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Aunque me muera a la izquierda

Por Cleo Suárez del Villar

Soy personaje y observador, y notario de la historia, dice el escritor y periodista colombiano, Fernando Araújo Vélez sobre su última novela publicada en Colombia que se ha convertido en una especie de suceso literario que trasciende fronteras y provoca suspicacias, lealtades, preguntas y la eterna polarización entre los de izquierda y derecha.

El título, Aunque me muera a la izquierda, ¿Una declaración de convicciones del autor o un recurso literario?

Quería que quedara la palabra «izquierda», y en la novela hay una escena en la que la protagonista está encerrada en un túnel oscuro y empieza a escribir en el aire, con las letras fluorescentes de su reloj, el nombre de don Martín Enciso, su comandante y referente, el hombre que la guió en la vida, y de ese nombre pasa a la palabra izquierda. Y escribe: Ahora que me queda a la izquierda la vida. Me gustaron la imagen y el sonido, y comencé a acortarlo y a darle más fuerza, y así fui llegando al Aunque me muera a la izquierda. Es una declaración de principios, muy arriesgada en estos momentos de tanta polarización, entendiendo «la izquierda» como una manera de enfrentar la vida, no como un partido político ni nada de eso. La izquierda, para mí, es lo otro, lo solidario, la lucha, la subversión, el amor… En últimas, lo humano.

Fernando Araújo Vélez ¿es un personaje en su literatura aunque aparezca con otros nombres?

Sí, soy personaje y observador, y notario de la historia. Uno solo puede dar de lo que tiene, y todo lo que uno hace es parte de una obra. Ni se diga con respecto a lo que uno escribe. En esta novela estoy yo, y esta novela soy yo, por supuesto, en cada coma y cada palabra, por lo que creo, por lo que amo, por lo que no creo, por lo que odio y en mis venganzas, y estoy y soy yo por mi pasado, mis gustos, mis preguntas, mi ritmo. Y en fin, mi vida, ni mejor ni peor que la vida de los demás. Simplemente, la mía. Mi historia.

Una mujer es clave en esta, tu nueva novela. ¿Fue una decisión consciente? ¿Cómo evaluaste los riesgos que implican para un hombre escribir y/o ponerse en la piel y la mente femenina?

Quise que fuera una mujer y poeta la protagonista, motivado por Anna Ajmátova, una poeta rusa, y por parte de sus luchas. Quería que la lucha fuera, en parte, desde la escritura. No logré hacer que fuera una poeta, pues la verdad es que no sé qué es la poesía, pero sí conseguí que escribiera, y a punta de diarios sueltos fue contando la historia. Quería a una mujer para que su vida fuera una especie de ejemplo de que en la vida todos tenemos problemas, obstáculos, dificultades, miedos, pero debemos superarlos. Vencernos todos los días, y a toda hora, sin lamentarnos por lo que fue la historia o por lo que nos permitieron. Todo parte de uno, y todas las obras se hacen en medio de miles de obstáculos. Por fortuna, aunque no lo creamos. Y Emilia, la protagonista, es así, y va haciendo camino al andar -como decía Machado- con sus decenas de dudas, de miedos, de venganzas, amores, ilusiones, decepciones y razones. 

¿Crees en el fin de las utopías ahora que tal parece que el fin del mundo o de la humanidad está cerca?

Creo que hay millones de utopías por ahí, pero que cambiaron los sujetos. Ahora, por infinidad de razones, la gente espera que alguien le cambie la vida, le firme las utopías en una ley, o algo por el estilo. En lugar de tomar, se pide. En lugar de hacer, se exige. Y hacer y tomar no es romper vitrinas y quemar carros, que quede claro. Y además, estamos absolutamente divididos en cientos de ismos. Los dueños del mundo no son tontos, y una de sus tantas estrategias es y ha sido históricamente la división. Dividir al rival. Lo lograron, y nosotros nos debilitamos en luchas internas de egos ridículos. Más allá de esto, y por esto, pienso que ya no se lucha por cambiar a la humanidad y por un ser humano nuevo, distinto, sino por transformar lo de cada quien. Estamos ubicados en el terreno de las conveniencias, y de la comodidad.

¿Quién gana en ti? ¿El periodista o el escritor? O como decía Ruben Darío… “un periodista y un escritor se han de confundir”.

