomaba alguna estrella, que aún no había recibido su nombre. A la luz de las llamas, Caín advirtió en la frente de Abel la marca de la piedra y dejó caer el pan que estaba por llevarse a la boca y pidió que le fuera perdonado su crimen.
Abel contestó:
¿Tú me has matado o yo te he matado? Ya no recuerdo; aquí estamos juntos como antes.
—Ahora sé que en verdad me has perdonado —dijo Caín—, porque olvidar es perdonar. Yo trataré también de olvidar.
Abel dijo despacio:
—Así es. Mientras dura el remordimiento dura la culpa”.
Borges juega con la hipótesis que hemos señalado antes.  El espíritu, Abel, solo ha muerto simbólicamente, en realidad se ha oscurecido, se ha quedado sin luz, (sin la luz de la razón), opacado por el deseo que se apoderó del intelecto.
Pero  puede  renacer,  porque  la  posibilidad  de  la  libertad  cifrada  en  el  soplo  de  Yahvé, sobrevive a los ataques del deseo, del Caín que llevamos adentro.
Ese renacimiento espiritual, la armonización del deseo mediante el intelecto, ordenada por el espíritu, la armonización de Caín y Abel que los vuelve nuevamente hermanos, sólo se consigue con el olvido que en nosotros, los hombres, equivale al perdón.
Nosotros, seres del intelecto y de Mnemosyne, no podemos perdonar, sólo podemos olvidar, extinguir de la memoria. Porque el perdón, es un acto puramente espiritual del que no somos capaces.
“Sólo Dios puede perdonar pecados,” se dicen los discípulos en Marcos, 2, 5. Sólo Dios puede, porque Él no depende de la memoria, ni de la razón, siendo puro espíritu, no está condicionado por la representación.
Por eso nuestro “perdón”, que es en realidad olvido, nace cuando se extingue todo recuerdo, cuando la memoria queda vacía de todo “remordimiento” o “culpa”.
Cuando Abel perdona a Caín renace el soplo, renace el espíritu armonizador y Caín, el deseo, se dirige hacia la vida.

Julio Crivelli. Borges y la Biblia. Be Cult. Revista Be Cult.

Adán y Cristo, del Jardín al Laberinto.
Adán y Cristo muchas veces están relacionados por Borges. Adán es quién vivió en el Jardín del lenguaje adánico, de la verdad y quién lo perdió con su vanidad. Cristo en cambio nació en el Laberinto, es hombre y aunque tiene la razón dominada por el deseo, es capaz de abrir un camino para que el hombre pueda volver al Jardín.
Adán siempre es un símbolo en Borges, nunca un personaje. Cumple el rol del recuerdo del Paraíso, como en “Adam Cast Forth”:

“¿Hubo un Jardín o fue el Jardín un sueño?
Lento en la vaga luz, me he preguntado,
Casi como un consuelo, si el pasado
De que este Adán, hoy mísero, era dueño,
No fue sino una mágica impostura
De aquel Dios que soñé. Ya es impreciso
En la memoria el claro Paraíso,
Pero yo sé que existe y que perdura,
Aunque no para mí. La terca Tierra
Es mi castigo y la incestuosa guerra
De Caínes y Abeles y su cría.
Y, sin embargo, es mucho haber amado,
Haber sido feliz, haber tocado
El viviente Jardín, siquiera un día”.

Después de descartar el engaño de un Dios gnóstico, un Dios soñado, perverso o equivocado, Adán nos da aquí la certeza de la existencia pasada del Paraíso, adonde no había tiempo, sino eternidad, adonde no había espacio sino infinito, y adonde no había representación, sino verdad.
Por supuesto, el Paraíso se perdió, como todos los paraísos, pero nuestra vida es imposible sin la creencia, tan infundada como imprescindible, en un paraíso en que gocemos de la verdad.
Más allá de nuestra perversión, “de la incestuosa guerra” y de nuestro deseo animal que nos domina, necesitamos los “arquetipos” para sobrevivir.
Para Borges, Adán es el símbolo de los hombres después de  la  Caída. Somos nosotros, seres expulsados del Paraíso, carentes del lenguaje adánico y de la eternidad, nosotros como seres de la reminiscencia, de la transición, condenados al laberinto, al ciclo, en el cual es previsible el final de todo nacimiento, adónde “no hay nada nuevo bajo el sol” correspondiendo con el Eclesiastés.
En “Adán es tu ceniza” dice:

