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Alex Sarian: El desafío en el arte siempre es local

Por Claribel Terré Morell

Fotos: Art Commons

Alex Sarian, nació en Canadá, país al que ha vuelto a principio de este año como CEO de Arts Commons, uno de los tres centros artísticos que por su tamaño e importancia, es prácticamente un ecosistema en la industria cultural de Canadá, dentro y hacia el mundo. Vivió su infancia y adolescencia en Argentina, donde comenzó su interés por el arte. En Estados Unidos desarrolló una importante carrera que lo ha posicionado como una de las autoridades más reconocidas en el mundo en temas de gestión cultural, el papel cívico de las instituciones artísticas y su relación con la comunidad, filantropía y financiamiento.

En apenas siete años, Sarian se convirtió en el cuarto ejecutivo en la historia del sexagenario Lincoln Center for the Performing Arts, en Nueva York, en liderar su famoso departamento de educación, la iniciativa de participación comunitaria y la programación para jóvenes y familias. Bajo su mando, en 2019 la institución alcanzó un hito único en su tipo: construir relaciones intencionales y estratégicas con todos los 51 distritos de la ciudad de Nueva York. Su experiencia en el centro lo llevó también a ser Director de Lincoln Center International -un departamento establecido para asesorar sobre proyectos culturales en todo el mundo-, Director Fundador del Fondo de Innovación Cultural del Lincoln Center -el primer programa de donaciones de la institución en asociación con la Fundación Rockefeller-, y Director de Finanzas, Desarrollo de Negocios y Operaciones para el departamento de educación del Lincoln Center durante su premiado cambio de marca y su posterior crecimiento del 200%.

Alex, un virus ha venido a cambiar e instaurar precipitadamente muchas de las ideas en las que estás trabajando desde hace años. Con un enfoque particular en nuevas audiencias, innovación y un mayor acceso a las artes, tu trabajo se centra en la aplicación de programas y estrategias que redefinen el impacto y la relevancia de la cultura en el siglo XXI. Sobre esto ya venías escribiendo un libro.
¿Se puede hablar de un nuevo modelo de cultura? ¿El público tendrá la última palabra? ¿Cómo ves la reacción de la comunidad cultural ante este nuevo escenario de cierre de lugares, inactividad laboral, suspensión de actividades?

Creo que hay que preguntarse cómo hacemos para no limitarnos a un solo modelo Irónicamente, y no es sorpresa, las artes y el proceso creativo abundan en momentos de crisis. El consumo de entretenimiento digital, tal como la creación de contenido digital, es un proceso que cada día más se democratiza, y sigue aumentando. Lo que da a entender esto, es que el problema no es un problema de creación o de consumo sino un problema de distribución. Y los centros culturales, y nosotros como gestores, no sabemos cómo evolucionar en un sistema de distribución que se basa en un modelo de negocio muy anticuado.

Mi trabajo siempre se enfocó en un modelo de gestión que se presta a la flexibilidad, al diálogo cívico, y al poder responder orgánicamente a las urgencias sociales de nuestros tiempos. El proceso creativo, para ser exitoso, se tiene que basar en estos principios, sino deja de ser relevante e impactante. El problema con la gestión es que solemos formalizarnos tanto que no nos creamos el espacio para operar creativamente. ¿Qué sentido tiene un centro cultural que no puede crecer y cambiar cuando el proceso creativo siempre nos invita al crecimiento y al cambio?

En mi opinión, los centros culturales más impactados por el virus son aquellos que se construyeron filosóficamente sobre la inflexibilidad y la noción de que embarcarse en cambios es un riesgo demasiado alto.

Dentro de varios años, cuando nos pongamos a reflexionar sobre los centros culturales que sobrevivieron al Covid, creo que vamos a poder identificar varios aspectos en común: centros que se comprometieron al diálogo con las comunidades que lo rodean, no con el fin de que el público tenga la última palabra, si no con el fin de poder crear experiencias que sean relevantes y que también desafíen.

Hay muchas cuestiones que igualan las maneras de hacer cultura en todo el mundo y otras que las alejan. No es lo mismo trabajar en Europa o en América del Norte que en Argentina, México, Perú…

Es cierto, pero para mi decir que la cultura es inaccesible, sean cuales sean las circunstancias, no tiene sentido.

Producto cultural, Arte y Tecnología, tres palabras que para muchos significan “el camino de la salvación” mientras dure la pandemia, y después.