Es que estoy convencido de que no hay Periodismo ni Literatura, hay escritores y periodistas que escriben y cuentan historias. Yo he aprendido más del Caribe por Cien años de soledad que todos los periódicos que he leído, y he aprendido más sobre el ser humano por Dostoievski y por Nietzsche, por citar solo a dos, que en mil tratados de psicología. Ni creo ni quiero creer en las divisiones y las especializaciones. Esas son creaciones del gran capitalismo y de la practicidad de los Estados Unidos, que nos hacen daño como seres humanos. Nos roban contexto. Nos enyesan, como todos los manuales y los instructivos. No sé si seré periodista o escritor, pero sí, que escribo, y que el mejor estado en el que puedo encontrarme es precisamente «en estado de escribir», que es descubriendo, buscando, errando, etc.

Ser editor de Cultura de un diario conocido e importante como es El Espectador, en Colombia ¿qué responsabilidades sientes que debes tener hacia los lectores? ¿Te condiciona?

Estar en una sala de redacción, en contacto con otras personas, me enriquece, me da ideas, me motiva. La discusión es fundamental. Las conversaciones, más allá de que se hayan ido apagando en general. Hablo de las buenas conversaciones. Escribir una columna cada semana me obliga a vivir «con el cuchillo en la garganta». Al borde del abismo. Y estar en Cultura me ha llevado a convencerme de que si hay algo que puede cambiar a la humanidad, es el arte. En la novela intento decir eso. Que son las pequeñas cosas las que empiezan a hacernos caminar por un lado o por el otro, y que esas pequeñas cosas suelen ser una frase, una canción, una película. El arte. Pero para que eso ocurra tenemos que hacerles la guerra a las mediciones y a los clicks. Ser lo más libres que podamos y poner más arte y que la gente elija. Como esta revista de ustedes, por ejemplo. No sabemos a quiénes ni en qué medida  afectaremos a alguien, pero lo que sí sabemos es que si no ponemos arte, no va a ocurrir nada.

Hay una ironía sabrosa y un buen uso de la palabra en toda tu obra. Pienso en otro de tus libros Y por favor, miénteme,  y en tus crónicas que aparecen en el diario (más que crónicas un género híbrido) ¿Cuál es la importancia que le das al lenguaje?

El lenguaje, nuestro lenguaje, es nuestra cultura, nuestro pasado y el pasado de nuestros ancestros y de nuestra gente. No surgió de la nada. Es una lenta construcción que nos dice más que las definiciones. Y el principio de una revolución debe ser desde el lenguaje. A mí me encanta saber de dónde vienen las palabras. Su historia. Descomponerlas. Y luego, ir escribiendo sin mayores ataduras. Los mayores momentos de libertad que he tenido en la vida los he vivido escribiendo, desde niño. Siempre creí que lo que escribía «era», «quedaba», que si yo me escribía, era «inmortal», por decirlo así. Me arrepiento, por ejemplo, de no haber llevado un diario, como tanta gente. En mis tiempos de aburrimiento, pues antes uno tenía tiempo de aburrirse, y por lo mismo, de desaburrirse, leía diccionarios y enciclopedias y una biblia, sobre todo por sus dibujos. Y jugaba a crear personajes imaginarios desde todo eso que leía. Estoy seguro de que todo eso me fue forjando para bien, para mal y para regular. Como suelen decir, las cosas existen cuando hay palabras que las nombran, o algo así.

¿Qué sientes al haber escrito una novela que traspasa las fronteras de Colombia y en la cual muchos se reconocen en tus personajes?

Sí. Es una novela que pudo haberse desarrollado en Buenos Aires, o en Lima o en La Paz, y los personajes que recorren sus páginas no son de aquí ni son de allá, como cantaba Facundo Cabral. Yo no creo mucho en las fronteras ni en los patriotismos. Son simples divisiones hechas por seres humanos para repartirse el poder. No es que uno por haber nacido en Colombia tenga ciertas características. Esas características las vamos adquiriendo de acuerdo con quienes nos rodean, nos educan, y por el clima y la topografía, etcétera. A mí, muy personalmente, me encantan las miradas distintas. Incluso, tratar de meterme dentro de la mente de un argentino o de un boliviano cuando se enfrenta a algo colombiano, esta novela, por ejemplo. 

Esa pérdida de ilusiones, de confianza… y esa necesidad de vivir pese a todo ¿Crees que es una característica de una generación como la tuya, la mía o es una maldición que sigue?

La pérdida de ilusiones y de confianza es inherente al ser humano, desde los tiempos más remotos, pienso yo. Somos seres que nos preguntamos. Por lo tanto, caemos en angustias y en depresiones cuando vamos descubriendo que nada tiene sentido. Somos existencialistas desde mucho antes de Camus y de Sartre. Y para salir de ahí nos mentimos. Y está bien que nos mintamos, siempre y cuando seamos conscientes una vez cada tanto de que nos estamos mintiendo. Tal vez el único fin sensato sea el vacío. Pensar en eso a mí me tranquiliza, en el sentido de que si el fin es el vacío, todo es posible, y todos terminaremos en ese mismo vacío. No tener respuestas, ese posible vacío, que no haya absolutos, nos llevan a una constante búsqueda, y esa búsqueda es la que nos hace levantarnos todos los días.