La espada morirá como el racimo.
El cristal no es más frágil que la roca.
Las cosas son su porvenir de polvo.
El hierro es el orín.
La voz, el eco. Adán, el joven padre, es tu ceniza.
El último jardín será el primero.
El ruiseñor y Píndaro son voces
La aurora es el reflejo del ocaso.
El micenio, la máscara de oro.
El alto muro, la ultrajada ruina.
Urquiza, lo que dejan los puñales.
El rostro que se mira en el espejo.
No es el de ayer. La noche lo ha gastado.
El delicado tiempo nos modela.

Qué dicha ser el agua invulnerable
que corre en la parábola de Heráclito
o el intrincado fuego, pero ahora,
en este largo día que no pasa,
me siento duradero y desvalido.”

Aquí se impone el recuerdo del Paraíso como una necesidad vital. Adán, nosotros, sabemos que el conocimiento es vano, vacío, como lo dice el Eclesiastés, pero para vivir necesitamos soñar, necesitamos que nuestra conciencia vuele hasta el alma y podamos, tan sólo por un instante concebir la eternidad, el río de Heráclito o el Fuego del Espíritu. Ese deseo sobrevive en las metáforas, en esos intentos casi heroicos por construir una verdad con nuestros pobres instrumentos, los conceptos y las imágenes.
Somos seres condenados a la representación y a la reminiscencia.
‐  Adán y Cristo:
Otras veces Borges relaciona a Adán con Cristo, al Jardín simbólico, con el Laberinto de la existencia, a un pasado que no existe sino en la memoria.
En “El Instante” nos dice:

“¿Dónde estarán los siglos, dónde el sueño
de espadas que los tártaros soñaron,
dónde los fuertes muros que allanaron,
dónde el Árbol de Adán y el otro Leño?
“El presente está solo. La memoria
erige el tiempo.” (…)
El hoy fugaz es tenue y es eterno;
Otro Cielo no esperes, ni otro Infierno”.

El   poema   se   cuestiona  sobre   el   tiempo,   que   siendo   solamente   una   “categoría   de la  conciencia”, simplemente no “existe”.
Y esta desilusión kantiana, ¿también abarca nuestra ilusión de pasado? ¿Al Árbol del Paraíso de  Adán, y al Leño del Gólgota, que es la promesa de futuro de un Dios que vino a salvarnos? ¿Entonces no hay recuerdos ni promesas?
‐  Cristo:
El Cristo de Borges tiene distintas presencias, la de una persona en la historia, la de un héroe trágico, la de un hombre que completa un misterioso plan de Dios. Veremos las tres:
‐  Cristo en la Historia.
La persona de Cristo acá es el hombre real, el que cae tres veces camino al Gólgota, el que siente el abandono de Dios en Mateo 27, 46, y dice
¡“Elohim, Elohim, lema sabactani”! “¡Señor, Señor, porque me has abandonado!”
En el poema “Cristo en la Cruz”, Borges retrata un Cristo totalmente humano.
Es  casi  un  hombre cualquiera durante todo  el  poema,  ni  siquiera sabemos por qué está condenado.
Sólo al final, Borges testimonia su admiración por el Cristo Maestro, por el que nos dejó la doctrina del perdón y la misericordia.

“Cristo en la cruz”.
“ Los pies tocan la tierra.
Los tres maderos son de igual altura.
Cristo no está en el medio. Es el tercero.
La negra barba pende sobre el pecho.
El rostro no es el rostro de las láminas.
Es áspero y judío.
No lo veo y seguiré buscándolo
hasta
el día último de mis pasos por la tierra.
(…)

Sabe que no es un Dios y que es un hombre que muere con el día.
No le importa.
Le importa el duro hierro de los clavos.
No es un romano. No es un griego. Gime.
Nos ha dejado espléndidas metáforas
y una doctrina del perdón que puede anular el pasado.
(Esa sentencia la escribió un irlandés en una cárcel.)
El alma busca el fin, apresurada.
Ha oscurecido un poco. Ya se ha muerto.
Anda una mosca por la carne quieta.
¿De qué puede servirme que aquel hombre haya sufrido, si yo sufro ahora?”