Una plataforma digital es hoy un producto cultural de singular importancia. La mayoría del mundo artístico cultural nunca tuvo una plataforma digital desde donde mostrar sus contenidos. No hablamos de Netflix, su concepción es distinta a lo que puede ofrecer un centro cultural.
Crearla es una opción, sí. Todo el que pueda. Y después, ¿Qué? ¿Cómo hacemos para crear contenidos de interés? ¿Cómo hacemos para monetizar nuestro producto?

Cuando el Covid comenzó mucha gente comenzó a subir productos digitales gratis. Con buena intención. Se creó una expectativa y fue relativamente simple. Confluyeron productos de calidad con otros que no lo son. Esto se mantiene hoy pero a la vez, y a medida que se extiende la nueva normalidad, hay que ver como se hace y se produce la transición de tener productos gratis a poder monetizarlo. Hay ejemplos exitosos pero no es una regla general. Lo que también hay que anticipar, y ya hay estudios que lo comprueban, es que el público no va a poder sostener el consumo puramente digital de las artes. La gente se da cuenta que la experiencia de reemplazo no es duradera.

Se habla de tecnología pero no se habla todavía de las diferencia entre la traducción digital en vivo versus la creación en vivo. Una cosa es filmar algo que pasa y lo muestras y otra es crear productos especialmente para consumo nativo digital.

Cabe destacar que dentro del mundo artístico, en el sector de las artes digitales, se viene trabajando desde hace décadas creando productos artísticos de calidad, con millones de artistas y de seguidores. Corresponde que el público comience a conocerlos quizás de manera más masiva.

¿Cómo ves el futuro de los gestores culturales?

Como gestores culturales, el trabajo más difícil es siempre aprender y balancear como ser líderes mientras construyen un espacio para otros. Uno de mis dichos favoritos es: los líderes que no escuchan, eventualmente estarán rodeados de personas que no tienen nada que decir.Y eso, para un centro cultural, significa perder la relevancia, lo cual es el peligro más urgente.

Aparte de su trabajo como directivo, Alex Sarian, apoya de diversas maneras proyectos e instituciones en el mundo y es Benefactor del Círculo Internacional de Mecenas e integrante del Comite Asesor del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires.

El público no va a poder sostener el consumo puramente digital de las artes. La gente se da cuenta que la experiencia de reemplazo no es duradera.

En tiempos normales sueles hablar sobre las barreras en la participación cultural…

Hay tres barreras. La primera es la geográfica, que ahora con la experiencia que ha traído el Covid en el uso de la tecnología comienza a derrumbarse. La segunda es la financiera, cómo hago yo sino tengo los recursos, y la tercera, la más importante, es la perceptiva.

Hay gente de bajos recursos que vive en Nueva York y decía sobre el Lincoln Center: “no es para mí, no me siento identificado”. Esa barrera es la que más hay que derrumbar y es un trabajo importante y constante.

En todo el mundo hay instituciones culturales cuya percepción elitista conspira en atraer a un público que puede estar interesado pero que piensa que le está vetado por su ingreso financiero. En lugares cuyo ingreso es gratuito también ocurre lo mismo.

¿De qué depende el éxito de un centro cultural?

El éxito de cualquier centro cultural depende de tener un diálogo cívico con la ciudad o la población que los rodea.

La mentalidad de que en un centro cultural tiene que ser la autoridad quien decide todo, no es correcta. El director x dice: “Yo sé lo que necesita la gente, sé lo que le va a gustar y lo sé porque soy yo”. La mayoría de las veces se equivoca. Yo hablo siempre de la diferencia entre el intento y la percepción. Uno puede tener las mejores ideas pero si el público para el que trabajamos no lo percibe, perdimos.

¿Una buena idea es garantía?

No siempre.
La intencionalidad es una de la características que más impacta en los centros culturales. Piensan que la magia sucede dentro del centro. En la realidad no sirve de nada si montas una obra de teatro, un espectáculo y vienen siempre los mismos. A nivel educativo y comunitario es un fracaso.

Todo proyecto puede partir de una idea, pero detrás debe haber un análisis que incluya el contexto socio-cultural, la investigación, el presupuesto, las maneras de comunicar e integrar. Te pongo un ejemplo. Una compañía reconocida en Nueva York decidió dar entradas gratis a cualquier persona que se presentara en el teatro a una hora de la mañana. Tenían las mejores intenciones pero lo que terminó pasando fue que los que vivían cerca del teatro, personas de altos recursos que sí podían pagar los boletos, fueron los que se beneficiaron. Faltó la intencionalidad.