Si bien el mundo ya no se divide en izquierda y derecha, siempre se dice que la izquierda es menos propensa a las críticas. ¿Te asusta que te tilden de cobarde o traidor?

La verdad, pienso que uno debe buscar siempre la manera de rendirse cuentas a uno mismo, con la mayor crudeza y honestidad posibles. Si hablamos de traición, los de derecha dirán que se sienten traicionados con esta novela, y los de izquierda, también, y los que creen en dios y los que no. Acá el punto es con uno. Cada quien con cada quien. Cada loco con su tema, como cantaba Serrat. Hace poco leí un comentario en un grupo de alguien que dijo que era una apología a la izquierda, aunque tuvo la grandeza de admitir que no la había leído. Ya desde el título la gente empieza a buscar su lugar y a defenderse, generalmente atacando. Yo prefiero volver a Nietzsche cuando decía: «La verdad, aunque uno deba amar a su enemigo y odiar a su amigo». Obviamente que la novela no es la verdad, es mi verdad, o parte de mi verdad. Sería lindo que cada quien se tomara el tiempo para escribir la suya, y así iríamos sumando verdades y versiones.

Sabes que al googlear tu nombre y tu primer apellido aparece un ladrón de banco, tocayo tuyo… lo que me hace preguntarte si crees que la realidad supera a la ficción.

Sí, y hasta es pariente. Por eso siempre suplico que me pongan el Vélez. Me han ocurrido cosas muy graciosas por ese homónimo, y otras, no tanto. Ya es hasta divertido.

En estos días sin revoluciones, en estos días tan quietos, pienso en las viejas revoluciones y voy concluyendo que la palabra revolución pasó de moda, y me sorprendo y me angustio al comprender que las palabras y los conceptos pasan de moda, y que siempre hay alguien arriba o abajo que decide hacerlas pasar de moda porque no le convienen. Pasaron de moda las frases conciencia de clases y lucha de clases, y se enterraron las palabras proletariado, insurgencia, rebelión, y los manteles, como escribía Octavio Paz, dejaron de oler a pólvora, y los referentes, los viejos y luminosos referentes, también pasaron de moda, y ya pocos hablan de Lenin o de Trotsky, de Marx o de Engels, de Rosa Luxemburgo o de Aleksandra Kollontái, de María Cano o de Teófilo Forero, y si hablan o escriben de ellos suele ser para satanizarlos.
Aquellas viejas palabras fueron reemplazadas por confort, alegría, obediencia, humildad, y el olor a pólvora se transformó en olor a dinero. La lucha bajo una consigna común, la disciplina, el endurecimiento bajo el fuego del riesgo constante que iban conformando a los revolucionarios, según Trotsky, se convirtió en una competencia por aparentar, en un cumplir horarios dejando pasar el tiempo, sentados ante un escritorio y millones de legajos, absorbiendo lo que quieren que absorbamos, basura, y en debilidad y facilismo. El lugar de los antiguos referentes, aquellos que dieron la vida por una causa, su causa, o aquellos otros que inventaron sus mundos con una pluma o un pincel, un piano o una cámara, ciegos, epilépticos o atormentados, fue ocupado por las estrellas de la farándula, a quienes volvimos ejemplos que seguimos porque lo importante era y es y será salir en la tele.
Y miramos hacia un lado y hacia otro, y ya nada huele a pólvora, porque hasta a la palabra pólvora la han proscrito. Y miramos hacia adelante y solo percibimos más confort, más basura, más debilidad, más sonrisas postizas y más estrellas rutilantes que no dicen nada, porque precisamente no decir nada vende, adormece, nos mantiene en zonas de comodidad y nos aleja de aquel viejo dolor que era la esencia de los revolucionarios.

Fernando Araújo Vélez, es también el autor de la colección de textos breves Perturbados y de investigaciones profundas y sangrientas sobre el mundo oscuro del fútbol de las que salieron libros como Pena Máxima, El fútbol detrás del fútbol, y No era fútbol, era fraude.
Ha trabajado en los periódicos de su país de origen, La Prensa y El Tiempo y hoy lo hace desde El Espectador, del cual es editor de Cultura y del Magazín. También lo hizo en las revistas Cromos y Calle 22. En todos, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad, y a crear formas de difundirlas. Su audionovela Yo Confieso desde las páginas de El Espectador sorprende por lo novedoso del uso del género en un diario. También es un referente de opinión latinoamericano desde su columna El Caminante.