En los “Evangelios apócrifos”, Borges de nuevo trata a Cristo como a un hombre, como a un sabio maestro:
“(…) lo que importó al principio fue la nueva de que el Hijo de Dios había sido, durante treinta y  tres años, un hombre, un hombre flagelado y sacrificado cuya muerte había redimido a todas las generaciones de Adán. (…)”
“Más allá de nuestra falta de fe, Cristo es la figura más vívida de la memoria humana. Le tocó en suerte predicar su doctrina, que hoy abarca el planeta, en una provincia perdida. Sus doce discípulos eran iletrados y pobres. Salvo aquellas palabras que su mano trazó en la tierra y que borró en seguida, no escribió nada. (También Pitágoras y el Budha fueron maestros orales.) No usó nunca argumentos; la forma natural de su pensamiento era la metáfora. […] joven, murió oscuramente en la cruz, que en aquel tiempo era un patíbulo y que ahora es un símbolo. Sin sospechar su vasto porvenir Tácito lo menciona al pasar y lo llama Chrestus. Nadie como él ha gobernado, y sigue gobernando, el curso de la Historia (…).
En lugar de la justicia despiadada de Yahvé,  Cristo es el sabio que nos deja la doctrina de la misericordia, la del perdón, como camino de regreso hacia la Verdad que perdimos después de la Caída. Es un hombre.
‐  Cristo, el héroe trágico, el desafío al lenguaje, el comienzo del misterio.
Pero también hay un Cristo que es un héroe trágico. Siempre lo trágico es misterioso, porque desafía a la razón impotente, al lenguaje. ¿Por qué determinados hombres tienen un destino tremendo e inexorable? ¿Será porque tienen el “alma enferma”, como pensaban los griegos?
¿Son hombres o tienen alguna vinculación con Dios, o con los Dioses?
Todas  estas  preguntas nos  deja  Borges  después  de  la  lectura  del  “Evangelio  según  San Marcos”.
Recordemos a Baltasar Espinosa, el protagonista, que como vimos, nos recuerda “que los hombres, a lo largo del tiempo, han repetido siempre dos historias: la de un bajel perdido que busca por los mares mediterráneos una isla querida, y la de un Dios que se hace crucificar en el Gólgota.”
Espinosa es invitado a una estancia en Junín, en la que queda aislado totalmente por una inundación.  Los  únicos  habitantes  de  la  estancia  son  los  “Gutres”,  una  extraña  familia
compuesta por padre, hijo e hija. Analfabetos, con caras aindiadas y pelirrojos.
En la soledad y el aislamiento, Espinosa y los Gutres traban una relación de maestro a discípulos, una relación basada en el cariño de Espinosa y el respeto reverencial de los Gutres.
Espinosa descubre una Biblia inglesa con anotaciones en la biblioteca de la estancia. Allí hay anotaciones sobre el origen de los Gutres, y descubre que los Gutres son de ascendencia inglesa, Guthrie es su verdadero apellido. Aislados y mezclados con los indios se convirtieron en esta rara estirpe.
Espinosa decide iniciarlos en la lectura del Evangelio de San Marcos, que despierta inusitado interés en los Gutres.
Quizás para subrayar la esencia humana de Espinosa, Borges cuenta que la noche anterior al desenlace, la hija va desnuda a la cama de Espinosa y “conoce” su primer hombre. Borges usa aquí el término bíblico que identifica la relación sexual.
Seguimos textualmente con el relato, cuyo dramatismo es casi imposible de imitar. Dice Borges: “El día siguiente comenzó como los anteriores, salvo que el padre habló con Espinosa y le preguntó si Cristo se dejó matar para salvar a todos los hombres. Espinosa, que era librepensador pero que se vio obligado a justificar lo que les había leído, le contestó:
‐Sí. Para salvar a todos del Infierno. Gutre le dijo entonces:
‐¿Qué es el Infierno?
‐Un lugar bajo Tierra donde las ánimas arderán y arderán.
‐¿Y también se salvaron los que le clavaron los clavos?
‐Sí ‐replicó Espinosa, cuya teología era incierta. (…) Las aguas están bajas. Ya falta poco.
‐Ya falta poco ‐repitió Gutre, como un eco.
Los tres lo habían seguido. Hincados en el piso de piedra le pidieron la bendición. Después lo maldijeron, lo escupieron y lo empujaron hasta el fondo. La muchacha lloraba. Espinosa entendió lo que le esperaba del otro lado de la puerta. Cuando la abrieron, vio el firmamento. Un pájaro gritó; pensó: es un jilguero. El galpón estaba sin techo; habían arrancado las vigas para construir la Cruz”.
Borges nos deja aquí un enigma irresoluble. ¿Qué nos lleva a un final trágico? ¿Un origen de pecado, de alma enferma como a los héroes griegos y a Adán? ¿Tenía Espinosa un alma enferma?