En el otro lado del espectro de las ideas, hay un mundo de gente que crea contenidos en la privacidad de su casa, que no son institucionales. Una creación que es abierta, completamente democrática se enfrenta a un modelo que tiene una visión muy estrecha. Hay que encontrar el punto medio de confluencia entre unos y otros.

¿De acuerdo a tu experiencia se puede encontrar ese medio de confluencia?

Absolutamente. Pero hace falta reimaginarse completamente el rol de un centro cultural en nuestra sociedad. Un centro cultural con privilegio institucional puede, y debe, aportar su privilegio, sus recursos, y su renombre al apoyo de artistas y otras compañías que no tienen la misma plataforma. Los artistas o las compañías cuyas reputaciones pudieron evolucionar de manera más rápida que nuestros centros y capturar orgánicamente la atención de públicos jóvenes es, probablemente, porque se pudieron mover de manera más rápida que nuestros centros culturales. Nosotros debemos aprender de su flexibilidad, y nuestro rol es apoyarlos y festejarlos.

En la cultura parece siempre haber un dilema entre lo popular y lo elitista y entre lo privado y lo estatal.

Es un tema que a mi me preocupa mucho. Entre lo popular y lo elitista, lo privado y lo estatal se crea una tensión muy sana. Si el arte se privatiza demasiado, se pierde el compromiso de acceso, a que sea parte de la vida de los ciudadanos. Si el arte depende del Estado nace también un problema que lleva a cierto inmovilismo en la creación.

Yo conocí a un gestor cultural de Berlín. Tenía pánico porque durante su carrera el gobierno le había dado dinero para montar sus obras y de pronto le había dicho que la ayuda estaría sujeta al éxito de su programación. “Hace 10 años me habrían dado dinero para una temporada entera de obras y no hacía falta que vendiera una sola butaca. Me daban dinero igual. Y al año siguiente me daban dinero igual. No había la tensión de montar obras que apelaran al público o que le gustaran. Eso cambió.”

En realidad, el público, no tendría que ser el único distintivo de éxito, pero muchas veces lo es. Cambia la relación con el dinero. Hay que buscar el impacto. Es dinero que viene con condiciones.

Yo me crié en Buenos Aires. Mi profesor en el segundo grado tocaba la guitarra. En ciertas comunidades este sentido de cultura nace con la habilidad y el acceso a la cultura. Hay ciertos rubros artísticos que desde que uno nace están. Cuando me voy a Estados Unidos es cuando veo que las artes eran un servicio de lujo. Uno no nacía con arte en la casa, no lo tenía en la escuela. La única manera era tener los recursos y pagar para tener acceso a ellos.

Los líderes que no escuchan, eventualmente estarán rodeados de personas que no tienen nada que decir.

Los gobiernos no suelen tener a la Cultura en el centro de sus preocupaciones. Para la cultura siempre faltan fondos. Ante la ausencia del Estado muchos ven en la filantropía el remedio a muchos de sus problemas.

La filantropía no es la solución a los problemas de la Cultura. Se manifiesta de diferentes maneras de un país a otro y se ha convertido en una apuesta hiperlocal. Son pocas las fundaciones que tienen causas globales. Por supuesto que las hay, como la pobreza, el Covid ahora, pero generalmente son locales. Los individuos filantrópicos también van hacia lo mismo.

Lo más importante, para mí, es siempre tener un modelo de financiamiento que tenga como prioridad diversificar los orígenes del apoyo financiero. Como anécdota interesante: el año pasado cuando trabajaba en el Lincoln Center, estábamos por embarcar en un proyecto de 450 millones de dólares para remodelar el David Geffen Hall, hogar del New York Philharmonic. Sin entrar en detalles, puedo contar con acierto que el gran porcentaje de ese presupuesto venía del sector privado, mayormente individuos. En mi puesto hoy en Canadá estamos por comenzar un proyecto de expansión y modernización que nos va a costar aproximadamente 425 millones, y está previsto que la mayoría de ese apoyo vendrá del gobierno. Son dos casos completamente opuestos, pero con el mismo nivel de riesgo: la dependencia sobre un origen de dinero.