¿O será la mera repetición de los pasos de la tragedia, la narración de su historia, la que define el destino trágico? Espinosa es un hombre cualquiera, que repitiendo una narración llega él mismo al final trágico y tremendo del relato que cuenta.
¿Entonces es la narración, en otros términos, es el lenguaje todopoderoso de Dios, el que define el destino? ¿Y no volvemos entonces a la Cábala? Borges acá se pregunta si así como el universo fue creado  con la  Palabra, el  destino trágico  del hombre no será  también una creación de la Palabra, de la palabra que repetimos en nuestros ciclos, después del olvido, creyendo que creamos.
Baltasar Espinosa es víctima de un destino que no fija su alma, sino de las palabras que ha pronunciado y que le gobiernan, porque como en la Cábala, la palabras que ocultas yacen atrás de las aparentes, son las que fijan nuestro destino.
Hay  un  lenguaje  que  está  atrás  del  lenguaje,  un  mensaje  oculto  atrás  del  mensaje,  la metáfora, el lenguaje hermético, un lenguaje que nos gobierna sin nuestro conocimiento.
Un lenguaje poderoso, fatal, que no es determinado por el destino, sino que lo determina, palabras que pronunciadas, nos conducen prisioneros de ellas a un sitio fatal. ¿La tragedia es entonces un lenguaje de Dios?
‐  Cristo, el ejecutor del Plan de Dios.
Pero el más misterioso de los Cristos es el que ejecuta un Plan de Dios. Hemos partido de un Cristo que es un hombre real, un sublime maestro que muere dejando una doctrina. Después hemos visto un Cristo que es héroe trágico, alguien que lleva en su alma un destino fatal, inexorable. Y como en cualquier tragedia no sabemos la causa de ese destino. Solo nos indica Borges que “que los hombres, a lo largo del tiempo, han repetido siempre dos historias: la de un bajel perdido que busca por los mares mediterráneos una isla querida, y la de un Dios que se hace crucificar en el Gólgota.”
Entonces quizás sean las palabras las que conducen al destino.
Pero ahora veremos al Cristo de “Juan 1, 14”, el Cristo que es puro misterio.
Al principio de esta charla nos hemos referido al poema “Juan 1, 14,” que refiere al versículo del célebre prólogo del Evangelio según San Juan, el más misterioso y metafísico de los Evangelios, en el que se encuentra el enigma jamás resuelto:
En el principio era el Verbo y el Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros”. (Juan, 1, 14.)
Quizás sea esta la historia de Cristo que más fascina a Borges, la del Plan de Dios: redimir al hombre, perdido por el pecado de vanidad, mediante el perdón y la misericordia.
A tal punto, que dedica a este versículo de Juan 1, 14, dos poemas, el que hemos visto, que forma parte de “El otro, el mismo” y un soneto, que forma parte del “Elogio de la Sombra”.
Tal como vimos, en el primer “Juan 1, 14”, Borges vuelve sobre el tema del Misterio de la
Encarnación visto como tiempo y como lenguaje. Dice:
“Yo que soy el que Es, el que Fue y el que Será, Vuelvo a condescender al lenguaje,
Que es tiempo sucesivo y emblema.”
“Yo soy el que Es” remite a “Yo Soy el que Soy”, las palabras que le dice Yahvé a Moisés desde la zarza ardiente, en “Éxodo, 3”. Dios no “existe”, porque todo lo existente ha sido creado, a diferencia de Él, que es pura esencia, puro Ser, nadie lo creó, es el primer motor inmóvil, la misteriosa contradicción, origen de todo.
Este Cristo de Borges nos está diciendo que él, Cristo, es Dios.
Pero  también  ha  condescendido  a  ser  un  hombre,  ya  ha  sucedido  el  Milagro  de  la Encarnación, por eso igual que nosotros está sometido al tiempo, esa categoría del entendimiento, ese límite esencial de nuestra conciencia y de nuestra impotente razón. Por eso es que este Cristo humano, es también es el que Fue y el que Será.
Sometido al tiempo, lo gobierna nuestro lenguaje de representación, ha
“condescendido al lenguaje” y, como nosotros, es un “animal que habla”, como llamaban los griegos a los hombres, siendo humano no hay alternativa: somos lenguaje.
Y el lenguaje es “tiempo sucesivo”, que fluye inexorable y vertiginoso en el río de Heráclito, que nos desespera porque sabemos que es inaprensible con los “emblemas”, que son estáticos,  retratos  de  un  instante,  falsos  desde  su  producción  en  nuestra  conciencia atribulada.
Y continúa Borges en Juan 1, 14, enumerando la experiencia de lo humano, y enumera, porque como hemos visto en el Eclesiastés, sólo tenemos como recurso para el conocimiento, la enumeración caótica de Daneri en El Aleph.:

“Quien juega con un niño juega con algo
cercano y misterioso;
yo quise jugar con Mis hijos.
Estuve entre ellos con asombro y ternura.
Por obra de una magia
nací curiosamente de un vientre.
Viví hechizado, encarcelado en un cuerpo
y en la humildad de un alma.
Conocí la memoria,
esa moneda que no es nunca la misma.
Conocí la esperanza y el temor,
esos dos rostros del incierto futuro.
Conocí la vigilia, el sueño, los sueños,
la ignorancia, la carne,
los torpes laberintos de la razón,
la amistad de los hombres,
la misteriosa devoción de los perros.
Fui amado, comprendido, alabado
y pendí de una cruz.
Bebí la copa hasta las heces.
Vi por Mis ojos lo que nunca había visto:
(…)
He encomendado esta escritura a un hombre cualquiera;
no será nunca lo que quiero decir,
no dejará de ser su reflejo.
Desde Mi eternidad caen estos signos.
Que otro, no el que es ahora su amanuense, escriba el poema.
Mañana seré un tigre entre los tigres
y predicaré Mi ley a su selva,
o un gran árbol en Asia.
A veces pienso con nostalgia
en el olor de esa carpintería”.

Este Cristo viene por amor, para experimentar la única creación que nos ha quedado a los hombres, el misterio de los hijos. Y habiendo “nacido de un vientre”, conoce el pasado, esa ilusión cambiante que genera la memoria, y la “esperanza y el temor” que son las formas en que vivimos el futuro, una mera noción.
También conoce los torpes “laberintos de la razón”, nuestro intelecto fallido, pura vanidad adánica, invariablemente poseído por el deseo.
Como siempre en Borges, la Escritura es dictada, Cristo se la “ha encomendado a un hombre cualquiera”, en el caso, Juan el Evangelista quién, sin otro instrumento que su pobre lenguaje de representación, poblado de imágenes y conceptos tardíos, solo podrá producir su propio “reflejo”, su poema, su aproximación al misterio, pero jamás podrá hacer brillar el reflejo de Dios.
Por eso “otro”, un poeta, un mensajero de metáforas, será el que deberá escribir el poema que, aunque más no sea por un instante, nos aproxime a la Verdad perdida.
En el segundo poema, un soneto dedicado a Juan 1, 14, en el “Elogio de la Sombra”, Borges no nos recuerda a un Cristo que retorna a su esencia después de la reencarnación, este Cristo no será ya quién “predique Mi ley a su selva”, sino que la narración termina en la absoluta incertidumbre, con la muerte en la Cruz.
Hubo Encarnación, el Verbo se hizo carne, pero no sabemos si hubo vuelta atrás de la muerte. Veamos:

Juan, 1, 14,
“Refieren las historias orientales
La de aquel rey del tiempo, que sujeto
A tedio y esplendor, sale en secreto
Y solo, a recorrer los arrabales
Y a perderse en la turba de las gentes
De rudas manos y de oscuros nombres;
Hoy, como aquel emir de los creyentes,
Harún,
Dios quiere andar entre los hombres
Y nace de una madre, como nacen
Los linajes que en polvo se deshacen,
Y le será entregado el orbe entero,
Aire, agua, pan, mañanas, piedra y lino,
Pero después la sangre del martirio,
El escarnio, los clavos y el madero”.