También cabe destacar que con el desarrollo de mecanismos de incentivo para el sector privado, el papel del Estado en la cultura no debe reducirse. El peligro en que el péndulo oscile demasiado en la otra dirección podría resultar en la privatización del sector cultural, lo cual tampoco es ideal. Hay que saber cuidar de la balanza, y el rol del Estado sería el de mediar este diálogo.

Lo más sano es saber abrir puertas nuevas. Pero no siempre depende de nosotros en cambiar modelos de filantropía. Parte de mi rol en este puesto en Arts Commons es colaborar con el sector público y el sector privado para poder desarrollar incentivos y que todos puedan contribuir de manera productiva.ideal. Hay que saber cuidar de la balanza, y el rol del Estado sería el de mediar este diálogo.

Si el arte se privatiza demasiado, se pierde el compromiso de acceso, a que sea parte de la vida de los ciudadanos. Si el arte depende del Estado nace también un problema que lleva a cierto inmovilismo en la creación.

¿Es la reputación internacional lo que determina el éxito?

Como consultor he recibido muchas veces la pregunta de que tal o cual país, gobierno, institución, persona quiere ser reconocida a nivel internacional por determinado programa, institución cultural u obra. Es un deseo lícito, pero siempre contesto que si uno se enfoca en el impacto local, la reputación global va a venir. Pero si es al revés, se pierde.

Las preguntas en el arte suelen ser universales, pero en la medida en que uno las responde y soluciona, el desafío es siempre local. Hay que saber realizar esa combinación.

Hablemos sobre tu nuevo desafío en Art Commons

Me preocupa que estoy en el tercer centro más grande de Canadá y la gente no puede congregarse. Este es un centro cultural que ocupa diez acres, alberga la Orquesta Filarmónica de Calgary, el Teatro Calgary, estudios de ensayos, talleres de producción, espacios educativos, galerías de arte, restaurantes y recibe anualmente en tiempos normales más de 600.000 visitantes que asisten a más de 2.000 eventos. La opción de no hacer nada por un año, no es una opción.

¿Qué representa Art Commons más allá del edificio?
El edificio no se puede usar, lo cual para muchos sería una preocupación severa. Para mi es una increíble oportunidad. Entonces tenemos tres prioridades.

La primera. Manejar la crisis de la mejor forma posible para poder sobrevivir, y al mismo tiempo encontrar métodos para apoyar a nuestros empleados y a los artistas que dependen de nosotros. Estamos bien encaminados, y estoy orgulloso de poder compartir que pudimos conservar nuestro equipo administrativo y también pagarle a los artistas que quedaron más impactados por funciones canceladas. Con la crisis bajo control, pero sin poder abrir el centro, también estamos aprovechando este tiempo para tener charlas estratégicas para ver como cambiamos y como nos redefinimos para emerger de la crisis con nueva energía. Este proceso nos tiene explorando temas alrededor de nuestra relación con la tecnología, cómo diversificar nuestro portafolio artístico (y al mismo tiempo tratar de borrar las líneas entre géneros), cómo ampliar nuestro público, y cómo crear nuevas experiencias para que cada ciudadano se sienta identificado y quiera participar culturalmente con Arts Commons.

La segunda. Usar este momento de falta de actividades para redefinir la estructura del edificio. En los próximos seis meses la inversión va a estar encaminada a que los seis teatros dentro del centro tengan la habilidad de poder filmar y transmitir en vivo. Invertir en tecnología para que cuando podamos abrir de a poquito, contemos con la capacidad de generar y distribuir contenidos en vivo. Montar seis o siete cámaras que puedan filmar y trasmitir a través de Internet, en la misma medida que ocurre y hacerlo con calidad, buscando la cercanía con el público que tendrá que acostumbrarse a ser partícipe de otra manera. Continuar con el proyecto Arts Commons Transformation (ACT), una campaña de expansión de $ 450 millones que duplicará la huella de la organización en el centro de Calgary al agregar un edificio de vanguardia con nuevos lugares e instalaciones.

La tercera. La creación inmediata de una programación a través de la cual nosotros vamos a la gente. Esta es una ciudad hermosa con muchos parques. El ciudadano de Calgary siempre quiere hacer algo. Forma parte de su ADN. Entonces estamos obligados a crear experiencias al aire libre. El arte en vivo, conciertos al aire libre, con todas las medidas de seguridad. Un regalo de Art Commons a la ciudad.

Decir que la cultura es inaccesible, sean cuales sean las circunstancias, no tiene sentido