Julio Crivelli. Borges y la Biblia. Be Cult. Revista Be Cult.

La primera parte del poema nos refiere la historia que Las Mil y una Noches nos cuentan: Harún, un rey que sale “perderse en la turba de las gentes”.
Dicen las Mil y una Noches:
Entre diversos cuentos, se cuenta ¡oh rey afortunado! que el califa Harún al‐Raschid salió de su palacio una noche con su visir Giafar, su visir Al‐Fazl, su favorito Abu‐lshak, el poeta Abu‐ Nowas, el portaalfanje Massrur y el capitán de Policía Ahmad‐la‐Tiña. Y disfrazados de mercaderes, se dirigieron todos al Tigris y se metieron en una barca, dejándose llevar por la corriente  a  la  ventura.  Porque,  al  ver  al  califa  poseído  de  insomnio  y  con  el  espíritu preocupado, Giafar le había dicho que para disipar el fastidio nada era más eficaz que ver lo no visto todavía, oír lo no oído todavía y visitar un país que todavía no se ha recorrido.” (Las Mil y Una Noches, 515° Noche)
Borges compara a Harún con Cristo, que también “quiere andar entre los hombres”, pero no explica sus motivos. Después de nacer de un vientre, todo le será entregado, y morirá, como todos los hombres. Pero no como uno más, sino como un criminal condenado.
Quizás porque para tener, (padecer), la experiencia del hombre, es imprescindible que atraviese la máxima ignominia, que también es parte de nuestra vida.
La experiencia humana requería para ser completa, la máxima felicidad, “el orbe entero,”
pero también la más abyecta condena, “los clavos y el madero”.
Y no sabemos si, después del “madero” volverá a su esencia divina, si retornará a la Gloria, si “predicará (Su) ley a su selva” o si simplemente quedará sepultado en Jerusalén, igual que los otros dos crucificados.
Borges no lo resuelve y nos deja en la incertidumbre.
La misma que él tiene sobre la resurrección, tema sobre el que no se pronunciará.
En Paradiso, XXXI, 108, Borges se refiere a este sueño del hombre, al sueño de haber visto a Dios, como Adán le vio, o mejor, como Dante dice que Adán le vio. (25)
“Diodoro Sículo refiere la historia de un Dios despedazado y disperso. ¿Quién, al andar por el crepúsculo o al trazar una fecha de su pasado, no sintió alguna vez que se había perdido una cosa infinita?
Los hombres han perdido una cara, una cara irrecuperable, y todos querrían ser aquel peregrino (soñado en el empíreo, bajo la Rosa) que en Roma ve el sudario de la Verónica y murmura con fe: «Jesucristo, Dios mío, Dios verdadero ¿así era, pues, tu cara?
Una cara de piedra hay en un camino y una inscripción que dice: El verdadero Retrato de la Santa Cara del Dios de Jaén; si realmente supiéramos cómo fue, sería nuestra la clave de las parábolas y sabríamos si el hijo del carpintero fue también el Hijo de Dios. (…)
Perdimos esos rasgos, como puede perderse un número mágico, hecho de cifras habituales;
como se pierde para siempre una imagen en el calidoscopio. (…)
Tal vez un rasgo de la cara crucificada acecha en cada espejo; tal vez la cara se murió, se borró, para que Dios sea todos.
Quién sabe si esta noche no la veremos en los laberintos del sueño y no lo sabremos mañana.”
Recordemos que la entrada al Paraíso es el apogeo místico de la Divina Comedia. Aquí es adonde Dante cambia de guía, su guía ya no será Virgilio, que representa la razón, sino Bernardo de Claraval, que representa el misterio y la fe.
En el canto al que alude Borges, Dante se pregunta si será posible ver de nuevo el rostro de Dios,  como  está  en  inscripto  en  el  lienzo  de  Verónica (26).  Si  esto  fuese  posible  nuestros enigmas estarían resueltos.
Y Borges no resuelve. Para él Cristo sigue siendo puro misterio, “tal vez la cara se murió, se borró” o tal vez la veremos en los “laberintos del sueño”.
Queda entonces Cristo como una inalcanzable meta poética, cerca del Bernardo místico, lejano de la razón.

(25) Qual è colui che forse di Croazia /viene a veder la Veronica nostra,/ che per l’antica fame non sen sazia,/ma dice nel pensier, fin che si mostra: /’Segnor mio Iesù Cristo, Dio verace, /or fu sì fatta la sembianza vostra?’, Divina Commedia, Paradiso XXXI, 108.
(26) Verónica, composición de “vero iconos”, la verdadera imagen, el verdadero rostro de Dios.

‐  Conclusiones.
En nuestro recorrido hemos visto la fascinación de Borges con el misterio de la Biblia.
Borges no es un creyente, es un perplejo, es alguien que ha buscado acercarse a este sino inescrutable que es el relato bíblico.
La metáfora borgiana es, como hemos visto muchas veces a lo largo de este trabajo, un eco de la metáfora bíblica, un intento inútil y a veces sublime, destinado a oír la voz de Dios.
Y en esos intentos, como Anaximandro o como Maimónides, nos deja, perplejos, al borde del abismo, contemplando la impotencia de nuestro intelecto, la imposibilidad de entender.
Borges tiene desconfianza de los “intelectuales de Dios”, de quiénes creen que con la razón pueden llegar al misterio.
En “Spinoza” nos retrata a un heroico intelectual: Baruch Spinoza

“Bruma de oro, el Occidente alumbra
la ventana. El asiduo manuscrito
aguarda, ya cargado de infinito.
Alguien construye a Dios en la penumbra.

Un hombre engendra a Dios. Es un judío
de tristes ojos y de piel cetrina;
lo lleva el tiempo como lleva el río
una hoja en el agua que declina.

No importa. El hechicero insiste y labra
a Dios con geometría delicada;
desde su enfermedad, desde su nada,

Sigue erigiendo a Dios con la palabra.
El más pródigo amor le fue otorgado,
el amor que no espera ser amado”.

Spinoza es un pecador, un tremendo pecador como Adán, que “construye a Dios”, un idólatra que inventa dioses, meros ídolos que labra con la “geometría”, que es precisamente la ciencia que desarrollamos para medir la Tierra, desde nuestro intelecto. Y le pone nombre a Dios ya que lo erige “con la palabra”.
En un burdo remedo, está  imitando a Dios que todo lo creó con la Palabra, es un falsario que se propone develar el misterio con la razón.
Borges no cree que podamos descubrir a Dios, ni cree en un Dios inventado por nosotros, una ficción, un ídolo que consiste en un hombre despojado de defectos.
Dios para él es el misterio, aquél ser cuyo espíritu “flotaba sobre las aguas”, en medio de las
“tinieblas que estaban sobre la faz del abismo  (…)”
En “Ajedrez”, vuelve sobre el tema de un dios inventado por los intelectuales:

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
Reina, torre directa y peón ladino
Sobre lo negro y blanco del camino
Buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada
Del jugador gobierna su destino,
No saben que un rigor adamantino
Sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
De negras noches y de blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿qué Dios detrás de Dios la trama empieza
De polvo y tiempo y sueño y agonías?”

En “Ajedrez” hay una vehemente referencia gnóstica (27). Si hay un Dios persona, es un efecto y tuvo alguna causa, Alguien lo creó, ¿otro Dios que está atrás de él? Entonces Dios es un Demiurgo, un dios inferior que tiene atrás al verdadero Dios que no conocemos.
¿Y este Dios verdadero, que está “detrás de Dios”, sabe quiénes somos, o como afirmaban los gnósticos no conoce nuestra existencia, que le es ajena?
El Ajedrez, un juego que representa al intelecto, es incapaz de resolver el enigma de Dios. En realidad, nada, ni nadie puede resolver el enigma.

(27) En brevísima síntesis: Para Platón el Demiurgo era un ordenador de la materia caótica, un principio del bien que había creado el universo inspirado en las Ideas. Los Gnósticos cambiaron esta concepción. No entendían porque en nuestro mundo reinan la maldad y el caos. Esto no era coherente con un principio del bien como creador. Así que sostuvieron que el verdadero creador era un principio de la perversión, que llamaron Demiurgo, y que el verdadero principio del bien era ajeno a la Creación. Sólo se podía llegar hasta Él mediante la Gnosis, el conocimiento, el cultivo del espíritu alejado de la materia.

En “Límites”, Borges medita sobre la muerte como un final absoluto:

“Límites”
De estas calles que ahondan el poniente,
una habrá (no sé cuál) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido

a quién prefija omnipotentes normas
y una secreta y rígida medida
a las sombras, los sueños y las formas
que destejen y tejen esta vida.
(…)

Creo en el alba oír un atareado
rumor de multitudes que se alejan;
son los que me han querido y olvidado;
espacio y tiempo y Borges ya me dejan.

Espacio y tiempo son las categorías de la conciencia, que se extinguen con ella y con la muerte. Y también le abandona su nombre, porque los nombres solo designan lo existente. No nos fue dado el Nombre de Dios.
Hay una última puerta que franquearemos, y después ya no podremos inventar murallas de conceptos que nos protejan de la adversidad, ni límites que apacigüen nuestro terror. De allí no se vuelve.
Borges una vez más nos enfrenta al misterio y a la perplejidad.
Pero en esta hipótesis de muerte absoluta, hay atrás de la apariencia verbal un miedo al cruce del límite, que es el título del poema. Porque igual que los griegos, Borges sabe que el intelecto solo vive adentro de un límite, de un perímetro y que después del límite, en lo ilimitado, en lo insondable, nuestra conciencia sencillamente no puede, nuestra razón es impotente, ya no existimos más.
Recuerdo a Hal, la computadora de la nave de “2001 Odisea del Espacio”, que estaba perversamente programada para dar muerte a los astronautas.
Cuando finalmente ellos van a desconectarla, Hal dice “Tengo miedo”. Hal sabe que va a atravesar el último límite.
Es lo que creo oír yo, después del último verso de “Límites.”
‐  Borges: Reflexión, ceguera, visión interior.
En los mitos la ceguera es símbolo de la sabiduría que otorga la visión interior. Así Tiresias, consejero de los Dioses que puede ver el futuro, es ciego, y es ciego el mítico Homero, cuyo nombre etimológicamente significa el “rehén”, “el que no ve.”
Edipo después de sus desdichas, se quita los ojos con los broches del vestido de Yocasta, asume la ceguera para poseer la visión interior, la sabiduría. Lo mismo Sansón, quién cegado por los filisteos, recupera su fuerza espiritual para servir por última vez a Yahvé, y derrumba el templo filisteo con su fuerza recuperada.
Y Borges. También él fue ciego y quizás dueño de una visión interior, de una visión misteriosa que intenta transmitir con sus metáforas.
¿Habrá tenido Borges iluminaciones como aquellos ciegos de los mitos? ¿Habrá escuchado a las Musas y a los indescifrables mensajes de Hermes?
¿O los de Yahvé dictando su Escritura?
¿Por qué insistió tanto en que nadie, tampoco él era un creador, sino que todos reflejábamos una tradición, un dictado?
No lo sabremos nunca.
Tenemos para siempre el testimonio iluminado de su poética del misterio: Everness:

“Sólo una cosa no hay. Es el olvido.
Dios, que salva el metal, salva la escoria
y cifra en su profética memoria
las lunas que serán y las que han sido.
Ya todo está. Los miles de reflejos
que entre los dos crepúsculos del día
tu rostro fue dejando en los espejos
y los que irá dejando todavía.
Y todo es una parte del diverso
cristal de esa memoria, el universo;
no tienen fin sus arduos corredores
y las puertas se cierran a tu paso;
sólo del otro lado del ocaso
verás los arquetipos y esplendores.”